Un país agrietado por muchas grietas

por Luis Tonelli

Las fuerzas políticas tradicionales son las que le ponen un límite a la estrategia polarizadora

 

Para el macrismo, en la oscura noche del populismo, todas las ovejas son pardas. (Aclaración 1. Macrismo: dícese de ese vector político dirigido por Mauricio Macri, Marcos Peña y Jaime Durán Barba. Aclaración 2. Populismo: dícese de todo lo que no es macrismo –desde la perspectiva macrista–).

Esta peculiar interpretación histórica asume que las últimas siete décadas han sido setenta años de decadencia y setenta años de peronismo. Afirmación polémica ya que, en primer lugar, Argentina ha exhibido un comportamiento errático en términos económicos –el ciclo de la ilusión y el desencanto, como lo llaman Pablo Gerchunoff y Lucas Llach– y es solo a fines de los setenta que se despliega fatalmente un proceso de desintegración de una trama social,hasta ese momento bastante igualitaria.

En segundo lugar, esos setenta años son entendidos como peronistas, pese a quese sucedieron en el poder diferentes fuerzas políticas, siendo aquí la estrategia hegemonizadora macrista la misma que utiliza una rediviva raza de libertarios autoritarios que despectivamente rebautizan a la Argentina real como “Peronia”.

Y en tercer lugar, ese dominio superestructural peronista se entiende como si siempre hubiera exhibido la fisonomía kirchnerista (cuestión que resume un twitmillenial y muy Pro que expresaba que “el kirchnerismo es el peronismo que conocimos”). Kirchnerismo que, a su vez, es comprendido como la manifestación acabada del populismo, cerrándose así definicionalmente el círculo vicioso de la decadencia, al que le viene hacer frente audazmente el cambio de Cambiemos.

Esta amplia, diríamos amplísima, definición de populismo incluye ni más ni menos a “toda la Argentina realmente existente” menos el macrismo –tal cual como fue definido ut supra–. Lo que implica en términos lógicos que,si “lo real es lo decadente”, el Gobierno siendo su contrario solo puede exteriorizarse como un cambio cultural. O sea, un cambio que es tanto un cambio total como un cambio que opera en ese plano “in-forme” de la virtualidad en el que el macrismo se mueve con ductilidad solo superada por Elisa Carrió (interesados, leer a Gothard Gunther y su ontología policontextural –por lo “in-forme”, no por Lilita, obviamente–).

Visión que, ¡oh casualidad!, resulta muy conveniente en términos electorales, dada la configuración actual del voto argentino, ya que no forman precisamente una mayoría aquellos que permiten ser encasillados en simultáneo como “kirchneristas”, “peronistas” y “decadentes”.

Este “dispositivo polarizador oficialista” entre “populismo” y “macrismo”, es un espejo invertido del dispositivo polarizador kirchnerista entre “lo nacional y popular y el neoliberalismo” y conocido vulgarmente como “grieta”. Sin embargo, esta perspectiva aunque dominante no es hegemónica ya que le aparecen fuerzas políticas reales tanto por izquierda y por derecha –trotskismo, y libertarios autoritarios para mencionar sus extremos, así como también y fundamentalmente, por el centro–.

Y ese centro que se interpone entre el “kirchnerismo” y el “macrismo”, es nada más y nada menos que el inveterado y duro de matar bipartidismo argentino, o sea, peronismo “clásico”, y radicalismo “clásico” (es todo un detalle que los renovadores liderados por Massa para saltar esa dualidad, se encuentren retornando al peronismo).

Mi punto es que esa tozuda persistencia partidaria es la que impide que el caso argentino sea asimilable a Venezuela o a Brasil. En estos países, el centro quedó fagocitado por la polarización entre la izquierda y la derecha. Todo el PT es Lula. Y toda la revolución bolivariana es de Nicolás Maduro. La profundidad de la crisis en esos dos países se ha engullido el sistema político. A tal punto que, en ellos, los militares –el protagonista obvio del pretorianismo, como Huntington llamaba a la decadencia política– son claves para entender la persistencia de Maduro en el poder, y las posibilidades de que Bolsonaro llegue al poder.

El bipartidismo argentino, en cambio, ha operado como moderador de esa crisis y también las manifestaciones extremas que toma en Brasil y Venezuela. Por un lado, el peronismo “clásico” pero también el “moderno” (el Frente Renovador), diferenciándose del kirchnerismo, han fragmentado ese polo, impidiéndole constituirse como una mayoría. Por el otro lado, el radicalismo, sumándose al PRO, le ha permitido llegar al poder, sin sobreactuar una postura extrema. (Solo para politólogos: esto constituye una inversión de la “pauta moderadora” del recordado Alf Stepan, que en su modelo estaba representada por los militares, y ahora ellos aparecen en Brasil y en Venezuela “partidizados” electoralmente, mientras que en Argentina el bipartidismo resiliente actúa como “moderador”).

La mecánica de la competencia política es, entonces, solo en apariencia similar a la de Venezuela y a la de Brasil: la polarización barriendo el centro: “A la ancha avenida del medio, se le sigue enchufando un Metrobus”. Pero el centro atempera la centrifugación generando una tendencia centrípetaoficialista (esa que se bautizó como gradualismo). Sin pretender constituirme como su Althusser, es así como interpreto lo que mi amigo Andrés Malamud afirmó recientemente en el seminario de IDEA: que es tan falso decir que la Argentina iba rumbo de convertirse en Venezuela como que Macri es Bolsonaro.

Presos de la interpretación dualista caen los que no entienden que diablos hace la Iglesia apoyando a los Moyano, a las Milagro Sala. Tal el caso de Mariano Obarrio, el periodista líder de la facción del pañuelo celeste que no puede creer como la Iglesia antiaborto es también la que se coloca del lado de los “corruptos”. Y en realidad, así como los gobernadores, dadas sus responsabilidades, no les queda otra que converger con el Gobierno Nacional en darse un Presupuesto, así la Iglesia católica tiene la responsabilidad de no dejar que su lugar sea ocupado por los evangelistas o la izquierda dura: de ahí que el sindicalismo que viaja a Luján a rezar es un aliado natural.Por algo, si Francisco es el Vicario de Cristo en la Tierra, Jorge Bergoglio es el Vicario de Perón en la Tierra.

Cosas que esconde la grieta, en un país agrietado por muchas grietas.

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