La geografía de 2019

por Julio Burdman

 

Para triunfar en las elecciones, se requiere armar un país en las urnas

 

La política argentina no solo se resuelve en los estudios de televisión, el papeleo burocrático, los partidos, la tasa de inflación o –ahora también– los tribunales. También hay una trama territorial. Y es fundamental. Así nació todo: la separación de España, la atomización de los cabildos, la creación de un pseudo-país de la unión de las provincias gobernadas por caudillos terratenientes, la trabajosa organización de instituciones nacionales.

El Estado nuevo construido a pulmón en el desierto necesitaba dominar el territorio. Por eso, mientras todo ello sucedía, la divisoria de aguas que organizaba todo era la lucha entre Buenos Aires y el interior por establecer dónde residía el centro del poder.

La cosa no cambió tanto en el Siglo XX. El radicalismo y el peronismo históricos también fueron fenómenos geográfico-políticos. Alem e Yrigoyen inventaron la alianza entre la Capital, de votantes masculinos y radicales, y las oligarquías políticas provinciales; Perón la del conurbano, de votantes masculinos y femeninos peronistas, con las mismas oligarquías políticas provinciales. Triunfar, ayer y siempre, es tener una fórmula para hacer un país en las urnas.

El peronismo post 1983 es un producto de sus propias invenciones territoriales. Gana siempre en las provincias que el propio Perón inventó en los ’50 –la invencibilidad del justicialismo en Santa Cruz, La Pampa o Formosa no es casual–, y eso le garantiza el Senado. Gana también en el otro invento de Perón, perfeccionado por Duhalde, que es el conurbano bonaerense y sus gestores municipales. La suma de los territorios peronistas sigue siendo un buen piso electoral para el justicialismo. Aunque el piso necesita ser complementado con algunas alianzas o con el arrastre de liderazgos convocantes. Hasta ahora, la formula ha funcionado: los frentes alrededor del PJ gobernaron 24 de los 35 años de la democracia reciente, contra 11 de las coaliciones de componente radical. Menemismo y kirchnerismo fueron productos de esa lógica.

Al conglomerado justicialista de provincias y municipalidades periféricas se le opone la geografía no-peronista con epicentro en ciudades grandes y provincias centrales. La originalidad del PRO fue su fórmula de expansión, que comenzó en la Capital, se mudó a la provincia –exportando a tal efectoa a la propia número dos del gobierno porteño, toda una osadía– y de allí saltó a la Nación. Con las ayudas de Córdoba, Mendoza, Entre Ríos y Santa Fe. Macri desde la Capital supo hacer bien en 2015 lo que los progresistas no lograron en 2011, aunque Binner haya quedado segundo: una alianza sólida de la zona rica. Los progresistas estaban asentados en Santa Fe y tenían votos en la Capital, pero quedaron rengos en Córdoba (Luis Juez) y la provincia de Buenos Aires (Stolbizer). La versión macrista-radical fue más completa y abarcativa, sumando con éxito a los radicales y resolviendo la cuestión bonaerense con una original exportación desde la ciudad: la propia Vice porteña, Vidal, se mudó allí.

En 2019 Cambiemos enfrenta el riesgo de la disgregación de esa “franja central” que lo acompañó en 2015 y 2017. En Buenos Aires la gobernadora Vidal intentó desdoblar la elección pero no pudo contradecir los designios del Gobierno Nacional, al que guarda fidelidad. Los mandatarios radicales de Mendoza y Jujuy no tuvieron problema. Y Rodríguez Larreta vuelva a apostar al factor local, con el riesgo de que ésta vez lo nacional sí lo afecte. En Córdoba y Santa Fe el cambiemismo enfrenta ruidos internos, mientras que sus gobiernos no peronistas apuestan a enfrentar a Macri y a Cristina desde otros formatos, y en Entre Ríos el peronismo se une para continuar ganando elecciones. La situación ya no luce tan promisoria en esa región amarillista, y si algo no caracterizó al oficialismo en esta etapa fue el trabajo en pos de construir nuevos Cambiemos en los distritos.

El peronismo, por su parte, parece decidido a apostar por todo. Uno de los giros de Cristina Kirchner en estos meses ha sido el apoyo a la reelección de muchos de los gobernadores del justicialismo. En varios casos -como en Entre Ríos- promoviendo el acuerdo con sus contendientes de origen kirchnerista. En los distritos se trazaron los puentes entre peronistas de diverso palo. Lo que pide a cambio es el alineamiento con la fórmula nacional, aún irresuelta. El kirchnerismo actúa como un movimiento nacional, con liderazgo y aspiraciones nacionales. Aunque su problema sigue siendo la provincia de Buenos Aires, donde la dimensión local del justicialismo se ha perdido. La expresidenta hoy es la referente ineludible del peronismo provincial y aporta muchos votos, pero no es una diligente del distrito ni piensa como tal esa es la pieza que le falta: sin estrategia bonaerense no hay oposición peronista.

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