La Doctrina Trump y el fin del consenso democrático

por Roberto Bavastro (*) y Constanza Mazzina (**)

Los gobiernos de América Latina deberán prestar mucha atención en los cambios de la estrategia de Estados Unidos para una región en el cual quiere desempeñar un papel distinto al del pasado reciente

 

América Latina ha comenzado su cuarta década desde la tercera ola de democratización. Pasada una larga adolescencia, atraviesa hoy su crisis de los cuarenta. La democracia en la región, a izquierda o derecha, se está tambaleando. El consenso democrático, logrado como resultado de difíciles aprendizajes, parece estar llegando a su fin.

Una parte de los estudios sobre la democratización, los que se concentran sobre los factores internacionales, remarcan los impactos, propósitos y alcances del interés de Estados Unidos en la promotion de la democracia y sus valores como parte de su estrategia de influencia y hegemonía. Las tres vías en las que la arena internacional puede impactar sobre el proceso de democratización a nivel nacional son por “contagio”, “control” o “consentimiento”. Para L. Whitehead [1] la fórmula de “consentimiento” es vital porque observa que la democracia sólo puede sobrevivir allí donde el consentimiento subsiste.

Frente al escenario actual de transición en la estructura de poder mundial, nos planteamos aquí algunos interrogantes respecto de los desafíos que se vislumbran a partir del cambio en el posicionamiento internacional de los Estados Unidos de Norteamérica. Puntualmente, observando la “Doctrina Trump” en términos de “ retiro” o “ desentendimiento” por parte del actual gobierno de Estados Unidos de su política de “ enlargement” de la democracia y defensa de los valores democráticos.

 

LA POLITICA DEL“ENLARGEMENT DEMOCRATICO”

En 1990, tras la caída del Muro de Berlín, el presidente George H. W. Bush anunciaba su Iniciativa para las Américas: “Hoy, los vínculos de nuestra común herencia se hallan fortalecidos por el amor a la libertad y un común compromiso con la democracia. Nuestro desafío, el reto en esta nueva era para América es afianzar este sueño compartido y todos sus frutos para todo el pueblo de América del Norte, Central y del Sur. El exhaustivo plan que acabo de perfilar es prueba concluyente de que Estados Unidos es firme en avanzar constantemente hacia una nueva sociedad común con nuestros vecinos latinoamericanos y caribeños. Estamos preparados para desempeñar un papel constructivo en este período crítico y hacer así del nuestro el primer continente completamente libre en toda la historia.”

En 1992, su sucesor, el presidente Bill Clinton estableció tres prioridades en materia de política exterior: (1) actualizar y reestructurar las capacidades militares y de seguridad en América, (2) elevar el rol de los asuntos internacionales económicos y (3) promocionar la democracia en el extranjero. Al siguiente año, la administración Clinton promocionó el NAFTA y la nueva ronda de Uruguay que, en 1995, daría lugar a la OMC.

Es para esta época que Clinton decidió consultarle a Anthony Lake, su asesor de seguridad, para que seleccione un slogan para su doctrina, expresando su nueva visión.La estrategia de Lake, siguiendo a D. Brinkley [2], consistió en consolidar la base democrática, ayudar y alentar la democracia donde sea posible, contener los regímenes que se oponían a la democracia y perseguir objetivos humanísticos. Entonces lo que Lake propuso fue la idea de “expansión democrática”,denominándolo “Democratic Enlargement.”

El presidente Clinton creía que el “enlargement” debía concretarse en aquellas naciones que se estaban convirtiendo en democracias de mercado abierto y en todos los países que adoptasen los valores occidentales sobre la diversidad étnica, protección de los derechos ciudadanos y cooperación para detener el terrorismo. Durante su presidencia se puso en marcha la Cumbre de las Américas. En la primera reunión, realizada en 1994 en Miami, se redactó una Declaración de Principios y un Plan de Acción que fueron firmados por los 34 Jefes de Estado y de Gobierno participantes. La Declaración de Principios estableció un pacto para el desarrollo y la prosperidad basado en la preservación y el fortalecimiento de la comunidad de democracias de las Américas. Por lo tanto, le encargaron orientar mayores esfuerzos a la promoción de los valores democráticos y al fortalecimiento social y económico de los regímenes democráticos ya establecidos. En el Plan de Acción se definió que todos los gobiernos reconocíana la OEA como el principal organismo hemisférico para la defensa de los valores y de las instituciones democráticas.

