Brasil: fin de ciclo y cuatro regresos inesperados

por Ignacio Labaqui (*) 

Aún no está claro cómo gobernará Bolsonaro dado que tendrá un bloque reducido en el Congreso y poca predisposición a la búsqueda de acuerdos con otros sectores políticos

 

El próximo 28 de octubre probablemente Jair Messias Bolsonaro sea elegido presidente de Brasil. Si bien ninguna elección está decidida hasta que se terminan de contar los votos, la contundencia del resultado de la primera vuelta deja poco margen para pensar en una victoria de Fernando Haddad en el balotaje. Desde el comienzo de la tercera ola de democratización hace 40 años, 46 elecciones presidenciales fueron definidas a través de una segunda vuelta en América Latina. Solo en 13 de ellas el candidato más votado de la primera vuelta perdió la elección. Y si bien en 2016 en Perú, Pedro Pablo Kuczynski logró revertir una desventaja de 19 puntos en la primera vuelta y triunfar en el balotaje, este caso fue más bien la excepción que la regla.

Dejando a un lado la elección peruana de 2016, el grueso de las reversiones del resultado en el balotaje (9 de los 13 casos) ocurrió cuando el candidato más votado de la primera vuelta obtuvo menos del 40% de los votos y una ventaja de menos de 10 puntos en la misma. Solo hay dos casos de candidatos con más del 40% de los votos en la primera vuelta que hayan perdido el balotaje (José Peña Gómez en 1996 en República Dominicana y Tabaré Vázquez en Uruguay en las elecciones de 1999). Es decir, las chances de Haddad son mínimas, algo que se ve confirmado por los sondeos de opinión pública.

¿Qué implicancias tendría el ascenso de Bolsonaro a la Presidencia? No pocas. Por un lado, la elección de 2018 marca claramente el fin de una época. Desde 1994 hasta 2016 Brasil fue gobernado por dos coaliciones, una de centro derecha con eje en el PSDB y una de centro izquierda con el PT como centro. El PSDB gobernó Brasil entre 1995 y 2003 con el ex Partido del Frente Liberal como socio principal, en tanto que entre 2003 y 2016 Brasil fue gobernado por el PT con el PMDB como pieza central de la coalición de gobierno. En segundo lugar, petistas y tucanos fueron durante el período mencionado los competidores por la presidencia.

Durante los años de hegemonía tucana el PT, con Lula como candidato presidencial, fue el principal rival en las elecciones presidenciales de 1994 y 1998. Análogamente, los candidatos del PSDB en 2002, 2006, 2010 y 2014 fueron los principales contendientes del PT. Tanto en 2010 como en 2014 Marina Silva, primero como candidata del Partido Verde y luego del PSB, amenazó con romper ese duopolio. Sin embargo, al final del día, las elecciones terminaron siendo definidas entre un petista y un tucano.

Las elecciones del 7 de octubre, que marcaron la jubilación de una gran cantidad de dirigentes políticos tradicionales, también se llevaron consigo al patrón dominante de los últimos 24 años. El PT se mantuvo en pie y logró entrar al balotaje, pero obteniendo su peor resultado electoral en una elección presidencial en 24 años, en tanto que el PSDB cosechó menos del 5% de los votos. Por primera vez de la elección de 1989 un candidato que no es ni petista ni tucano disputará la segunda vuelta y muy probablemente se alce con la presidencia. Por todo ello, estas elecciones constituyen el final de una época.

Pero no solo estamos frente al fin de un ciclo político de 25 años. La elección de 2018 además ha revivido un conjunto de cuestiones y debates propios del período inmediatamente posterior a las transiciones democráticas. En particular hay cuatro temas que están nuevamente en la agenda, o que tal vez nunca dejaron de estarlo, pero que quedaron en un segundo plano gracias a la estabilidad política de la que disfrutó Brasil entre 1994 y 2016: 1) el control civil de las Fuerzas Armadas; 2) el vínculo entre populismo y neoliberalismo; 3) el grado de institucionalización del sistema de partidos y 4) la cuestión de la gobernabilidad.

