El kirchnerismo ya fue… larga vida al kirchnerismo

El modelo 2011 tiene poco en común con el de 2003. Por esa adaptación
sobrevivió, pero le impone desafíos.

A los gobiernos de los Kirchner se les reconoce un logro fundamental, pero tuvieron dos. El primero y más evidente fue la recuperación de la política. En un país postrado, la voluntad política amplió el horizonte de lo posible y tornó viables escenarios previamente clausurados para la imaginación. El segundo logro fue más prosaico, incluso vergonzante: la recuperación de la administración. Esta conquista instaló al superávit fiscal como herramienta de soberanía estatal y le adosó legitimidad electoral. En otras palabras, Kirchner (con la colaboración impar de Roberto Lavagna) consiguió que el electorado votara a un gobierno que ahorraba en lugar de gastar el excedente. La demonización de “la caja”, realizada por una oposición pobre tanto en políticos como en administradores, es la prueba de que a gobernar no se aprende en el púlpito.

Pero el kirchnerismo de la voluntad y el superávit está llegando a su fin. Así lo imponen las distorsiones de la economía local y la tormenta inminente de la internacional. Las distorsiones internas se alimentan de una inflación que crece al 25% anual y un dólar que lo hace a 10%, retrasando el tipo de cambio y reduciendo la competitividad externa. La respuesta oficial se llama Moreno y se apoda Neanderthal: obliga a los importadores de BMW a exportar arroz para equilibrar la balanza comercial. A su vez, la tormenta que viene de afuera exige crear colchones: un tipo de cambio competitivo y el superávit fiscal son fundamentales y así lo entendió el primer kirchnerismo, pero hoy parecen antitéticas a la profundización del modelo.

La consecuencia es que el Gobierno está agotando sus dos logros: la política languidece y la administración también. La política languidece porque, ante el mensaje de amor y paz que la Presidenta enarboló con lucidez en la campaña, la oposición se disolvió y las alternativas de gobierno se tornaron inimaginables. Y la administración se agota porque sin dinero no hay payaso. El Gobierno sustentó buenas políticas públicas como la asignación universal por hijo y la generalización de las pensiones no contributivas en los excedentes de la soja y la nacionalización de las jubilaciones, pero el barril tiene fondo. Mientras tanto, no se constituyó un servicio civil eficiente para gestionar la cosa pública ni se legitimaron instituciones adecuadas para canalizar el conflicto. Tanto el crecimiento económico como la paz social se  basaron, durante los últimos años, en una opulencia fiscal que se está acabando.

A falta de lubricante monetario, el Gobierno tendrá que encontrar otras estrategias para administrar la puja distributiva, que en la Argentina desborda las mesas de concertación y se vuelca sobre las calles y, de vez en cuando, sobre los gobiernos. De los tres recursos de poder existentes, el kirchnerismo ha descartado la represión y ahora se queda sin la remuneración; ¿bastará la persuasión? La experiencia histórica indica que no: hasta los mejores proyectos políticos requieren alguna moneda o un hidrante para seducir a manifestantes irascibles.

El kirchnerismo 3.0 enfrenta lo que viene sin excusas: la mayoría parlamentaria lo deja a solas con la economía y la sociedad, sin necesidad de negociar o conceder algo a molestos opositores y sin palos en la rueda. Algunos observadores ya señalan que el mejor momento histórico de este movimiento fue el 23 de octubre, por lo que el futuro sólo alberga declinación. Puede ser. Pero también podría ocurrir lo contrario: después de todo, la capacidad de sorprender es un elemento constitutivo del liderazgo. Y el kirchnerismo, antes que un proyecto substantivo, es poder en estado puro.

La crisis es un escenario probable pero, a diferencia del 2001, no es el único posible. Guste o no, esta vez al Sillón de Rivadavia lo ocupa alguien que no pide disculpas por tomar decisiones. La novedad es que, hasta ahora, nunca tuvo que tomarlas ante una crisis que no fuera autoinfligida. ¿Podrá el kirchnerismo superar algo más que sus propios errores y a los mediocres oponentes que le tocaron en suerte? Se verá en el próximo capítulo, que empieza en diciembre, a más tardar.

(De la edición impresa)

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