La política “ pro democracia” tuvo su continuidad con Barack Obama. Como señala Jorge Domínguez, en “La Política Exterior del Presidente Barack Obama hacia América Latina” [3], se puede afirmar que la administración Obama retoma la política de estado en defensa de la democracia y los derechos humanos en América latina. Este “ retorno” puede ser identificado, según este autor, en tres momentos diferentes: Primero, durante la reunión de la OEA en Honduras en el año 2009, cuando el presidente Obama insistió y logró (como parte de cualquier proceso de reactivación de la membresía en la OEA) que Cuba cumpliera con los requisitos que imperan sobre los miembros del organismo según lo establecido en la Carta Democrática de la OEA; segundo, también en ese año, cuando catalogó como “ilegal” el golpe de estado en Honduras contra Manuel Zelaya, dejando entrever de esta manera la prioridad que poseía el principio de no intervención en los asuntos internos para el presidente norteamericano; y por último, la política del gobierno de Obama en relación a Colombia, apoyando y celebrando los éxitos que obtuvo el presidente Uribe durante su gestión en términos de narcotráfico, seguridad, estabilidad política y desarrollo económico.

 

NO AL “ENLARGEMENT”, SI A LA INTERVENCION

Con la llegada de Donald Trump, este consenso pro democrático parece haber llegado a su fin. Como destaca A. Molteni en un artículo reciente “la hegemonía liberal se basaba en la difusión de la democracia, en el orden económico multilateral y en la vigencia de las instituciones internacionales concebidas para lograr la cooperación pacífica entre los estados. Tal estructura fue sostenida, hasta la llegada de Donald Trump, por cualquiera de las grandes fuerzas políticas estadounidenses. Pero la llegada del actual Jefe de la Casa Blanca viene precedida de otro. Sostiene que todo lo anterior es hoy, o lo fue siempre, un mal negocio para Washington [4]”.

Este “mal negocio para Washington”,que implica no sólo la desconfianza hacia el multilateralismo y las instituciones internacionales sino también el abandono de la política de “enlargement” y el desdén por el consenso pro democrático, no significa sin embargo el fin del intervencionismo norteamericano. En efecto, la administración Trump mantiene en su agenda la amenaza de intervención militar en Venezuela, actualmente potenciada por el resurgimiento regional de gobiernos más“ afines” (Bolsonaro, Duque, Macri y Piñera) a la política exterior de Estados Unidos. Este “neo intervencionismo” responde a la estrategia de realineamiento de Estados Unidos producto de, lo que Elsa Llenderozas [5] caracteriza como, “la rotación del eje de poder mundial del Atlántico al Pacífico”. Este realineamiento geopolítico mantiene los intereses económicos norteamericanos pero se “desentiende” de los intereses políticos que ligaban a la política exterior de Washington con la “ promotion” de la democracia y los derechos humanos.

En nuestra región este “desentendimiento”, que se vislumbra a partir de la Doctrina Trump, va acompañado por la paulatina pero incesante pérdida de satisfacción de los latinoamericanos con la democracia. Así lo muestran de modo recurrente los conocidos resultados del Latinobarómetro. Este descontento, que sigue in crescendo, se ha expresado en el apoyo a nuevos liderazgos personalistas que se canalizan por fuera de las estructuras partidarias tradicionales, con fuertes discursos anti corrupción y, en algunos casos, dudosamente democráticos.

Para calibrar, al menos en parte, los desafíos que enfrentan hoy los regímenes latinoamericanos es fundamental prestar atención a los alcances y consecuencias que conllevará la rápida dilución del rol de “ vigía o guardián” y de “dique de contención o contrapeso” que Estados Unidos históricamente presumió cumplir tanto en el marco regional como en el concierto internacional.

 

[1] Whitehead, L. (1996). The International Dimensions of Democratization. Oxford UniversityPress, 3-25

[2] Brinkley, D. (1997). DemocraticEnlargement: The Clinton Doctrine. ForeignPolicy (106), 110-127. doi:10.2307/1149177

[3] Domínguez, J. I. (2010) La política exterior del presidente Barack Obama hacia américa Latina. Foro InternacionalV ol I num 9, abril-junio 2010, México

[4] https://www.eleconomista.com.ar/2019-01-elmundo-de-2019-demanda-un-replanteo-de-la-politica-exterior/

[5] https://www.clarin.com/opinion/pasado-presente-politica-mundial-tendencias_0__7VWdwzOg.html

 

(*) Politólogo. M.Phil. in Latin American Studies

(**) Dra. en Ciencia Política. Consultora en política latinoamericana

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