1969: el año del Mayo argentino

por Oscar Muiño

El mundo había ardido en 1968. Tardó un año a llegar al país. Y aquellos argentinos protagonizaron la mayor rebelión del siglo.

 

Las juventudes siempre habían sido un instrumento. Los muchachos de los sesenta rompieron esa tradición: ellos estaban decididos a mandar. Una revuelta general contra el statu quo. Una ola de movilización e igualitarismo, de ruptura con las tradiciones familiares, sociales y políticas.

En 1968 Francia informó al mundo que ya nada sería igual. Cientos de miles de estudiantes y obreros saltaron por encima de sus conducciones. Llenaron Paris de barricadas. Se multiplicó la ocupación de universidades y fábricas. Al fin, el presidente Charles De Gaulle se rehízo, contraatacó y sobrevivió. Pero quedó malherido: De Gaulle habrá de perder la siguiente elección, renunciará y morirá pronto.

El Mayo francés fue el comienzo. Las universidades italianas se sacudieron por huelgas y manifestaciones de la izquierda extraparlamentaria en las facultades. Grupos sindicales crecieron a la izquierda del PC Italiano. El espíritu de la época estalló en películas, libros, canciones, pinturas.

Movilizaciones y barricadas en Alemania y en Japón. Se sumó Estados Unidos, poco habituado a la acción directa. Los estudiantes ocuparon la universidad de Columbia durante once días. Huelga en once universidades contra la guerra de Vietnam y el racismo. En los campus fueron atacadas oficinas de reclutamiento militar. El problema negro explica la rebelión en los ghettos de las grandes ciudades industriales. La cruel revancha: Robert Kennedy y Martin Luther King asesinados. La contra-respuesta furiosa incendió Washington, con muertos y más de mil heridos. En agosto de ese 1968 jóvenes pacifistas se desparramaban con banderas del Vietcong por los parques de Chicago. El presidente Johnson se ha visto obligado a renunciar a un segundo período

Estados Unidos era repudiado por su intervención en Vietnam, y la Unión Soviética se desacreditaba con la invasión a Checoslovaquia, en ese mismo 1968.

Dos líderes comunistas, el mariscal Tito en Yugoslavia y Mao Tse Tung en China revolucionaron sus partidos comunistas y denunciaron ásperamente a sus nomenklaturas.

1968 también conmueve América latina. El año de Tlatelolco: tropas mexicanas masacraron a los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas. El 3 de octubre de 1968, el general Juan Velasco Alvarado instauró un gobierno nacionalista que modificó el Perú tradicional. Ocho días más tarde, el 11 de octubre, el jefe de la Guardia Nacional panameña Omar Torrijos daba un golpe que reclamaría a los Estados Unidos la devolución del canal.

La revolución parecía al alcance de la mano. No ocurrió. Pero el clima de época trasmutó para siempre. Los obreros jóvenes y los estudiantes convergieron. No tomaron el poder en ningún sitio pero rompieron el mundo viejo, sitiaron la religión, aplastaron la familia tradicional y cambiaron para siempre el papel de jóvenes y las mujeres en las sociedades opulentas.

La Argentina parecía ajena a ese espíritu. En la superficie, nada estaba pasando. Había eludido la inmensa conmoción mundial del año 1968. Pero…

 

EL PAIS IGUALITARIO

 

La Argentina era un país atractivo. A la cabeza del segundo pelotón. En 1967, el BIRF advertía que seguía destacándose en América latina. Sólo la Argentina y Venezuela figuraban en la franja de los países cuyo PBI per cápita iba de los 760 a los mil dólares. La Argentina igualaba la cifra de Japón y compartía el andarivel de Italia y de Rusia. Muy por delante de Uruguay (550 dólares), de Chile (480) y de Taiwán. La distribución, cierto, estaba lejos de los países centrales. En Gran Bretaña los trabajadores percibían el 74% de la renta, más que en Suecia, Estados Unidos y Canadá. Para Imaz, el ingreso de los argentinos que trabajaban alcanzaba el 45% de la renta.

Pero los ingresos parecían homogéneos: el 65 % de los consultados ganaba entre 21.000 y 80.000 pesos. Dos tercios de las familias argentinas entre 70.001 y 275.000 pesos, un cuarto de las familias entre 275.001 y 750.000. Sólo el 3.22 de los hogares superaba ese número. En los estratos desfavorecidos, el 9 % ganaba entre 50.001 y 70.000 pesos. Menos del 5 % de los hogares tenía ingresos inferiores a 50.000 pesos. Dos tercios de las familias exhibían capacidad de ahorro.

Entre 1963 y 1973 la Argentina crecía a un promedio del cuatro por ciento anual, más que Canadá, Australia y Estados Unidos y sólo detrás de Brasil (Maddison). El PBI subió un impactante 9,6 por ciento durante ese 1969. CEPAL indicaba que el gasto privado argentino equivale a los países desarrollados: 36 % del consumo iba a alimentos y otro tanto a manufacturas.

