Cien años de grandezas y fracasos de los estudiantes en la política

por Oscar Muiño (*)

La Reforma Universitaria, que nació en Córdoba, fue acompañada por el Gobierno Nacional y se expandió luego por toda América dándole mucho prestigio al país

 

Apartir del Siglo XIII, las universidades europeas y los estudiantes empiezan a jugar un papel en la gran política europea. Lo destaca el notable medievalista francés Jacques Le Goff. Siete siglos después, Argentina no expresa ningún reconocimiento equivalente. Este año el país debiera estar celebrando masivamente y con orgullo el primer centenario del Gran Invento Argentino: la Reforma Universitaria. No está ocurriendo y no ocurrirá.

Una mezquindad. La Nación, las instituciones y la sociedad argentina mucho le deben al movimiento estudiantil. La inmensa importancia que tuvo en diversos momentos de la historia para avanzar en la democratización, para luchar por la libertad y la justicia social. Para enfrentar los autoritarismos y en particular las tiranías militares.

Esa desidia injusta me llevó –entre otros motivos- a escribir un libro que destaque el primer siglo del movimiento estudiantil argentino. Hay diversos trabajos interesantes, documentados, valiosos. Pero limitados a una época o a una universidad o facultad específica. Estaba faltando, creí, una historia que rescate la militancia universitaria y su relación con el Estado, la sociedad y el sistema político a lo largo de la centuria.

A viejos testimonios y nuevos ensayos agregué reportajes a docenas de activistas estudiantiles que marcaron época. Hay testimonios de figuras de la política, el periodismo, la academia. Fueron dirigentes estudiantiles entrevistados en mi libro Natalio Botana, Julio Bárbaro, Domingo Cavallo, Eduardo Anguita, el Changui Cáceres, José Corral, Juan Curutchet, Víctor De Martino, Milo Gibaja, Rubén Giustiniani, , Jorge Lafforgue, Gerardo Morales, Rosa Nassif, Coti Nosiglia, Rafael Pascual, Hernán Pereyra, Alejandro Peyrou, Luis Alberto Romero, Jorge Sigal, Federico Storani, Marcelo Stubrin, Miguel Talento, HugoV arsky.

Todo empezó en 1918. Los alumnos de la universidad más vieja del país se rebelaron contra la anquilosada Universidad de Córdoba, con un sistema de conducción oligárquica y nula disposición a abrirse a los cambios de la modernidad. Los alumnos solos no podían derrotar a esa poderosa rosca. Acudieron al presidente Yrigoyen. No les falló: intervino la Universidad y empezó la Reforma Universitaria que puso a la Argentina en la vanguardia del mundo. El prestigio de la Argentina de la Reforma resonó en toda América.

Doce años después, otras manifestaciones de estudiantes, desde la Universidad de Buenos Aires, coparon las calles reclamando la renuncia del Yrigoyen. Encendieron la mecha que enterró a un gobierno libremente elegido y –lo que resultó infinitamente peor- liquidó casi setenta años de institucionalidad. El país aún no logró reponerse de ese desastre.

Verdad es que los universitarios terminaron enfrentando a la dictadura de Uriburu y a los fraudulentos gobiernos que lo sucedieron. Todos celebraron el golpe de 1943. Sólo para advertir que llegaban autoritarios acaso peores que los del siglo XIX. Nació así la ruptura entre la Federación Universitaria Argentina y Juan Perón. Hasta que Perón –acaso porque advirtió su error, tal vez porque se sentía debilitado- intentó pactar. Ahora los estudiantes lo desoyeron y trabajaron para voltearlo primero y para ganarle las elecciones después. El 17 de octubre de 1945 la movilización obrera lo repuso en el gobierno y el voto popular lo ratificó en 1946. Ovacionaron a Yrigoyen, dieron la vida por Perón, se ilusionaron con Frondizi y militaron por Alfonsín. Enfrentaron a las dictaduras y sus banderas levantaban los derechos de los más pobres, los que nunca podían ir a la universidad. El desinterés y la voz de los que no tienen voz.

También hay errores. Algunos de ellos, gravísimos. Sin advertirlo, muchas veces los estudiantes socavaron con su protesta a gobiernos civiles débiles y facilitaron su derrumbe.

La generación de mitad del período es la que milita contra Onganía. Acaso el momento más glorioso y valiente del estudiantado. La dictadura de 1966 llegó con el respaldo de la banca, el campo, la industria y la gran prensa. No solo el empresariado. Los sindicatos en su mayoría se cuadraron.Y la Iglesia al principio fue unánime. Hasta Perón le dio crédito: desensillar hasta que aclare, anunció. Y la sociedad vio ese golpe con indiferencia. Cuando todos aflojaron, los estudiantes se plantaron. Y terminaron con el sueño consentido de una dictadura para siempre.

Una década después, miles de estudiantes serán masacrados por otra dictadura, más feroz. Hasta que en 1983 los jóvenes vuelven a ser los abanderados de la lucha por la vida y la democracia.

El país debe un homenaje y eterna gratitud a aquellos muchachos que, invariablemente, camada tras camada, intentaron mejorar la dignidad de los más golpeados. Emociona esa grandeza del movimiento estudiantil.

Aplaudir a los militantes de las causas nobles es indispensable tarea de toda sociedad que aspire a la construcción de un destino mejor.

(*) Autor de “La Guerra de los cien años (1918-2018)”, Editorial Lumière 

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