“El de los chalecos amarillos es un movimiento sin precedentes en Francia”

por Bárbara Schijman

Los chalecos amarillos en Francia constituyen un movimiento social que ponen sobre la mesa un amplio y variado conjunto de reivindicaciones de diferentes sectores de la sociedad

 

Desde el 17 de noviembre a esta parte Francia ha sido escenario de protestas multitudinarias, acciones colectivas con cortes de ruta y movilizaciones en distintos puntos del país. Un malestar general que tiene como eje la subida de impuestos de los combustibles, aunque este último es tan solo el más visible. Su amplitud, su radio de acción, su composición multiclasista, la ausencia de líderes visibles y el modo en que se convocó a la multitud hacen del movimiento de “chalecos amarillos” un fenómeno muy particular.

Alexis Spire es sociólogo y director de investigación del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS), actualmente asociado con la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales (EHESS). Su investigación se centra en la transformación del Estado y en las desigualdades en Francia y en Europa. Su último libro: “Résistances à l’impôt, attachement à l’Etat”, París, Seuil, 2018.

A continuación, el académico explica en qué consiste el movimiento de los “chalecos amarillos”, cómo surgió, qué razones motorizaron su aparición, y este ras-le-bol, el basta ya a la francesa que se escucha fuerte desde el 17 de noviembre último.

 

¿Quiénes son los “chalecos amarillos” y cómo surgió el movimiento?

La mayoría de los “chalecos amarillos” pertenece a la clase trabajadora. El perfil es variado: trabajadores autónomos, trabajadores precarizados, trabajadores con cierta estabilidad laboral, jubilados, madres solteras, estudiantes. Los “chalecos amarillos” constituyen un movimiento social que pone sobre la mesa diversas preocupaciones y reivindicaciones: nivel de vida, salarios, impuestos, entre otros. Hoy la lucha por la baja de impuestos une a personas con diferentes realidades y niveles de vida. Se han unido a protestar por el aumento de los precios del combustible. Una cantidad impresionante de gente, con una bronca tremenda como denominador común ante el creciente costo de vida y la degradación de los servicios públicos, respondió a la convocatoria de las redes sociales para bloquear el país y mostrar su solidaridad vistiendo “chalecos amarillos”. No están pidiendo al Estado que se retire de la vida cívica; exigen que el gobierno sea más equitativo en sus políticas. Muchos han criticado al gobierno por mantener el impuesto al combustible –una medida que afecta a las personas de ingresos medios y bajos–, a la vez que defiende la derogación del impuesto a la riqueza.

 

¿Cómo nació el conflicto? ¿Cuáles son sus razones objetivas?

Lo que desencadenó el conflicto es la cuestión de aumento en el precio de los combustibles, aunque las razones se fueron ampliando con el paso de los días. En un comienzo, cerca de aquel 17 de noviembre, los participantes trataban de organizar un movimiento a través de las redes sociales. Decían que no querían pertenecer ni a un partido ni a un sindicato, que querían mantenerse lejos de todo eso. Esto hace que le resulte muy difícil organizarse, a la vez que entender cuál es la agenda del movimiento. Por el momento, la gente se reúne los sábados, en París y en todas las ciudades de Francia. Se junta en las calles y discute sobre política, pero sin una orientación clara en común. Sin duda el de los“ chalecos amarillos” es un movimiento multifacético. Tanto, que es muy difícil decir si es un movimiento de derecha o de izquierda. Por supuesto que está la dimensión de extrema derecha, pero no es la única dimensión, también hay una dimensión de izquierda. Entonces están estas dos dimensiones que hacen muy difícil entender y prever anticipadamente cuáles serán las efectos políticos del movimiento.

 

¿Qué otras razones impulsaron las protestas?

Son varias las razones que confluyeron. Por un lado, el aumento del impuesto al combustible, pero también la pérdida de poder adquisitivo, la degradación de los servicios públicos, y el cierre de líneas de trenes que unían la periferia entre sí, entre otras.

 

Dada la ausencia de líderes en su seno, ¿cómo está encarando el gobierno la negociación con el movimiento?

