Un nuevo episodio de la revuelta contra el globalismo

por Tomás Múgica

Las protestas en Francia constituyeron un capítulo más del descontento que muestran muchas sociedades y que adquieren distintas características según cada país pero que tienen un hilo conductor que las asemeja

 

Asistimos a un nuevo episodio de la revuelta antiglobalista en los países desarrollados, esta vez en Francia. Tras el movimiento de los indignados en España, la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos y el Brexit, por nombrar algunos de los más significativos, en este capítulo cientos de miles de franceses –identificados con los chalecos amarillos (“giletsjaunes”) reflectantes de uso obligatorio en automóviles– han llevado a Emmanuel Macron al borde de la renuncia.

Todo comenzó con una protesta puntual, impulsada desde las redes sociales, contra el incremento en la tasa sobre los combustibles (“taxe carbone”), que debía aplicarse a partir de enero de 2019 y que es parte de las medidas aplicadas por el gobierno francés para cumplir sus compromisos en materia de calentamiento global. Esta carga afecta fundamentalmente a los habitantes de las zonas rurales y suburbanas, que hacen un uso más intensivo del automóvil particular; justamente en esas regiones comenzó la protesta, que luego se extendió a los grandes centros urbanos, al tiempo que expandía sus demandas. La heterogénea agenda del movimiento incluye el malestar por la caída del poder adquisitivo, la reintroducción del impuesto a las fortunas y una serie de cuestionamientos más generales a los grandes medios de comunicación, al sistema financiero, a la Unión Europea, en fin, al establishment y sus políticas. Muchos de los manifestantes piden la renuncia de Macron, pero al mismo tiempo expresan un malestar más amplio en relación a la dirigencia política y demandan la utilización de herramientas de democracia directa, como los Referéndum de Iniciativa Ciudadana (RIC) previstos por la Constitución.

Los giletsjaunes bloquean carreteras y rotondas, al tiempo que organizan manifestaciones en zonas urbanas cada sábado desde que tuvo lugar la primera movilización de alcance nacional, el 17 de noviembre pasado. Las protestas (287.000 manifestantes en su pico máximo) alcanzaron gran violencia en París; para muchos observadores se trata de las más violentas desde Mayo del ’68. Si bien vienen decreciendo en intensidad, las tensiones que las originaron no se apagan.

 

REDES DE INDIGNACION

Entre las características del movimiento de los giletsjaunes, que lo emparentan con protestas similares [1], sobresalen tres: horizontalidad; formas de organización que combinan el uso intensivo de las redes sociales con movilizaciones sobre el terreno; y agenda difusa y heterogénea.

Primero, se trata de un movimiento sin líderes visibles (a pesar de la reciente creación de una “Coordinación Nacional de Regiones”), tal como ha comprobado el propio gobierno francés, al que le cuesta encontrar interlocutores nítidos para negociar. Apenas es posible identificar un puñado de ciudadanos cuyas manifestaciones en las redes sociales se viralizaron y contribuyeron al desarrollo de las protestas, como Priscilla Ludosky, una vendedora de cosméticos de 33 años de Seine-et-Marne, quien publicó una petición en la plataforma change.org oponiéndose al aumento de los combustibles y recibió casi un millón de adhesiones; Eric Drouet, un camionero de la misma región que contribuyó a difundir la protesta y a organizar la primera manifestación, apelando a su grupo de aficionados a los automóviles; o Jacline Mouraud, un ama de casa de Bretaña cuyo video en Facebook contra el aumento de los combustibles ya tiene más de seis millones de visitas. Se trata de iniciativas individuales –con claro impacto colectivo– de personas que se sienten damnificadas por medidas del gobierno, pero que carecen de afiliaciones organizacionales y trayectorias reconocidas como dirigentes. La horizontalidad también se manifiesta en las incipientes divisiones, como la aparición de los“ GiletsJaunes Libres”, una facción más moderada del movimiento.