Pero la Argentina iba hacia la ruptura de su homogeneidad. Los almaceneros de barrio empezaban a ser desalojados por supermercados como Gigante y Minimax. El tejido social donde cada barrio tenía sus negocios, desde los más económicos hasta los careros, empezaba a chirriar.

La economía argentina se extranjerizaba. Numerosas empresas privadas –desde fábricas de cigarrillos hasta automotrices y bancos– pasaban a manos extranjeras. Con otro compromiso.

 

EL GENERAL QUERIA SER REY

El general-presidente que usurpaba el poder desde 1966 quería volver al siglo XVIII. Imaginó ser coronado rey y se atrevió a entrar en carroza con lacayos de librea al predio de la Sociedad Rural en Palermo. Para Juan Carlos Onganía el mundo del futuro debía clausurar el presente y reinstalar el pasado.

Una sociedad de base ancha, lo más extendida posible, al medio los que puedan, y encima de todo unos pocos, los de arriba. Una comunidad estratificada. Tal y como rezaban los reglamentos militares: personal de conducción, personal de supervisión y personal de ejecución.

El general-presidente imaginaba el fin de la política. La idea de un jefe que condensara la voluntad general. Quería terminar con los partidos, base de esos demagogos que roían el alma nacional. La ley 16.894 rezaba: “Queda prohibido en todo el territorio de la Nación la existencia de asociación de personas que constituyan partidos políticos”.

Onganía anhela un régimen que desterrara toda familiaridad, reprimiera la política y modernizara la economía, en un marco de intolerancia medieval. Su modelo, Francisco Franco, el caudillo por la gracia de Dios. Era militar, como él. Fue respaldado por la Iglesia, como él. Y recibió el apoyo de medios de comunicación, banca, industriales, terratenientes. Hasta el sindicalismo. El metalúrgico Augusto Timoteo Vandor se animó a facilitar la caída de la administración Illia y a celebrar –con riguroso saco– la asunción del general-presidente. Todo empezaba bien.

 

PASION POR PROHIBIR

Al general-presidente le molestaba casi todo. La diversidad, la puja de intereses, ni hablar de los conflictos de clase, la secularización de la vida social y personal, la pérdida de prestigio de la autoridad, el debilitamiento del pater familias, el rock. Desde las relaciones sexuales prematrimoniales hasta las infidelidades entre cónyuges, el pelo largo del varón y la pollera corta en la mujer. Todas esas anomalías –no le cabía en la cabeza que fueran cambios inevitables– la mala influencia de intelectuales malvados, destinados a socavar las inmutables bases de la Nación.

La sociedad debía imitar al Ejército, modelo de orden y jerarquías naturales. Y para eso había que terminar con esos hombres que ni mandaban ni hacían trabajos manuales, que no creaban riqueza sino que se empeñaban en cuestionar todo cuanto había de sagrado. Orgulloso, el general presidente intervino la universidad. El 29 de julio de 1966 un palazo policial abrió la cabeza del decano de Exactas de la UBA, Rolando García. La consagración de un Estado embrutecido. ¿Alguien imagina que un país estimule la renuncia o expulse a 8.600 docentes?

Los estudiantes protestaban, solitarios. El gobierno rumiaba satisfecho. Hasta 1969. De repente, un dato menor. En la Universidad del Nordeste asumió nuevo rector interventor. Hombre ajeno a la región, privatizó el comedor universitario, aumentó su costo y suspendió el servicio los domingos y feriados. Los estudiantes sobrevivían con la comida barata. Brotaron ollas populares, paros y boicots. El 13 de mayo de 1969, por orden del rector, la Policía desalojó una asamblea. El 15 los estudiantes marcharon. La policía mató al estudiante de Medicina Juan José Cabral.

Ese sábado Rosario repudió la muerte de Cabral. Otro muerto. Bello, un estudiante de Económicas. Estudiantes tucumanos chocaron con la policía, La Plata se movilizó, se cerró la Universidad de Córdoba. La CGT de los Argentinos convocó un comité obrero-estudiantil.

Dijeron que cuarenta mil personas marcharon por Rosario. Una batalla campal, que duró horas con gases, carros hidrantes. Fogatas. Piedras y bolitas para que resbalaran a los caballos. Otro muerto. Luis Blanco, de quince años… Aprendiz en un taller metalúrgico y alumno secundario. Blanco, igual que Pampillón, estudiaba y trabajaba. El modelo del joven esmerado, cuidadoso, con vocación de aprender y ejercer un empleo.

La furia llegó a Tucumán. El estudiantado convergió con la CGT local y la Federación Obrera Tucumana de la Industria del Azúcar (FOTIA), en pie de guerra desde el cierre de ingenios y la desocupación masiva que condenó a los obreros del surco al hambre o la emigración.

El partido clave se jugaría en Córdoba. La única regional de CGT con mayoría combativa y fortísima presencia de izquierda. El 13 de mayo de 1969, una enorme asamblea de SMATA, el gremio de los obreros del automóvil, rebalsó las instalaciones del Sport Club y peleó con la policía. El 26 de mayo fue detenido el gráfico Raimundo Ongaro, líder de la CGT de los Argentinos.

