Los believers de Mora y Araujo

por Julio Burdman

Antes que nada, Lavagna debe saber en qué lugar están sus potenciales votantes

 

Desde que comenzó el año se han publicado docenas de notas sobre la posible candidatura presidencial de Roberto Lavagna. Sobre sus expectativas, condiciones, premisas y especulaciones. Todas ellas destacan que se trata de un dirigente apoyado por otros dirigentes, respetado por otros respetables, y con aires de domador de crisis. El hombre de prestigio. Capaz de convocar a otros moderados como él, lo que incluye a radicales y populares santafesinos. No le faltarían muchas ideas propias sobre lo que a él le conviene hacer. Pero hay un problema: en la segunda quincena de diciembre, al menos, tenía poca intención de voto. No le alcanzaba para terciar.

Tiene una virtud capital, sin embargo. Aunque tal vez no sea la primera que él tiene en mente. Además de respetable y respetado, ha sido respetuoso. Se ha caracterizado por no hablar mal de sus antiguos jefes. Que han sido, entre otros, Alfonsín, Duhalde y Kirchner. Eso hace que Lavagna no sea incompatible con el votante peronista kirchnerizado. Y esa es, hoy, una precondición para cualquier candidatura opositora.

Jugando con diferentes escenarios de primera vuelta, si Cristina Kirchner no fuera candidata el precandidato mejor posicionado de la oposición es Agustín Rossi. Por una razón sencilla: los votantes de CFK, en su ausencia, buscan la boleta con el nombre más identificado con ella. Pero en esas simulaciones, Lavagna desempeña bien. Mejor que Massa, Urtubey o Pichetto.

Una cantidad nada despreciable de dirigentes justicialistas cometió un error de cálculo a partir de diciembre de 2015. Creyeron que su negocio era enfrentarse con Cristina Kirchner. Para diferenciarse, desarrollar una nueva identidad y disputarle su espacio. En ese decisión, partieron de una creencia inamovible. La de “el voto peronista”. En un libro ya clásico que llevaba ese título, los autores Manuel Mora y Araujo e Ignacio Llorente definían al voto peronista como un fenómeno sociológico. O social. Estaban enmarcados en toda una camada de autores que lo pensaba así. Y claro, buena parte de la actual dirigencia peronista se crió con esos conceptos. El voto peronista es el de la masa de los pobres y los laburantes, que invariablemente va a votar al peronista que esté en el menú. La política electoral constaría de dos pasos: 1. matarse por conseguir la candidatura peronista y 2. pasar con el rastrillo a levantar todos esos votos naturales.

Pero hay que actualizar la tesis de Mora y Araujo y sus coetáneos. Desde 2003, buena parte de ese “voto peronista” se ha kirchnerizado. Pasaron muchos años y más de una generación, y el kirchnerismo dejó cierta huella social. En ese tercio del electorado que declara intención de votar por CFK en las encuestas hay varios, efectivamente, que la quieren ver a ella compitiendo. Si ella no está, ya no da lo mismo cualquier reemplazo. Aspirar al clásico voto peronista y enfrentar al contemporáneo votante kirchnerista (y no me refiero al progresista porteño, sino al conurbano profundo y al provinciano) es un error.

Sin embargo, el proyecto Lavagna navega entre esos conceptos. El ex ministro prestigioso y quienes lo rodean aspiran a un votante nuevo, no alineado, capaz de pasar el rastrillo en el balotaje. En una era de minorías intensas.

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