Segundo, horizontalidad y uso de las redes sociales están relacionados. Tal como señala Manuel Castells, estamos ante un nuevo paradigma en materia de comunicación social, la “autocomunicación de masas”, en el cual los mensajes de los individuos –a través de la conjunción de redes sociales y dispositivos móviles– pueden alcanzar audiencias potenciales de millones de personas. Los mensajes resuenan con un malestar previamente existente y sirven como catalizador para la organización de protestas que se trasladan del espacio virtual al real, ocupando lugares de fuerte contenido simbólico. En este caso, la protesta se trasladó a decenas de carreteras en toda Francia y a espacios de tanta centralidad en el imaginario nacional como la avenida de los Campos Elíseos y el Arco del Triunfo.

El movimiento cuenta con un masivo apoyo en la opinión pública –diversos sondeos lo estiman en la franja del 70%– así como en la dirigencia opositora. A la convocatoria se han sumado sindicatos, organizaciones de agricultores y de estudiantes. Dirigentes con discurso antisistema como Marine Le Pen (Rassemblement National) y Nicolás Dupont-Aignan (Debout La France) desde la derecha y Jean Luc Mélenchon (La France Insoumise) desde la izquierda, se cuentan entre los principales líderes de oposición que defienden a los giletsjaunes como la expresión de una justa ira popular.

Tercero, la agenda –como se señaló más arriba– incluye diversidad de temas. Pero si las demandas son variadas, responden a un mismo sentimiento antielite, que se está propagando rápidamente en los países desarrollados (el ataque a Macron, percibido como un líder incapaz de conectar con las mayorías, es una expresión de ese rechazo). Los grupos sociales y regiones alejados de la dinámica globalizadora son los principales portadores de ese malestar y promotores de la protesta; en este caso la Francia de las ciudades pequeñas y medianas y los trabajadores de bajos salarios. Pero encajan con una percepción –de más amplio alcance– que atraviesa las democracias occidentales: la de una notoria falta de escucha, de una escasa respuesta de los gobernantes respecto a los gobernados. Los ciudadanos eligen a sus representantes, pero los representantes gobiernan a distancia de los ciudadanos y sus necesidades: se eligen los gobiernos democráticamente, pero no se gobierna de igual manera [2].

 

CAPITULACION

Macron capitula por actos. El 4 de diciembre el Primer Ministro Edouard Philippe anunció la marcha atrás con el aumento de la tasa sobre los combustibles. El 10 de diciembre, en un discurso televisado, con una audiencia de más de 23 millones de personas, el Presidente retrocedió aún más. Dijo comprender “la cólera” de los ciudadanos. Asumió errores no sólo en cuanto al contenido de las políticas sino también en cuanto a su estilo, considerado distante y arrogante por gran parte de los franceses. Convocó a un debate nacional, en el que participen todos los niveles de gobierno, poniendo especial énfasis en los niveles locales, y las organizaciones de la sociedad civil. Más importante, prometió implementar algunas medidas concretas para responder al malestar ciudadano: aumento de 100 euros en el salario mínimo; exención de impuestos a horas suplementarias; prima de fin de año para los asalariados, no sujeta a gravámenes; y reducción de impuestos para las pensiones menores a dos mil euros. Ello a costa de un incremento del déficit fiscal, cuyo costo político el Presidente prefiere pagar en Bruselas, a cambio de pacificar París y la France Profonde. El 18 de diciembre, el Primer Ministro anunció que se abriría el debate para instaurar los RIC. En suma, estamos ante un Macron que abandona sus certezas y retrocede para intentar mantener su gobierno a flote. Cualquiera sea su futuro político, la conclusión –y la lección para otros gobernantes– es clara: la rebelión continúa e ignorarla es cada vez más riesgoso.

 

[1] Castells, Manuel. 2012. Redes de indignación y esperanza. Los movimientos sociales en la era de internet. Madrid: Alianza

[2]Rosanvallon, Pierre. 2015. El buen gobierno. Buenos Aires: Manantial 

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