Venezuela, ¿una transición incierta en una nueva Guerra Fría?

por María Victoria Murillo (*) 

Juan Guaidó se caracteriza por su audacia e inventiva y construyó capital político gracias a la movilización social y al reconocimiento de su Presidencia por parte de Estados Unidos y muchos gobiernos de la región

 

La crisis venezolana inicio un nuevo capítulo cuando Juan Guaidó a quien le tocaba la presidencia rotativa de la Asamblea Nacional decidió invocar un artículo de la Constitución para declararse presidente provisional de Venezuela. Dicho artículo lo obliga a llamar a elecciones presidenciales, que en este caso, serían de transición a la democracia. La movida muestra la inventiva de Guaidó y la nueva generación que representa –los dirigentes estudiantiles de las protestas de 2007–. Esta movida le generó un el reconocimiento de su Presidencia por parte de Estados Unidos, que fue seguido por más de cincuenta naciones, mayormente de las Américas y Europa. Este apoyo internacional le otorgó un escudo frente a la represión del gobierno de Nicolás Maduro, incluso cuando entró en contravención con una orden del mismo, al regresar a Venezuela y hacerlo abiertamente por el aeropuerto de Maiquetía. No siempre su inventiva funciona como lo demostró el fiasco del concierto y la entrada de una muy politizada ayuda humanitaria (que además resultó en un incendio de la misma por un desprendimiento de una molotov de un joven opositor como recientemente reveló el New York Times). Sin embargo, es remarcable su inventiva, como se ve ahora con la marcha hacia Caracas y el intento de declarar una emergencia frente al apagón generalizado que causó la falta de mantenimiento de las represas venezolana. Su principal capital político es la movilización social y el apoyo internacional y eso requiere que siempre esté generando nuevos eventos y expectativas de cambio frente a un régimen que se aferra al poder, aún en durante una crisis económica sin precedentes en la historia de Venezuela. Es esta crisis la que genera el apoyo a Guaidó en la opinión pública y el rechazo a Maduro, como han demostrado encuestas recientes.

Su inventiva también parece compensar hasta ahora que Guaidó represente a un sector minoritario y radical de la oposición,V oluntad Popular, el partido del detenido Leopoldo López –aunque Guaidó es una figura que carece del elitismo de López–. El radicalismo de Voluntad Popular llevó a Guaidó a no consensuar su jugada con el resto de la oposición, lo que le otorgó el elemento de sorpresa no sólo frente al Gobierno sino también a frente a los que se oponen al mismo –aunque aparentemente Washington estaba al tanto–. La oposición se ha sumado a su liderazgo, pero no ha consensuado previamente como si lo hizo la Concertación durante la transición chilena. A raíz de esto es difícil saber si el calidoscopio que conforma la oposición logrará consensuar una lista electoral como lo hizo la Concertación en una potencial elección de transición –aunque la cercanía del poder puede lograrlo–. La opinión pública que apoya a Guaidó y rechaza a Maduro está reflejando la dicotomía democracia-autoritarismo y no necesariamente una lealtad política de largo plazo. Esta situación puede ayudar a una transición si el chavismo piensa que sin Maduro y su círculo cercano tiene la posibilidad de ganar las elecciones. Ese cálculo llevó a Augusto Pinochet a llamar al plebiscito de 1988 y a Daniel Ortega a las elecciones de 1990, en ambas condiciones para ganar legitimidad internacional.

¿Se dividirá el chavismo entre los blandos y los duros de los que hablaba Guillermo O’Donnell para generar la posibilidad de una negociación que permita organizar elecciones transicionales? El chavismo más allá de Maduro puede reconstruirse en función de logros pasados, pero aceptar la transición implica tener credibilidad para las condiciones que se le ofrezcan. Y acá reaparece la escena internacional que parece haberse revitalizado la Guerra Fría, especialmente con el nombramiento de Elliot Abrams (figura clave del escándalo de Irán-Contras) junto con el halcón John Bolton a cargo de la política norteamericana sobre Venezuela –ambos la coordinan con el senador Marco Rubio que busca consolidar su apoyo electoral en la Florida con esta movida–. Vladimir Putin respondió enviando mercenarios rusos para defender a Maduro y solamente faltaban Illya Kuryaki y Napoleón Solo para completar el elenco.

