La pelota y el trampolín

por Joaquín Múgica Díaz

Distintas figuras del mundo del deporte en sentido amplio están pensando en su desembarco en la política y aspiran a competir en las elecciones del año que viene

 

El deporte, en especial el fútbol, se ha convertido con el pasar de los años en un trampolín para saltar y caer en el terreno político. Desde el ex automovilista Carlos “Lole” Reuteman hasta el ex árbitro Héctor Baldassi pasando por el ex jugador de fútbol Carlos Mac Allister terminaron poniendo los pies en el barro de la política y cambiaron la adrenalina de la competencia por la picardía de la rosca y la destreza que se necesita para la gestión. En ese paso suelen aprovechar su fama para generar empatía en la sociedad y lograr el respaldo popular antes de mostrar los resultados del trabajo para el que fueron elegidos. Todos, sin excepción, hacen lo mismo.

El 2019 parece ser el escenario para que protagonistas del deporte pasen a la política y comiencen a desandar un nuevo camino. Aunque no suelen tocar la pelota todos los días, el presidente de San Lorenzo, Matías Lammens, y el presidente de River, Rodolfo D’Onofrio, están decididos a cambiar el rumbo. Marcelo Tinelli, que en la actualidad comparte su tiempo entre la conducción y la gestión en el club de Boedo, también tiene interés en desembarcar en la política. No está seguro pero coquetea con la posibilidad. Son tres hombres del fútbol con ambiciones de poder político.

El dirigente más decidido es Lammens. Por estos meses está armando una pequeña agrupación que lo sostenga el próximo año, cuando termine de definir si será candidato a Jefe de Gobierno en la Ciudad de Buenos Aires. Cansado del mundo del fútbol, entre sus prioridades está intentar arrebatarle la conducción porteña a Horacio Rodríguez Larreta.

Después de ver por televisión los tres puntos que le faltaron en el 2015 a Martín Lousteau para llegar al gobierno porteño, está convencido que puede ser un candidato competitivo y que el actual mandatario no es invencible. Cree que puede absorber los votos que el ex embajador en Estados Unidos tuvo tres años atrás. Esa expectativa lo mantiene activo y esperanzado.

El presidente de San Lorenzo se siente cómodo en el progresismo, ese espacio donde actualmente se anotan el gobernador de Santa Fe, Miguel Lifschitz, la ex diputada Margarita Stolbizer, el radical Ricardo Alfonsín y el propio Lousteau. Es un esquema con fisuras y sin límites de contención, pero les sirve para tener un lugar de pertenencia y de referencia. Sin embargo, esa comodidad no es compatible con la conveniencia a futuro. Ninguno de los dirigentes que lo integran, salvo el ex embajador, tienen volumen nacional como para encabezar una lista que puede ser competitiva en las elecciones del próximo año. La proyección no es demasiado alentadora. No es el único problema que tiene Lammens.

Si se suma a un armado peronista siente que se desperfila y pierde el eje de su idea. La disyuntiva lo preocupa. Por eso a sus allegados les dijo que trabajará en el diseño de su agrupación, acercará posiciones con dirigentes políticos con los que se sienta compatible y medirá si su ambición puede tener respaldo popular. Cuando llegue marzo decidirá cuál es el camino a seguir y si su vocación tiene espacio para crecer.

Marcelo Tinelli ya dejó trascender sus ganas de cambiar el rumbo de su carrera. Desde que creció su fama y su influencia en la sociedad, el coqueteo con el poder pasó a formar parte de su rutina. Mide cada golpe, cada frase, cada palabra. Si bien su popularidad no está asociada al deporte, lo mejor que tiene para mostrar en términos de gestión es lo que hizo junto a Lammens en San Lorenzo, un club que al momento en que asumieron atravesaba una crisis institucional y deportiva, y que después de seis años de su gestión logró ganar títulos importantes y mejorar sus finanzas.

Si bien Tinelli se siente más cerca de la idea que hoy representa el peronismo federal, pretende que no lo identifiquen con un partido o con un espacio determinado. Es un outsider aunque su imagen esté asociada al poder político de la Argentina. Tenía un buen vínculo con Néstor Kirchner, nunca logró que Cristina Fernández lo reciba, La Cámpora le impidió sumarse al Fútbol para Todos y mantiene una relación oscilante con Mauricio Macri. Es amigo de Rodríguez Larreta, tiene diálogo con Juan Manuel Urtubey y nunca dejó de alimentar el lazo con Sergio Massa. Así se mantiene siempre cerca del poder. Aunque no tenga el rating de antes y en las encuestas la imagen negativa le genere fastidio.

Tinelli piensa en ser candidato a presidente. Le ronda por la cabeza esa idea pero no termina de animarse a dar el salto. Da dos pasos hacia adelante y uno hacia atrás. Se encarga de que sus operadores no dejen morir la idea de su pase a la política pero evita expresarse públicamente sobre su futuro lejos de la televisión. Convive con la indecisión mientras los meses se le caen del calendario y la dirigencia tradicional avanza ferozmente en la construcción de una alternativa electoral para el 2019.

La incursión de D’Onofrio en política es menos consistente. Conformó un espacio junto a Juan Carr y Facundo Manes con el fin de promover ideas y proyectos que puedan ser utilizados por los gobernantes. No se imagina ocupando un cargo político aunque un lugar en el Congreso podría atraerlo. No lo va a decir. Es demasiado apresurado. Pero la decisión de saltar a la política está tomada. Lo que no sabe es como la va a ejecutar y cerca de que espacio se animaría a jugar.

Tanto D’Onofrio como Tinelli y Lammens tienen la buena gestión en sus clubes como el mejor argumento para promover el paso a la política y tener aceptación popular. Los tres tienen incertidumbre sobre el futuro inmediato, pero se entusiasman con jugar de visitante. Salir de la localía que implica el deporte para meterse en una cancha donde vale todo. O casi todo.

 

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