El 29 de mayo hubo paro activo en Córdoba. Los obreros abandonaron las plantas a la mañana y marcharon sobre el centro. La salida del SMATA de Renault, la huelga de la UTA, la salida de Fiat, de Luz y Fuerza con Agustín Tosco. Los estudiantes tomaron, como siempre, el barrio Clínicas. Las vecinas avivaban las hogueras. Hasta los escribanos se sumaron a la protesta. Se atribuirá al jefe de la represión militar y Comandante del Tercer Cuerpo de Ejército, el general Eleodoro Sánchez Lahoz un fuerte arrepentimiento: “me pareció ser el jefe del ejército británico durante las invasiones inglesas. La gente tiraba de todo desde sus balcones y azoteas” .

El 30 de mayo, las dos CGT –CGT de los Argentinos y CGT Azopardo– confluyeron en una huelga general de 24 horas. No se movía una hoja en la Argentina. Ni colectivos, ni escuelas, ni comercios, ni tiendas de ropa.

Onganía estaba liquidado. Quería durar cuarenta años, como Franco. No llegó a cuatro.

 

VANDOR, EL CRIMEN POLITICO

Una parte de la militancia vio en el Cordobazo la declaración de guerra del pueblo contra las Fuerzas Armadas. El 26 de junio de 1969, trece Minimax fueron incendiados. Coincidió con la visita a Buenos Aires de Nelson Rockefeller, su propietario. Atribuido a las FAL, el historiador comunista Isidoro Gilbert asegura que es una acción del aparato militar del PC.

El 30 de junio cayó asesinado el líder sindical Augusto Timoteo Vandor, el más poderoso impulsor del peronismo sin Perón. Se lo atribuirá un Comando Montonero Emilio Maza del Ejército Nacional Revolucionario.

El 7 de septiembre de 1969 Rosario evocó a sus caídos. La CGT convocó un paro activo, se sumaba la Federación Universitaria de Rosario. Barricadas y choques. Vehículos policiales y de transporte público son incendiados. Hay conflicto ferroviario. En Empalme Graneros el PRT encabezó la toma de una radio y tomó un puesto de Gendarmería. Eran sus primeras acciones militares. La policía retrocedió hacia la Jefatura. El 17 a la noche entró el Ejército. El 20 de septiembre el Ejército Revolucionario del Pueblo informó que “pasa a combatir en forma organizada” en un mensaje Al Pueblo Argentino.

Ese septiembre la UCR, con la firma de Ricardo Balbín exigió la renuncia de Onganía y “el establecimiento de un gobierno provisional por breve tiempo, de transición, que cambie la situación actual con la finalidad de reintegrar al pueblo el derecho de elegir a sus gobernantes”.

 

MILITARES Y MILICIANOS

Onganía llevó la lucha armada a sectores que se estaban arrimando a la disputa electoral. Benito Urteaga militaba en la Juventud Radical. Cuando desalojaron a Illia dijo Hay que hacer un ejército porque si no las Fuerzas Armadas nos van a seguir echando cuando quieran”. Será el número dos del PRT-ERP. Enrique Gorriarán Merlo recordó que en 1965 la izquierda tucumana ganó los comicios en alianza con el peronista Francisco Riera: “Estábamos casi eufóricos con el resultado de las elecciones. Veíamos que había un clima y una situación como para luchar por la justicia social y por los cambios políticos en el marco democrático”. El golpe “nos dejó sin expectativas. Se habían cortado todas las perspectivas, los representantes que teníamos en la legislatura habían sido depuestos por el golpe. Esa fue la primera vez que surgió en el PRT el planteo de la lucha armada”.

También el peronismo duro. Armando Jaime integraba el Movimiento Revolucionario Peronista orientado por Gustavo Rearte y será secretario general de la CGT clasista de Salta. “La dictadura de Onganía –memoró Jaime- fue lo que empujó a todos a tomar las armas. Dentro del peronismo revolucionario todos decidieron ir hacia la lucha armada”.

En esos días el Partido Comunista sufrió una de las grandes rupturas de su historia, con el comunismo revolucionario. Entre otros grupos acababan de nacer los chinoístas de Vanguardia Comunista y la trotskysta Política Obrera, hoy Partido Obrero. Brotarán grupos guerrilleros y otras fuerzas de la llamada izquierda revolucionaria.

Onganía liquidó el viejo antagonismo peronismo-radicalismo. Los jóvenes peronistas y los jóvenes radicales descubrían un enemigo común. La Juventud Peronista de las Regionales será el ariete contra el régimen militar y favorecerá el retorno de Perón. La Junta Coordinadora de la Juventud Radical será cofundadora del Movimiento de Renovación y Cambio y el ascenso de Raúl Alfonsín. Ambos por vías diversas: la JP promoverá la guerrilla y la JR elegirá la vía pacífica. Esa Argentina del futuro empezó a dibujarse en el lejano 1969. El Año del Viraje

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