Los “chalecos amarillos” no están pidiendo al Estado que se retire de la vida cívica. Lo que reclaman es que actúe de manera más equitativa. Muchos han criticado al gobierno por mantener el impuesto al combustible –una medida que afecta a las personas de ingresos medios y bajos–, en paralelo a defender la derogación del impuesto a la riqueza. Está resultando muy difícil para el gobierno negociar y relacionarse con el movimiento, especialmente porque no hay un líder. Si bien hay quienes pretenden tomar la voz y representarlo, cuando alguno sale a decir que está autorizado para hablar en nombre de, entonces aparece un chaleco amarillo para aclarar que no es cierto, que esa persona no los representa, o que no es un chaleco amarillo genuino. Es muy difícil, porque es un movimiento que no quiere ser representado, que no quiere elegir representante o líder. Al momento, el movimiento está actuando por democracia directa.

 

Sostiene que las manifestaciones de los “chalecos amarillos” son particulares. ¿En qué sentido lo son?

Creo que son diferentes porque no hay una protesta solamente. Cada sábado hay un cúmulo de protestas en todo el territorio, en las ciudades chicas, grandes, medianas. La gente se junta para protestar y eso no es tan común en Francia. En general, las protestas están lideradas por partidos políticos o sindicatos, y suelen desarrollarse solo en ciudades grandes. Esto es diferente. La gente se junta y pasa todo el sábado debatiendo sobre política, precios, salarios, impuestos, sobre los pobres y los ricos. Es decir que la gente está haciendo política a su manera y en su comunidad local. En Francia estamos acostumbrados a que las cosas pasen en los alrededores de París; que los movimientos políticos se centralicen alrededor de París. Ahora una gran parte de la ciudadanía quiere ser visible, que se la considere; quiere que la política la vea y tome en cuenta las vidas de los ciudadanos y las dificultades que enfrentan.

 

¿Cuál es el antecedente más cercano en Francia a una situación como la actual?

Creo que el de los “chalecos amarillos” es un movimiento sin precedentes en Francia, por su magnitud, su duración y por la violencia que conlleva. Inicialmente fue contra los impuestos, pero evolucionó hacia varias otras cuestiones, incluida la demanda de reconocimiento político de las clases populares que se sienten olvidadas e invisibilizadas.

 

Hace tiempo que la clase trabajadora en Francia señala que Emmanuel Macron gobierna para los ricos. ¿Cuánto de esto precipitó el conflicto?

Antes de la elección del presidente Macron, ya existía un fuerte sentido de injusticia fiscal en las clases populares. Tan pronto como llegó al poder, Macron abolió el impuesto sobre la riqueza y aumentó los impuestos al combustible y la energía, impuestos que pesan mucho más sobre los pobres. También tuvo actitudes de desprecio social en varias declaraciones. En estos últimos dos años gobernó a favor de empresas en lo que hace a impuestos, especialmente de un puñado de empresas, y entonces el gobierno dice que tiene que aumentar los impuestos porque no hay dinero. La gente está furiosa porque sabe que si no hay dinero es por la disminución de impuestos a los ricos. Su política tributaria favorece a los que más tienen.

 

¿Cuánta gente compone el movimiento, aproximadamente?

Se calcula que en al principio el movimiento estaba compuesto por unas 300 mil personas distribuidas en todo el territorio. La gente salió a la calle, a lo largo y ancho del país, marchó, interrumpió el tráfico para protestar por el aumento de los precios del combustible. Fue una respuesta a la convocatoria de “bloquear al país” realizada a través de redes sociales. La segunda semana el número había bajado a 200 mil, y la tercera semana a 100 mil. Sin embargo, aunque la cantidad de participantes muestra una baja, el conflicto es cada vez más violento. Más allá del número que se moviliza, mucha gente en la población está comprometida con el movimiento. Entre el 60 y el 70 por ciento de la población francesa apoya el movimiento, aunn cuando la violencia va en aumento. De ahí que sea imposible para el gobierno decir que el movimiento está decreciendo en fuerza o en participación. La gente mayor, por ejemplo, no se moviliza, se queda en sus casas, pero está de acuerdo con el movimiento.

 

Frente a la presión social el gobierno dio marcha atrás al aumento de los combustibles.

Así es. El aumento del impuesto al combustible ha sido un detonante para el movimiento, pero el movimiento evolucionó y ahora ya no se trata solamente de rechazar esta medida sino de luchar por el salario, los precios, por ser considerados. Cada vez más gente pide restaurar el impuesto a la riqueza. Un impuesto para la gente rica, que Macron abandonó. No lo eliminó pero le introdujo cambios; y ya no se trata de un impuesto a la fortuna.