Sin embargo, el interés de Estados Unidos, salvo en el caso de Rubio, no parece tan profundo. Si bien Bolton invoca la doctrina Monroe para aclarar que este es su patio trasero y no el de Rusia (donde las intervenciones como en Crimea ocurren sin mucho costo para Putin), Estados Unidos no le ha otorgado aun a los venezolanos que escapan de Maduro el estatus de refugiados, como hizo antes con haitianos, nicaragüenses y salvadoreños. Tampoco parece tener la administración Trump apetito para una intervención militar en un país con un Estado semi-colapsado donde las Fuerzas Armadas no tienen control de todo el territorio dado el precedente de las invasiones aAfganistán e Irak, y el costo electoral de las largas guerras de baja intensidad que generaron. Si bien los presidentes del Grupo de Lima aparecen como aliados de Estados Unidos –y la mayoría vive en sus países la crisis de refugiados venezolanos que generó Maduro– tampoco ellos deberían estar dispuestos a jugar su futuro electoral al apoyar una potencial intervención norteamericana que rompiera la doctrina de no intervención. Dicha jugada dividiría tanto a sus sociedades como a sus ejércitos (como se vio con las declaraciones del vicepresidente brasileño en contra de permitir tropas norteamericanas en el territorio brasileño).

Sin embargo, la Guerra Fría puede ser usada en este contexto a favor de una transición si el régimen empieza a mostrar rupturas entre blandos (que piensan en el largo plazo) y los duros del círculo cercano a Maduro. Tanto Rusia como China tienen intereses económicos en Venezuela que está muy endeudada con ambos y empresas de ambos países tienen contratos e inversiones directas que le dan un interés en el futuro venezolano. Por cierto, la rusa Rosnef es de las pocas compañías que aun pagan el petróleo a PDVSA aunque imponiéndole un precio más bajo ya que los chinos se cobran su deuda en petróleo y las sanciones económicas norteamericanas redujeron muchísimo su clientela. Una iniciativa del grupo
de contacto que involucra a varios países europeos además de México, Costa Rica y Uruguay, con participación de las Naciones Unidas para darles lugar a Rusia y China además de a Estados Unidos podría garantizar mayor credibilidad a las promesas de una elección transicional donde el chavismo tenga oportunidad de pelear por mantenerse en el poder ya sin Maduro ni Diosdado Cabello al frente. El Grupo de Lima podría sumarse a dicha iniciativa para darle credibilidad frente a la oposición. La incertidumbre democrática implica la esperanza de ganar y es clave para el éxito de la transición. En una elección limpia y con instituciones creíbles (es decir, un nuevo Consejo Nacional Electoral aprendiendo tal vez de la experiencia mexicana del Instituto Federal Electoral para su transición) implica que el chavismo puede perder, pero también puede recibir mucho apoyo electoral –como incluso ocurrió con Pinochet en 1988 y con Ortega en 1990 (la situación actual de Nicaragua debe ser motivo de otro artículo)–. ¿Querrán China y Rusia romper sus propias tradiciones de no intervención y su aversión a las transiciones democráticas para defender sus intereses económicos en Venezuela? ¿Decidirá el chavismo y los militares que aún se encuentra en el poder (ya hay chavistas en la oposición y militares en las cárceles) empujar a Maduro como el general Leigh empujo a Pinochet? Los próximos días tal vez nos traigan las respuestas a estas preguntas y nos darán una idea del posible desenlace de la transición venezolana.

 

(*) Politóloga & Columbia University (@VickyMurilloNYC)

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