La insoportable levedad del centro

por Luis Tonelli 

El centro está congestionado y consecuentemente está disperso el voto entre los candidatos que quieren representarlo

 

Las últimas imágenes de la política que nos brindan las encuestas de opinión pública coinciden en exhibir el rechazo mayoritario –de dos mayorías esencialmente distintas– a los candidatos ubicados en los polos (dícese el Presidente y la ex Presidenta) y una porción importante del electorado que votaría por algún otro candidato ubicada en el centro del espectro electoral.

Es el dominio de esa tierra de nadie el que hoy entusiasma a todos los candidatos no alineados. Y –primer paradoja– muchos de esos personajes a la conquista del centro vacante provienen del peronismo (justo ellos, quienes se autodenominaron siempre con un “Somos la Rabia”).

En ese lote de competidores encontramos al peronista que mejor replica la fina estampa presidencial, (alguién rico y famoso, especialmente en los parajes salteños) Juan Manuel Urtubey –y su divertida señora–. También, por supuesto, a Sergio Massa –quien en sus inicios fue la emulsión más acabada entre el agua y el aceite que representaban Néstor Kirchner y Daniel Scioli–. Un titán que destruyó las ambiciones reeleccionistas de Cristina Fernández para luego enmarañarse en la indefinición provocada por esa ansiedad de desandar un camino a poco de iniciarlo para emprender otro con la misma fogosidad de siempre.

A ellos se les suma un eternamente jovial Roberto Lavagna, que ha recibido la bendición de los medios monopólicos, hegemónicos y diabólicos, y también del Círculo Rojo que está en los Glorias-. Claro que don Roberto enfrenta el pequeño problema de convertir ahora el bronce de su estatua prematura en el papel contante y sonante de una boleta electoral ganadora.

Otros peronistas (Felipe Solá, Daniel Scioli), buscan la síntesis entre el centro anodino y el populismo rancio K y pretenden ser los herederos del General a la espera del milagro de que la señora ex Presidenta prefiera quedarse en El Calafate que mudarse de nuevo a Olivos. Por cierto, más allá de esta estrategia peronista ecuménica, están algunos intelectuales renombrados, conjurados y esperanzados en desplazar del a los torvos santacruceños y a los imberbes camporitas.

Queda un candidato peronista anti K de relevancia, el senador Miguel Angel Pichetto, pero que no es ubicable en ese centro, porqué al ser hombre de definiciones contundentes, se sale de la horma moderada que profesan el resto de sus compañeros candidatos. Es que en esa moderación radica uno de los principales problemas de los candidatos opositores del peronismo “blanco”: la política de las buenas maneras y de lo políticamente correcto ha sido hegemonizada en forma total por Cambiemos. Precisamente, la grieta que el kirchnerismo pretende definir en términos ideológicos intelectuales, es vivida, y muy especialmente por el electorado del oficialismo, como una elección entre buenos modales y guaranguería.

Los militantes odiarán esa dicotomía más del mundo del conde Chikkof que el de las barricadas revolucionarias (millenials preguntar a padres o abuelos por el noble de marras). Pero en realidad, se trata de un conflicto más argentino que el dulce de leche y cimentado en la historia. ¿Acaso el legendario John William Cooke no sentenciaba “No somos caballeros, somos peronistas”?

Y si Oscar Wilde hacia decir a uno de sus personajes eso que “La moderación es una cosa fatal. Nada triunfa tanto como el exceso”, Cambiemos representa una especie de moderación brutal en contra de los excesos del kirchnerismo”. De allí, la grieta y el conflicto amigo –enemigo schimittiano entre los que entienden que en la política hay enemigos, y los que entienden a estos como sus enemigos (porque ellos los consideraron sus enemigos”–.

La moderación suave resulta poca cosa contra esta moderación de excesos anti K y digamos que es algo no demasiado atractivo para el peronismo. Es solo una opción para el peronismo anti K, pero que no alcanza electoralmente para pasar al balotaje, ya que ni le gana a la ex Presidenta, ni le gana al Presidente. Tampoco suma mucho presentarse como la síntesis de lo “bueno que tienen los extremos, dejando lo malo de lado” ya que, en un sistema polarizado, se vota en contra de lo malo, no a favor de lo bueno, y para eso, nada mejor que el que está en el polo opuesto.

Súmesele a esto la congestión del centro moderado, que replica la Tragedia de los Comunes de la que habla Russel Hardin, en donde en un baldío sin dueño todos ponen a pastar a sus vacas hasta que dejan yermo el predio. El centro está sumamente congestionado y el voto consecuentemente disperso entre todos sus candidatos: las PASO serían posiblemente una solución a esa dispersión, pero los candidatos “moderados” difícilmente se avengan a la posibilidad de quedar eliminado en una primaria –y por alguien del mismo palo– para después perder ese espacio en la general. Las PASO son solo una herramienta de la oposición, cuando ella tiene posibilidades netas de ganar, si no, es un formidable dispersor del poder opositor, como sucedió en el 2011, que ningún opositor superó los 15 puntos y quedó configurado un esquema de “Blancanieves y los siete enanitos”.

Resumiendo, para que un candidato de centro tenga posibilidades ciertas de éxito debe convertir ese centro en un extremo, y pasar a representar así el cambio al que todavía aspira la mayoría de la sociedad (tarea ciclópea que en la Argentina moderna solo pudo acometer exitosamente Raúl Alfonsín). Hoy, y a pesar de que “pasaron cosas”, y muchas, Cambiemos sigue siendo quien mejor expresa hoy ese cambio.

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