 

¿Qué lugar ocupan en el seno de las manifestaciones las cuestiones vinculadas con la inmigración y el racismo?

En este movimiento hay una dimensión que se acerca a la extrema derecha. Ese segmento sí que anda con mucha impaciencia y ansiedad por alentar acciones racistas. Pero al menos hasta ahora no hubo nada de esto dentro del movimiento. Podría ocurrir en un futuro, porque en algunas ciudades hay “chalecos amarillos” que sostienen argumentos en contra de la inmigración. Pero no es algo común al movimiento.

 

Hay quienes sostienen que esta situación podría resultar positiva para fuerzas de extrema derecha. ¿Qué piensa a este respecto?

Creo que es muy pronto para decir que la extrema derecha pueda ganar con este movimiento, pero es una posibilidad. Y lo es porque en el movimiento está la idea de que todos los partidos políticos están comprometidos con el poder y el gobierno. Muchos“ chalecos amarillos” sostienen que se ha probado con todos los partidos a excepción de uno. Entonces hay quienes sugieren que se debería probar con el Frente Nacional porque es el único partido que nunca gobernó Francia. Por supuesto que esto lo proclama solo una porción del movimiento. Es muy pronto para imaginar escenarios, porque también está la extrema izquierda que trata de politizar el movimiento y de mantener firme el enojo contra la gente rica y no contra el inmigrante.

 

¿Cómo fue cambiando la protesta desde 17 de noviembre a esta parte?

La movilización del 8 de diciembre demostró que la ira de los “chalecos amarillos” no ha caído: el número de manifestantes está en leve declive, pero sigue siendo muy importante en todo el territorio y la mayoría de la población sigue apoyando el movimiento. Lo que es muy sorprendente es que los sindicatos permanezcan detrás de este movimiento y no se comprometan con él. Para evitar desbordes, el gobierno optó por una represión preventiva, que consistió en multiplicar las detenciones de personas incluso antes de manifestarse, mientras se encontraban en camino. Podemos suponer que las pocas propuestas adelantadas por Macron días atrás no bastarán para convencer a todos los “chalecos amarillos”. Por lo tanto, seguramente las convocatorias a manifestarse vayan a continuar, con un riesgo de violencia cada vez mayor. Incluso si el movimiento eventualmente se agotara, creo que tendrá otras traducciones e interpretaciones políticas en los próximos meses.

 

¿Le parece que corre riesgo de agotarse pronto?

Creo que cada vez se va a volver más y más violento; me temo que cada sábado se incrementará la violencia. Si se agotara, el movimiento podrá revivir o resurgir diferente más adelante, porque necesita tiempo para organizarse, encontrar un líder y tal vez precise de algunos meses para volver con fuerza, como sucedió en Italia con el Movimiento 5 Estrellas.

 

¿Por qué los compara?

Hay una posibilidad de comparación con el movimiento italiano, porque creo que tienen algunos puntos en común. El Movimiento 5 Estrellas nació de la mano de la clase trabajadora italiana, y cuando surgió fue contra los impuestos. Luego viró hacia la extrema derecha, pero no fue el caso en un comienzo.

 

¿Qué rol han jugado los medios tradicionales franceses desde el surgimiento de los “chalecos amarillos”?

Los medios tuvieron un rol muy importante porque le dieron gran visibilidad. Ya la jornada anterior al 17 de noviembre los medios hablaban de un movimiento muy interesante. Llegó a muchísima gente por la cobertura que hicieron los medios en un inicio. Ahora se están concentrando en la dimensión violenta del movimiento. Hay una gran diferencia entre los medios nacionales, los medios de París, y los medios locales. Los medios nacionales están siendo acusados por los “chalecos amarillos” de enfocarse en acciones violentas, racistas, homofóbicas, y entonces se volvieron frecuentes los enfrentamientos entre algunos periodistas de medios nacionales y los manifestantes. En cambio, la relación es muy buena con los diarios y programas regionales.

 

¿Le sorprendió el surgimiento del movimiento?

No, no me sorprendió en realidad. Sabía de la presencia de este sentimiento tan fuerte de injusticia fiscal, aunque no esperaba un movimiento tan grande. Sí estaba convencido de que este sentimiento relacionado con la injusticia fiscal y la necesidad de pelear por un sistema más justo podía desembocar en algo por el estilo.

 

 

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