Presidencialismo segmentado (II)

por Luis Tonelli

Macri ajusta su estrategia frente a un peronismo que no pierde porque se divide sino que se divide cuando no puede ganar

 

Los cambios en el funcionamiento del esquema de gobierno que había adoptado el Presidente Mauricio Macri desde su asunción, suscitados a partir de abril de este año, parecían terminar con ese peculiar experimento que llamé en su momento presidencialismo segmentado.

En él, el Presidente, en vez de concentrar capacidad gubernativa –como reza el manual de la gobernabilidad presidencial– la distribuía en un sinnúmero de nodos de poder a lo largo y a lo ancho del sistema político argentino. De este modo, siguiendo la lógica de una corporación empresarial, el gobierno operaba disperso entre diferentes “divisiones” abocadas a “confeccionar” el “producto” que le correspondía dada su especificidad (leyes, políticas públicas, negociación federal, comunicación), sin ninguna conexión política entre estas diferentes arenas, o segmentos –como preferí llamarlos–.

A este dechado gerencial se le podía entrever una costura más política: el Presidente disfrutaba de una zona de confort en la que nadie podía brillar más que él (y convengamos que, políticamente, el perfil público de Mauricio Macri no se destaca por su incandescencia lumínica). Por otra parte, el binomio gerencial de controllers (Gustavo Lopetegui y Mario Quintana) era coordinado por el Jefe de Gabinete Marcos Peña, cuya principal tarea era atender a las demandas sociales, expresada en términos de opinión pública y comportamientos procesados por las técnicas de Big Data.

Fragmentadas las decisiones, alargadas las negociaciones, complejizada la gestión, todo derivó en lo que técnicamente se conoce como un incremento de los costos transaccionales, que redundó tanto en un problema de eficiencia y de efectividad del gobierno disimulado tanto por una estética de cambio innegable y una cultura política completamente diferente del kirchnerismo, así como también un apoyo de los mercados financieros externos.

El presidencialismo segmentado traccionaba para atrás el gradualismo gubernativo con
tribuyendo también con esos errores no forzados –“metidas de pata, con marchas atrás”–, área temática en la que el gobierno de Macri se mostró particularmente prolífico.

De todas maneras, durante los primeros días de abril de este año, la sorpresa inicial de que el gobierno finalmente se encaminaba hacia uno de coalición (y no una mera coalición dispersa de gobierno) quedó rápidamente descartada al final de febriles negociaciones en Olivos, en donde se frustró la incorporación de funcionarios provenientes del radicalismo y sus adyacencias.

En la reducción ministerial resultante, Nicolás Dujovne sumaba influencia política (gracias, a su vez, a la influencia poderosa del FMI sobre las decisiones económicas del gobierno), asi como también, un experimentado Dante Sica –curtido en la marroquinería de los economistas del peronismo bonaerense– concentraba funciones en un Ministerio de Producción casi oximorónico en estas épocas de“ ajuste exitosísimo”.

Por otra parte, ganaba poder Rogelio Frigerio, el ministro del Interior, quedando un tanto chamuscada la figura de Marcos Peña, quien había sido absolutamente central en la generación de “sentido” gubernativo en la primera época macrista.

Las relaciones con el Presidentey sus colaboradores pasaron a ser bilaterales, y quedó configurado un esquema de ministros jerarquizados, y ex ministros -la mayoría aceptando ser microministros, absorbidos por las carteras ministeriales que quedaron en pie. Sin embargo, y como la teoría organizacional lo ha siempre pregonado, cambio que no se institucionaliza está sujeto siempre a una reversión a su antigua lógica de funcionamiento. Y la promesa de terminar con el presidencialismo segmentado volvió a caer presa de una dispersión de poder, más acotada, pero que a juzgar por las últimas noticias, igual de descoordinada e ineficiente.

El presidencialismo segmentado (Episodio II) se expresó con toda su lógica en la negociación del presupuesto en la que el presidente Macri privilegió una acción radial con cada actor de veto legislativo, así como también con sus“ principales”, los gobernadores.

De esa negociación sin mediación partidaria, solo podían salir concesiones para los poderes provinciales, que se sumaron a las que ya se les había otorgado (y por ley) en los primeros años de gobierno. Hoy, la mayoría de las provincias pueden exhibir una situación financiera holgada que contrasta con las penurias críticas que enfrenta el gobierno nacional, lo que se traduce en su mayor capacidad negociadora. Sin embargo, a las reticencias del Presidente Macri por compartir cartel con otras personalidades políticas, se le suma ahora la gravitante perspectiva de Rogelio Frigerio, orientada a que la gobernabilidad de Cambiemos quede sustentada en el viejo orden de las administraciones provincianas (especialmente, aquellos distritos de bajo mantenimiento fiscal y alta rentabilidad política).

Visión compartida en la CABA por Horacio Rodríguez Larreta (en esa conjunción política neo-menemista de tecnócratas, barrios pudientes y villas de emergencia), o la connivencia de María Eugenia Vidal con los torvos intendentes peronistas del conurbano. Un esquema que puede tener una confirmación alarmante el año que viene si finalmente tiene lugar el adelantamiento de las elecciones en esos dos distritos clave.

Macri necesita imperiosamente deV idal en la provincia para forzar a que los intendentes peronistas tengan que hacer“ voto delivery” y admitan cortar boleta con ella (y Macri) para ser elegidos. Una elección nacional sin Vidal traccionando, puede ser muy beneficiosa para ella, pero no para Cambiemos. Pero a la suba de los ingresos impositivos que los gobernadores lograron en el Congreso se le sumó un obsequio inesperado: mediante un acuerdo de todo el arco peronista (el Frente para la Victoria de Cristina Fernández, el Frente Renovador de Massa y el Peronismo Federal) y ante la pasividad del gobierno nacional, la mayoría del Consejo de la Magistratura.

Mario Negri perdía así su banca, llegando al Consejo Wado de Pedro y Graciela Caamaño, mientras Pablo Tonelli por el PRO retenía la suya. El radicalismo mostró su sorpresa y descontento por la perdida de una institución clave en la depuración de la justicia y que afecta de modo decisivo la acción renovadora en esa esfera clave de poder.

La negociación para seducir al peronismo “racional”, tuvo un efecto colateral muy peligroso para el gobierno: la peronización del discurso de Cristina Fernández en un ámbito poco apropiado para eso, y el acuerdo entre el panperonismo, demuestra que el peronismo no pierde por que se divide, sino que se divide cuando no tiene posibilidades de de ganar. Pero se une, cuando la crisis puede de nuevo catapultarlo a la Presidencia.

El gobierno nacional, tanto por supervivencia como por preferencia política, entra en una peligrosa lógica gatopardista que colisiona brutalmente con esa aspiración grabada en su mismo nombre propio, Cambiemos, y que puede tener consecuencias negativas importantes sobre ese instrumento que le ha permitido ganar elecciones y gobernar que es su coalición política.

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