En relación al primer punto, hay varias cuestiones a destacar. Las Fuerzas Armadas, tras gobernar Brasil durante 21 años, se retiraron en una posición de mayor fortaleza y prestigio que en la Argentina. De hecho, hasta el segundo mandato de Fernando Henrique Cardoso Brasil no tuvo un Ministerio de Defensa comandado por un civil, sino 3 ministerios correspondientes a cada una de las ramas de las Fuerzas Armadas. A la vez, la participación de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad interna no ha sido algo inusual en los 33 años transcurridos desde la transición democrática. Lo novedoso de esta elección más bien pasa por el rol prominente pasa por el rol prominente que han adquirido los militares. No solo por el arribo de ex miembros de las Fuerzas Armadas y de Seguridad a cargos electivos, o por el papel preponderante que tendrán los militares en el futuro gobierno de Bolsonaro. Sino también por el rol tutelar que abiertamente han adoptado las Fuerzas Armadas, hecho que quedo plenamente reflejado el 3 de abril de este año, en la víspera de la decisión del Tribunal Supremo Federal acerca del recurso de hábeas corpus presentado el ex presidente Lula para no ir a prisión. En
aquel momento el Comandante del Ejército Brasileño, el general Eduardo Vilas Boas, escribió en su cuenta de tuiter: “Aseguro que el Ejército brasileño juzga compartir el anhelo de todos los ciudadanos de bien de repudio a la impunidad y de respeto a la Constitución, del mismo modo que se mantiene atento a sus misiones institucionales”. La declaración del General Vilas Boas deja poco margen como para no concluir que Brasil en los hechos se convertido en una democracia tutelada y en ese sentido cabe plantear el siguiente interrogante: en el hipotético y altamente improbable escenario de un triunfo de Haddad ¿cuál sería la reacción de las Fuerzas Armadas? Pensando en escenarios de mayor factibilidad, probablemente bajo el gobierno de Bolsonaro las Fuerzas Armadas tengan el mayor nivel de participación en política desde el regreso de la democracia en 1985.

Un segundo tema que parece estar de regreso es el de la relación entre populismo y neoliberalismo. Durante la década del ’90 los trabajos de Kurt Weyland y Kenneth Roberts mostraron que contra lo que sostenía el saber convencional, el populismo, concebido como estrategia política, no solo no era incompatible con las reformas de mercado, sino que incluso había afinidades electivas entre populismo y neoliberalismo. Las experiencias de Fernando Collor, Alberto Fujimori y Carlos Menem parecieron dar la razón durante los años 90 del siglo pasado a la postura sostenida por Weyland y Roberts. Sin embargo, la siguiente generación de populismo en la región –en la que no incluyo bajo ningún punto de vista a los gobiernos del PT– mostró más bien un regreso a las raíces en materia de política económica. La elección de Bolsonaro, cuyo principal referente económico es el economista ortodoxo Paulo Guedes, revive la “inesperada afinidad” entre populismo y neoliberalismo. Resta por ver cuán sólida es la sociedad entre Bolsonaro y Guedes, y cuán afín es la agenda que impulsa Guedes con la de los militares que componen el círculo íntimo de Bolsonaro. En cualquier caso, no deja de resultar llamativo que el establishment brasileño, que celebró la destitución de Dilma como el fin de un episodio de populismo –que por cierto no lo fue– hoy aplauda de manera entusiasta la elección de un líder populista.

