Los engranajes invisibles de las encuestas

por Nicolás Solari (*) 

Los sondeos de opinión pública tienen algunas reglas que es necesario tener en cuenta para leerlas y entenderlas adecuadamente para diseñar las estrategias electorales

 

Unas semanas atrás, Carlos Pagni interrogaba en su programa de cable a dos conocidos encuestadores acerca del funcionamiento de los sondeos de opinión pública. Se refería no a los aspectos metodológicos de la investigación demoscópica sino, esencialmente, a la forma en que se reconcilian, interpretan y analizan, a la luz de la lógica que rige el funcionamiento interno de las encuestas, resultados que a simple vista pueden lucir inconsistentes e incluso contradictorios. La conversación abordó parcialmente algunas de estas temáticas, aunque terminó previsiblemente enfocada en la agenda de la coyuntura preelectoral.

Tomando como punto de partida el interrogante planteado por Pagni, retomo aquí algunos de los principios que, en mi experiencia, rigen la lógica interna de este tipo de estudios y constituyen sus engranajes invisibles. Se trata, es necesario advertirlo, de una caracterización propositiva, no exhaustiva y que no sigue en su exposición una jerarquía particular.

 

Las expectativas sostienen la popularidad de los gobiernos.

En épocas de vacas flacas, el apoyo al gobierno se sustenta fuertemente en las expectativas futuras, sin importar la percepción del país actual. En este sentido, el optimismo, la ilusión y el entusiasmo se corresponden generalmente a escenarios de fuerte apoyo gubernamental; mientras que el pesimismo, la desilusión y el temor se relacionan con situaciones de desconfianza pública. La correlación entre apoyo gubernamental y estado actual de cosas es, por su parte, notoriamente más fuerte en contextos caracterizados por una percepción positiva de la coyuntura. (p. ej. Macri, 2016-2018)

 

Pese a las fluctuaciones del humor social, hay pisos de identificación política difíciles de quebrar.

En las segmentaciones electorales se suele diferenciar el voto duro del voto blando. En el primero, hay un compromiso profundo del elector con el espacio, mientras que en el segundo hay, a lo más, un apoyo circunstancial supeditado a determinados condicionamientos. Por los general, el voto duro se sustenta en convicciones políticas o ideológicas mientras que el voto blando recala en la satisfacción de necesidades materiales. Lo interesante es que el caudal electoral de los espacios fluctúa rápidamente con la adhesión o defección del voto blando, pero suele mantener un piso sólido –el voto duro– que solo se quiebra en situaciones extremas y que de otro modo se erosiona muy lentamente. (p. ej. CFK, 2016 -2018)

 

La percepción de los problemas empeora cuando más mediato es el ámbito de evaluación.

Las encuestas suelen indagar en la agenda de problemas de la población. Se hace de muchas maneras: priorizando problemas, indagando espontáneamente o evaluando la gravedad de tal o cual cuestión. En ocasiones se evalúa un mismo problema a nivel nacional, provincial, local, barrial y familiar. Por regla, la evaluación de las problemáticas mejora a medida que se circunscribe a ámbitos más próximos al entrevistado. La lógica de dicho proceso es que en la medida que se extiende el ámbito geográfico, la evaluación pasa de ser una operación esencialmente experencial –lo que yo veo– a un proceso que incorpora insumos no experenciales -lo que me cuentan-. Así, las evaluaciones sobre una problemática suelen cargarse de insumos negativos –las noticias– a medida que se amplía el ámbito de evaluación. (p. ej. la situación económica, la inseguridad)

 

Se cuantifican opiniones, pero no intensidades.

En efecto, las encuestas suelen preguntar si la gente está a favor o en contra de tal o cual política. Con menor frecuencia se indaga acerca de la intensidad del compromiso con esa posición. En este sentido, sucede muchas veces que posiciones aparentemente minoritarias terminan siendo dominantes por la intensidad de quienes las apoyan. Medir únicamente posiciones, sin considerar la intensidad, presupone que todos tenemos el mismo interés por las mismas cosas, lo que genera una lectura distorsionada de la realidad. (p. ej. el aborto)

 

La imagen positiva no se traduce en intención de voto.

