La vuelta y la boleta

por Julio Burdman

Para gobernar en 2020, tanto Cristina como Macri están obligados a mostrar algo diferente de ellos mismos

 

Desde hace un tiempo ya, la imagen de una elección presidencial dominada por Cristina Kirchner y Mauricio Macri resulta incompleta. La obsolescencia de ese escenario rige, al menos, desde mayo de 2018.

Cuando el gobierno “blanqueó” la crisis económica y abrazó su destino al del FMI. A partir de ese momento, las bases sociales y políticas de la dicotomía macrismo – kirchnerismo se alteraron en forma sustancial.

Porque ambos actores, macrismo y kirchnerismo, ya eran insuficientes para lidiar con el año 2020. Todo había cambiado. Si querían volver a gobernar Argentina, tanto Mauricio como Cristina ahora estaban compelidos a ensayar algo diferente a ellos mismos.

El macrismo que habíamos conocido, el que venció a Daniel Scioli en el balotaje y se instalaba a fines de diciembre de 2015 en la Casa Rosada con la promesa futurista de liderar una “modernización” del país -una que consistía, paradójicamente, en ajustar cuentas con el pasado, ya que el discurso presidencial terminó obsesionado con la meta de desandar “setenta años de historia argentina”- fracasó. A partir del desembarco del FMI, ya sabemos que el balance de cuatro años de Macri presidente será negativo. Es lo que dicen los indicadores sociales, los pronósticos y las expectativas. Durante dos o tres años, muchos argentinos experimentaban los efectos del ajuste pero seguían creyendo en segundos semestres y brotes verdes. Esa esperanza medida en encuestas terminó de morir a mediados del año pasado. El Presidente seguía siendo sostenido por el tercio antiperonista de la argentinidad en base a ideología, grieta e identidad clasemediera. Pero ya no había, ni siquiera ahí, expectativas de un país mejor. El tema ya era como sumar un voto más, porque el resto ya estaba demasiado enojado.

Una clave de su sólido 30% era que nadie le disputaba ese electorado que nunca votaría a nada que se asemeje a peronismo. Pero a medida que pasan los meses, esa certeza se diluye de a poco. Los Lavagna’s, Lifschitz, Lousteau’s o Manes tallan ahí: le hablan al votante de Cambiemos en 2015 y 2017. Los radicales asustados y disconformes que toman distancia de la marca PRO piensan en proteger sus territorios y deben dar cuenta ante su electorado.

Ahora se pone en evidencia que el voto por Cambiemos era condicional. Estaba condicionado al éxito de Mauricio Macri. Si el Presidente hubiera encabezado un gobierno satisfactorio para su propia base electoral, hasta hubiera sido posible que la alianza Cambiemos se convirtiera en un partido. El partido de la clase media, del “Argentinean Dream” y las aspiraciones sociales. Pero los números no responden a eso. Las políticas de seguridad, el pavimento y la anticorrupción no alcanzan. Son el decorado aspiracional pero no la casa. Y como el Presidente no alcanzó, entonces los radicales recordaron que son radicales, y Elisa Carrió se refugia en su mejor juego: fingir irracionalidad. Mantener unida a la coalición es una tarea cada vez más difícil para Mauricio Macri. Se movió con rapidez ante la amenaza Olmedo. El salteño que quería parecerse a Bolsonaro se lanzó a una proto-candidatura que podía robarle a Cambiemos unos cuantos votos, y fue neutralizado. Con Lavagna, Lousteau y otros allegados al “círculo rojo” será más difícil, porque allí sí hay una trama de intereses. Del círculo rojo sabemos poco y hasta podemos dudar de su efectiva existencia, pero hay una certeza: no está muy en sintonía con las demandas del pueblo populista. ¿Cómo se explica, sino, el desfile de nombres e ideas divorciadas de lo que reclama la calle?

Queda, entonces, Cristina. La postulante inevitable del universo peronista y la dueña de los votos bonaerenses. Cada día que pasa, la ex presidenta agrega más adhesiones. Su problema, ahora, es cómo gobernar la Argentina de 2020. Aunque logre una mayoría electoral, las resistencias internas y externas a su regreso serían muy fuertes. Recibiría una enorme hipoteca, casi tan grande como la desconfianza depositada en ella. Volvería a cogobernar con el FMI, a negociar con acreedores recalcitrantes y a enfrentar una grieta incontrolable. Nadie duda de su coraje, pocos se atreven a proyectar los detalles de su retorno.

Todo indica que ella será protagonista de la Argentina que viene. Aún en el impensado caso de su renunciamiento histórico. ¿Acaso dejó de serlo durante estos casi cuatro años? Sus viudas y huérfanos deberán reacomodarse o perecer. Y ella también. En las conversaciones con los gobernadores y aspirantes a la gobernación, la líder de la oposición resigna pretensiones provinciales pero pide las listas del Congreso Nacional. Busca el doble control del Ejecutivo y el Legislativo. Separar lo nacional de lo provincial. A los que aspiran gobernar las provincias (incluidos los gestores territoriales de Cambiemos) les queda la opción de la boleta corta. O desdoblar los calendarios locales (cosa que se hizo como nunca) o militar la reelección provincial sin el tramo presidencial. El gran dilema de Vidal. En las provincias y municipios hay plata todavía, gracias a lo bien que los gobernadores (e intendentes) negociaron con el Presidente; veremos cuánto queda de esto en 2020. Mientras tanto, la“ boleta corta” es una mala noticia para quienes aún creen en las terceras vías: la alianza con los gobernadores -del partido que fueren- es una de las llaves del lavagnismo posible.

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