La elección de 2018 marca revive el debate sobre el grado de institucionalización del sistema de partidos de Brasil. Buena parte de la literatura sobre el sistema de partidos brasileño sostuvo al menos hasta fines de los ’90 que Brasil era un caso paradigmático de sistema de partidos débilmente institucionalizado. El transfuguismo, la ausencia de identidades político-partidarias fuertemente arraigadas en la sociedad, la elevada volatilidad electoral, la escasa legitimidad que la sociedad concedía a los partidos políticos, y la ausencia de coherencia programática en los principales actores del sistema, entre otros factores, daban cuenta de un sistema de partidos débilmente institucionalizado. Al calor de la estabilidad económica alcanzada a mediados de los 90, la idea de Brasil como un caso de sistema de partidos incoado comenzó a perder fuerza. La estabilidad en la competencia electoral a nivel presidencial centrada en torno al PT y al PSDB se tradujo en una caída sensible de la volatilidad electoral. La elección de este año, sin embargo, coloca nuevamente en el centro de la escena a la institucionalización del sistema partidario brasileño. La volatilidad electoral, incluso a nivel presidencial, está de regreso. La literatura más reciente sobre el sistema de partidos de Brasil destacaba justamente el progreso de los últimos 25 años en materia de institucionalización. La elección de 2018 marca más bien un claro retroceso en este sentido. De hecho, la contracara usual de la desinstitucionalización partidaria es el surgimiento de liderazgos populistas.

El cuarto regreso, pero no por ello menos importante que los tres anteriores, es el de la discusión acerca de la gobernabilidad en Brasil. Los años iniciales de la transición democrática estuvieron dominados por la cuestión de la gobernabilidad. El artículo de Vicente Palermo“ ¿Cómo se gobierna Brasil?” publicado en 2000 en la revista Desarrollo Económico es una excelente síntesis y explicación sobre aquel debate. Básicamente, las posturas más pesimistas sostenían que la combinación de presidencialismo, multipartidismo y federalismo fuerte, hacían del Brasil un país ingobernable, incluso a pesar de las poderosas herramientas institucionales de las que disponen los presidentes brasileños. La experiencia de 1994-2016 mostró más bien lo contrario. Brasil sí tuvo gobernabilidad y ello fue posible gracias al presidencialismo de coalición. La crisis de la coalición entre el PT y el PMDB resultó en 2016 en la destitución de Dilma y el ascenso de Temer a la Presidencia, quien, a pesar de contar con un elevadísimo rechazo por parte de la sociedad y las serias acusaciones de corrupción que pesan en su contra, logró sostenerse en el poder precisamente gracias a su habilidad para armar una nueva coalición. Bolsonaro, quien a pesar de presentarse como outsider, tiene una prolongada carrera como diputado, no puede desconocer los mecanismos necesarios para armar y aceitar las coaliciones. Sin embargo, como bueno populista, llega al poder con un mandato refundacional y a pesar de haber sido parte del sistema durante 27 años, sus credenciales democráticas son en el mejor de los casos dudosas. A ello debe agregarse que si ya antes de la elección de 2018 Brasil ostentaba el récord de tener la cámara de Diputados más fragmentada del mundo, la fragmentación se incrementó en las elecciones de este año. El partido de Bolsonaro cuenta con tan solo el 10% de los escaños en la Cámara Baja y con 4 de las 81 bancas del Senado brasileño. Es por ello pertinente preguntarse ¿cómo gobernará Bolsonaro si tal como todo hace prever triunfa en la segunda vuelta? ¿Apelará a la fórmula del presidencialismo de coalición como hicieron Cardoso, Lula, Dilma y Temer? ¿O aprovechando su popularidad y el rechazo de buena parte de la sociedad brasileña hacia las elites intentará gobernar como un presidente delegativo? En caso que Bolsonaro no quiera o no pueda armar una coalición mayoritaria en el Congreso ¿cuál será su reacción si sus iniciativas se ven paralizadas en un Congreso atomizado? Y en la misma línea ¿cómo reaccionarían sus socios y mentores las Fuerzas Armadas ante un escenario de crisis institucional?

Durante 24 años Brasil fue en muchos sentidos relativamente estable y previsible. La corrupción, presente desde el inicio de la transición democrática, terminó por convertirse en el sepulturero del ciclo político del último cuarto de siglo. Lo que se avecina es terra incognita. Y si bien el futuro no está escrito, hay motivos para suponer, que a pesar de sus defectos, extrañaremos ese ciclo político a cuyo entierro estamos asistiendo.

 

(*) Analista político y Profesor UCA-UCEMA

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