Una elección cargada de optimismo

(Artículo del politólogo Lucio Guberman, de la Universidad Nacional de Rosario)

Hay varios datos que muestran que el triunfo oficialista se basó sobre un clima social postivo.

Una pregunta recurrente en los análisis periodísticos fue si se votó a favor de Cristina o huyendo del espanto opositor. Sin embargo, al 79% de asistencia a votar y al magro 3% de votos en blanco, en una elección sin suspenso, resulta difícil encontrarle una clave interpretativa que eluda el optimismo social. A pesar de la inseguridad y de la suba de precios, el clima predominante fue de optimismo. Diría más: de “optimismo argentino”: percepción personal y percepción colectiva a un mismo tiempo. En buena medida incentivada por el contraste que arrojan las miradas al espejo retrovisor en el que muchos ven reflejado aún el 2001 del corralito y la incertidumbre dolarizada.

Ante esa instantánea, la actual de demanda de empleo creciente y consumo para arriba inducen una sensación generalizada de “bienestar general” inmediatamente cercana a los comicios. Otro dato que desnuda la atmósfera positiva de la cita electoral fue el corte de boleta. En muchas provincias se registraron cortes para combinar candidaturas de distintos partidos políticos en diferentes categorías. En la ciudad de Buenos Aires fue muy marcado y en la ciudad de Paraná casi la mitad de los votantes cortaron boleta. De Narváez segundo pero sin el senador nacional por la minoría en la provincia de Buenos Aires, otra muestra.

No es casual en este contexto que el oficialismo triunfe, nada novedoso, como tampoco resulta azaroso que al segundo lugar lo conquiste Hermes Binner, el candidato opositor que más coincidencias expresó –y votó– con el kirchnerismo. No sólo esa media distancia entre Binner y Cristina maduraron un lugar en el podio para el santafesino. También hay que tomar en cuenta que fue la oposición más revestida de “constructiva” de las ensayadas. Tampoco resultó extraordinario que aquella Elisa Carrió profetizadora de apocalipsis se quede prácticamente sin creyentes para su versión del acabose. Suerte similar corrió Eduardo Duhalde que fue perdiendo votos con cada reiteración de sus expectativas agoreras mientras en las fiestas del conurbano bonaerense sonaba “hay que buena está la fiesta…”.

En las democracias presidencialistas parecen desencajados los candidatos sin chances de ganar la Presidencia y resulta evidentemente difícil diseñar campañas electorales que no cuenten con la expectativa, aunque sea remota, de lograr el premio mayor. Esta campaña, sin embargo, parece enseñar que será mejor  aprender a convivir con derrotas anticipadas que con presagios catastróficos sin fecha probable de ocurrencia. Por razones bastante evidentes de perspectiva política, el oficialismo fue mucho más consciente del clima de optimismo generalizado y no tuvo ningún reparo en hacer que su campaña le hable directamente a esa gente sino feliz, al menos contenta; mientras que los candidatos opositores le hablaron más a la propia Presidenta que al público. Ricardo Alfonsín de modo exageradamente explícito en su última publicidad televisiva y Hermes Binner de modo más protocolar mediante una carta-solicitada publicada en los diarios nacionales y provinciales para expresarle su preocupación por la inseguridad y la inflación.

Pero la desgracia opositora no fue que Cristina no se percatara de la inseguridad o de la inflación. El drama opositor se gestó en la falta de comprensión de lo que estaba en juego. Para la enorme mayoría de los votantes la elección no se trató de un plebiscito sobre políticas públicas, no puso en discusión los modos alternativos de resolver issues puntuales. Tal vez por eso compromisos tan específicos como el de Alberto Rodríguez Saá de dar a cada uno su casa no calaron profundo. Es que se trató de una elección más emparentada con aquella refundacional de 1983 que con las de 1989, 1995 o 1999. Poco de policies, mucho de politics. Fue una decisión sobre grandes temas, aunque muchos protagonistas siquiera lo hayan intuido.

Y si aquella campaña del ’83 dejó para siempre en la memoria un afiche alfonsinista que prometía “Mas que una salida electoral, una entrada a la vida”, esta campaña probablemente dejará en el recuerdo que puso en juego “cosas grandes”, grandes como un submarino, según la iconografía del Atilio kirchnerista.

(De la edición impresa)

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