Lo esencial no es ni puede ser invisible a los ojos

por Daniela A. Yozzi  

La invisibilidad de las mejoras es un problema político como lo demuestra que hay a nivel global al menos nueve fechas reivindicativas de logros y experiencias femeninas

La ficción siempre ha retratado a la invisibilidad como un poder mágico y envidiable, que permite a su portador hacer cualquier cosa sin enfrentar consecuencia alguna. Las mujeres somos invisibles, pero como todo lo que nos suele caracterizar, no es una cualidad que nosotras administramos sino que es una condición que nos atribuyen quienes (no) nos observan.

La invisibilidad que padecemos las mujeres no es ni un súperpoder ni la experimentamos como una ventaja potencial porque no desaparece al cerrar un libro o con los créditos de una película. Esta invisibilidad constituye un problema político que está basado en un clivaje social de género resultado de una histórica división antropológica de tareas entre hombres y mujeres. La distinción entre espacio público y espacio doméstico, con sus correspondientes atribuciones, llevó a la progresiva masculinización del primero con la adquisición del estatus de ciudadano y a la feminización del espacio doméstico y su invisibilización.

Hoy nadie niega que las mujeres somos miembros activos y fundamentales de la sociedad pero la desvalorización de nuestras actividades y responsabilidades es todavía una realidad que soportamos día a día. Por esto es que ningún Estado considera el aporte económico de las horas dedicadas a la producción doméstica, que según la OIT podría incrementar en hasta un 11% el PBI mundial. Ni tampoco se ha podido resolver el problema de la invisibilidad en la esfera pública cuando las brechas salariales, techos de cristal y pisos pegajosos ocultan que nosotras ganamos en promedio un 27% menos que nuestros compañeros por misma tarea aunque el 45% de las mujeres en la fuerza laboral cuentan con estudios universitarios contra el 30% de los varones; o que sólo 3 de cada 10 directores generales son mujeres aun cuando nosotras dedicamos en promedio 1 año y medio extra formándonos para llegar a alcanzar los puestos de decisión.

Estos techos de cristal se replican también en el ámbito científico: aunque el 60% de los investigadores argentinos son mujeres, sólo el 10% de las autoridades de organismos en ciencia y tecnología están a cargo de mujeres, quienes a su vez reciben en promedio la mitad del financiamiento con respecto a sus colegas varones.

Estas barreras a la visibilidad están presentes en múltiples ámbitos por la naturalización de que las experiencias y rasgos masculinos son universales. Así, la vida cotidiana está marcada por diseños distorsionados de espacios públicos, estudios médicos, políticas públicas, tecnología. Es el caso de los primeros modelos de SIRI que podían brindar información sobre proveedores de viagra o servicios de escort pero no podían ofrecer información sobre cómo denunciar una violación –experiencia que 1 de cada 3 mujeres en el mundo atravesará en su vida– porque el sistema no había sido programado para comprender la palabra“ violación”.

El problema de la invisibilidad abre la puerta a estereotipos sobre qué rasgos de las mujeres son destacables. En el deporte somos más reconocidas en los medios por nuestro aspecto físico más que por las condiciones o proezas deportivas. Esta obsesión por la valoración estética del cuerpo femenino también nos invisibiliza en el mundo artístico: mientras que más del 80% de los cuerpos desnudos que se exponen en obras de arte pertenecen a mujeres, menos del 5% de las exposiciones en museos del mundo pertenecen a mujeres artistas.

Que la invisibilidad de las mujeres constituye un problema político se evidencia en que existen no menos de nueve fechas reivindicativas a nivel mundial para resaltar los logros y experiencias femeninas. Sin embargo, los actos simbólicos no son solución suficiente: el Día Internacional de la lucha contra la Mutilación Femenina no evita las 200 millones de víctimas anuales de esta práctica; el Día Internacional de la lucha contra la Violencia hacia la Mujer no evita los seis femicidios por hora alrededor del mundo; el Día Internacional contra la Violencia Sexual no elimina las violaciones intramatrimoniales, aún no tipificadas como delito en más de veinte países; ni el Día Internacional de la Mujer Trabajadora resuelve la brecha salarial de género de hasta el 30% ni las cuatro horas extra de trabajo doméstico no remunerado que realizan las mujeres diariamente a nivel mundial.

Esta invisibilidad afecta nuestra condición de sujetos sociales y políticos. Nos condena a vivir con menos derechos y libertades aun cuando nuestras experiencias, aportes y esfuerzos son esenciales para la vida en sociedad. Y a diferencia de lo que nos enseñó la literatura, lo políticamente esencial no puede ni debe ser invisible a los ojos.

Esta entrada fue publicada en Edición 181. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

4 × 1 =