Diagnósticos en disputa y futuros posibles

por Néstor Leone

La naturaleza de la crisis y cómo salir de ella, ejes del debate electoral que viene: economía y política, esferas superpuestas

 

1. LAS PALABRAS Y LAS COSAS.

La carrera hacia las presidenciales no ofrecerá indicadores económicos y sociales promisorios para Cambiemos, porque el Gobierno, en su cuarto año de gestión, lejos estará de habérselos ofrecido a la sociedad. La recesión no dará tregua, según las más diversas proyecciones. Incluso las del FMI. Y la inflación, retroalimentada, estará por encima de aquella que fuera su punto de partida en 2015. Distante (muy distante) del indicador de un dígito prometido para fin de mandato. La meta de pobreza cero, en tanto, quedará como olvidada promesa de campaña. Ni objetivo logrado, ni tendencia en curso. Mientras endeudamiento y fuga, ambas en ascenso, parecen complementarse, como caras de una misma moneda. Y como condicionamiento futuro. No obstante, Cambiemos aparece con chances concretas de trascender más allá de 2019. A pesar de estas variables nada halagüeñas, que amparan las críticas economicistas a su gestión. E, incluso, por ellas. La capacidad de mantener bajo su timón la agenda de debate público, más allá de la irrupción de aquellos indicadores, contribuye en ese sentido. La lenta recomposición política opositora, fragmentada todavía y con liderazgos en disputa, y la escasa articulación de la oposición social, suma en igual sentido. Lo mismo que el carácter de fuerza nacional de Cambiemos (única en su tipo, hoy, ante el desmembramiento del peronismo como una federación de cacicazgos provinciales), los esbozos de una identidad que supo construir en el trayecto y la posibilidad de capitalizar, como piso para sus aspiraciones, el tradicional voto antiperonista, gorila o republicano. Cuestiones de imaginario, valores y aspiraciones parecieran completar el combo. Además, claro, de cierto clima de época regional.

 

2. DIAGNOSTICOS

Si hay crisis y hay consecuencias que dañan la vida social, hay explicaciones posibles. Y hay respuestas que se consideran como necesarias. No tenerlas te deja fuera de carrera antes de la partida. En la disputa de estos diagnósticos y de estos horizontes estará parte de la disputa de campaña de este año. Cambiemos construyó las suyas, inestables en el tiempo, reformuladas en el camino, pero con algunas piezas constantes. Primero se ciñó a la pesada herencia como frontera discursiva necesaria para aplicar sus políticas de ajuste (gradualismo, en sus términos), que también consideró necesarias. El pasado inmediatamente anterior y, más tarde, el ciclo de doce años kirchneristas, que emparenta peyorativamente con populismo, se convirtió entonces en la explicación de buena parte de los males. Luego necesitó extenderlas en el tiempo, y ya no fueron doce años sino setenta los que la gestión actual debía revertir para encontrar ese rumbo promisorio. A carga mayor y más longeva, más condescendencia solicitada. El corte, señalado de manera taxativa, no resulta casual y se remonta a los orígenes del peronismo. O, por lo menos, a su primer gobierno. Variantes, si se quiere, de otras interpretaciones tradicionales de la derecha argentina que establecen el punto de inflexión en el final del modelo agroexportador o en la llegada del yrigoyenismo a la presidencia. Más allá de este combate por la historia o por resignaficarla en el presente, esta mirada supone cierta relación entre Estado y sociedad, cierta mirada de los asuntos públicos, como si en los setenta años de esta“ decadencia persistente” no hubiesen tenido incidencia (preponderante, en varios períodos) improntas parecidas a las de Cambiemos. Como si los setenta años de “decadencia persistente” fueran tales.

 

3. CUESTION DE RUMBOS

Si la crisis es heredada y “pudo haber sido peor si no se hubiese revertido el rumbo” (palabras más, palabras menos), lo que solicita Cambiemos es ese salvoconducto necesario para ratificar el horizonte de su política y su elenco gubernamental, en tanto no son suficientes cuatro años para echar por tierra todo lo anterior. Con esa ratificación solicitada está el desafío de reconstruir expectativas (materiales y simbólicas) que la propia gestión de Cambiemos fue horadando, en un círculo vicioso del que pretende salir. Por eso la apelación a la agenda de la (in)seguridad y la mano dura como temario privilegiado de discusión pública. Que, entre otras cosas, ofrece alineamientos más en sintonía con lo que Cambiemos prefiere, mientras la oposición queda enredada entre sus tabúes y la dificultad para pensar la cuestión en sus términos, como temática parcial.

 

4. LECTURA CONTRAPUESTA

El kirchnerismo tiene su propio diagnóstico de la crisis, por cierto. Ligado a la naturaleza misma de las políticas que se llevaron a cabo a partir de diciembre de 2015. Crisis para nada inexorable hasta entonces. Para apoyarse en esa interpretación compara cifras e indicadores y, en la mayoría de los casos, la balanza se pone a su favor. Y, en tanto es así, abusa de esas lecturas economicistas, con una racionalidad con arreglo a fines que, en algunas ocasiones, lleva a responsabilizar a aquellos votantes que pretende convencer. O, por lo menos, a señalarlos. Y en esa contraposición de modelos, también tiene respuestas (sus espadas más lúcidas, por lo menos) para confrontar con ese diagnóstico de “ los setenta años de decadencia” que señala Cambiemos y para hilvanar la experiencia reciente de su gobierno con momentos de ese pasado que pretende recomponer, atado a cierta idea de Estado inclusivo, de sociedad industrial y de derechos sociales. Lo que le cuesta más es ampliar esa mirada y extenderla hacia el futuro. Reinventarse en esa búsqueda, no como mera nostalgia, sino como mañana posible. Cuestión que será desafío para este año de campaña. La figura de Cristina Kirchner, en ese sentido, es potencial y problemática. Concentra mayor intención de votos que cualquiera de sus rivales posibles en el universo opositor y reparte adhesiones parejas con el presidente Mauricio Macri, como muestran hoy la mayoría de las encuestas. También tiene la capacidad de ofrecer sentido, con su discurso, a esa contraposición de modelos y resultados. Pero tiene mayores dificultades para articular una estrategia unificada con el resto de los sectores de la oposición, más allá de cierta apertura mayor demostrada. Y mantiene un nivel todavía alto de rechazo en
sectores necesarios para volver a construir mayoría. ¿El futuro? Se hace camino al andar, conjeturan.

 

5. TERCERA POSICION

Más allá de Cambiemos y el kirchnerismo existe un espacio variopinto de dirigentes políticos con pretensiones, pero sin capacidad de trascender más allá de los límites de sus distritos, de sus propios espacios. Optimistas, en tanto leen en las encuestas que existe un potencial votante disgustado con el Gobierno, pero también con Cristina. Pero sin las herramientas necesarias para captar esas voluntades. La cuestión del diagnóstico (o la ausencia de), aquí, resulta explicación posible de ese déficit, de esa falencia. En su intento de ponerse por encima de las diferencias de esos dos polos, resulta poco asequible para ese votante potencial. Y queda demasiado empantanado en ese atajo, en esa avenida del medio que se pretende ancha pero que no convoca sensibilidades multitudinarias. En ese sentido, también le cuesta construir alguna idea más o menos acaba de futuro, más que señalar“ lo que está mal”. Si a eso se le suma la ausencia de liderazgos y de conducción, el panorama para el sector parece poco venturoso, atrapado en un callejón sin salida.

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