La imagen positiva y la intención de voto son los dos atributos políticos más medidos por las encuestas. Como regla se puede decir que la imagen positiva es una condición necesaria para la intención de voto, pero no es suficiente. En efecto, un ciudadano puede evaluar positivamente a varios políticos, pero a la hora de decidir su voto –ya sea en las urnas o en las encuestas– solo podrá optar por uno (p. ej. Michetti, 2015). Además, en algunas ocasiones, termina predominando el voto táctico que prioriza el voto a candidatos con posibilidades de éxito por sobre el o los preferidos del elector.

 

La popularidad es pre política.

Los medios difunden frecuentemente rankings de popularidad integrados por personas con distintos niveles de compromiso con la política. Aunque parezca una obviedad, es oportuno recordar que la popularidad es un atributo que excede el ámbito político. Trasladar la popularidad de una celebrity al ámbito de la política en una operación compleja que no siempre sale bien. (p. ej. Moria, 2005)

 

Los escenarios que plantean la dicotomía entre gobierno y oposición están sesgados.

Con frecuencia las encuestas indagan en las preferencias electorales presentando escenarios dicotómicos que enfrentan al gobierno con la oposición. Este tipo de planteos suele inflar el volumen político de la “oposición” en tanto que los respondientes pueden proyectar allí el candidato de su preferencia con mucha mayor libertad que en el campo “gobierno”. Conviven bajo el rótulo de la “oposición” candidatos variopintos de diverso perfil ideológico, instalación y recursos, una alquimia que se desvanece cuando se menciona un nombre concreto.

 

La forma de presentar los escenarios de intención de voto condiciona el resultado.

Hay muchas maneras de medir la intención de voto y ninguna de ellas es inocua. Por ejemplo, se puede medir la intención de voto de forma espontanea –es decir sin mencionar a los candidatos–, lo que provoca que: a) crezca la proporción de gente indecisa, b) se beneficie a los candidatos mejor instalados. Alternativamente, se puede guiar la respuesta –al mencionar a todos los candidatos–, lo que mejora las chances de los candidatos menos instalados. Incluso se puede medir las preferencias electorales mencionando no solo el nombre de los candidatos sino también los espacios políticos que representan, aumentando las chances de aquellos espacios que gozan de una marca más fácilmente reconocible. Finalmente, en las encuestas presenciales se puede presentar boletas similares a las de la elección a fin de replicar lo más fielmente posible las condiciones del cuarto oscuro.

 

La transferencia de votos no funciona –ni en las encuestas ni en la realidad–.

Las preferencias electorales de los entrevistados no siempre siguen un patrón homogéneo. En ocasiones las segundas opciones de algunos respondientes no son dirigentes afines a su primera opción, sino adversarios políticos de este. En este sentido, no se puede estimar la intención de voto de un espacio en base a la suma de las intenciones de voto individuales de sus candidatos. Tampoco se puede estimar la potencialidad electoral de un frente electoral o una fórmula presidencial agregando las adhesiones que reúnen separadamente sus integrantes.

 

La proyección de los indecisos define el resultado.

La mayoría de las elecciones son definidas por electores independientes, aquellos que en general tienen un menor compromiso con la política y terminan inclinándose por uno u otro candidato en el sprint final de las campañas. Hay sin embargo, un núcleo irreductible de indecisos que terminan decidiendo en el cuarto oscuro o pocas horas antes, cuando las encuestas no tienen ya ocasión de registrarlo. En este caso, los encuestadores tienen que proyectar el comportamiento de esos indecisos en base a los datos con los que cuentan. Entre los métodos más utilizados están la proyección directa, –supone que el universo de indecisos se comportará del mismo modo que el resto de la muestra–; la proyección según segmentos demográficos –supone que los indecisos se comportarán de acuerdo a su edad, educación, zona de residencia o cualquier otra variable–; la proyección por oposición –supone que los indecisos saben lo que no quieren (en general el oficialismo) y dudan entre las alterativas restantes–; y la proyección según el comportamiento de los indecisos en elecciones pasadas.

(*) Master en Opinión Pública por la Universidad de Connecticut, EE.UU.

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