La cuestión patriótica

por Julio Burdman

La sociedad no tiene que enfrentar fantasmas externos porque lo que impide el progreso del país es la grieta interna

 

Una Argentina con enormes interrogantes sobre su futuro económico y social –el de 2019 y el de los próximos cincuenta años–. Que forma parte de un mundo de liderazgos inciertos. Donald Trump ya no está solo: nuestro principal estado aliado –e “interdependiente”– está a punto de caer bajo la égida de un capitán del Ejército con sueños de grandeza. Pero ése es el menor de nuestros desvelos. Nuestra política económica está intervenida por un acuerdo con el FMI de condicionamientos, y por el drama profundo de no poder asegurar el valor de nuestra propia moneda frente al dólar. Tenemos una enorme cantidad de pobres, y pocas ideas acerca de cómo generar riqueza. Se profundizan los desacuerdos sociales sobre principios básicos en nuestro debate político de cabotaje. Y hay más.

Todo preanuncia un retorno de la cuestión nacional. O patriótica. La Argentina de 2018 está atravesada por desafíos geopolíticos y societales que ya demandan una reflexión acerca de qué somos, para qué hacemos lo que hacemos, y cuáles son los modos de vida –laborales y de ciudadanía, para empezar– que queremos definir. En el discurso político la idea está rondando. El presidente habló de la unión de los argentinos pero no explicó las formas ni le dio un contenido creíble. La República de Carrió quiere asemejarse a la Nación mitrista. Cristina Kirchner bautizó a su instituto como Patria. Miguel Pichetto define al peronismo que pretende representar como “centro nacional”.

Sin embargo, los conceptos de nación y patria que maneja nuestra dirigencia son débiles, o fueron elaborados en otros contextos históricos. Hablar de patria genera temor y autolimitaciones. La demanda de una reflexión patriótica puede ser llenada por gente que no está a la altura. Como los patrioteros resentidos, que confunden la construcción de una identidad nacional de valores positivos con la identificación de enemigos externos. O los demagogos ávidos de subirse a los discursos globales del odio. Esto podría ser evitado si nuestros políticos razonables y constructivos comienzan a pensar los problemas en clave nacional

 

EL NACIONALISMO SANO

El 3 de octubre fue feriado en Alemania. Se celebra desde hace 28 años el Día de la Unidad Alemana. En rigor, lo que se celebra es la reunificación. Tiene un sentido similar a los días de la independencia en Latinoamérica, ya que la fusión entre la Alemania Occidental y la Oriental de 1990 fue la última creación del moderno Estado germano.

La reunificación alemana fue un proceso de política pública muy complejo y ambicioso. Hubo que fusionar toda la legislación, la economía, la seguridad social y los servicios estatales, la producción, la infraestructura. Muchos dicen que aún no terminó. Y fue, obviamente, costosísimo. Incalculablemente costoso: se habla de “trillones de euros” a lo largo de veinte años, lo que equivale a decir “infinito”. Otro número difícil de calcular es el del impacto macro. Los años 90 fueron de crecimiento bajo en Alemania, y suele atribuírselo a la reunificación. También se tuvo que unificar la política. Angela Merkel, criada en el este, es una emergente de ese nuevo comienzo.

¿Cómo se financió buena parte de ese megaproceso? Con un impuesto especial para quienes pagan ganancias, renta financiera e impuesto corporativo. Es decir, los que más tienen. Se llamó Solidaritaetszuschlag (impuesto solidario). Obviamente, hubo algunas controversias sobre la pertinencia de ese impuesto. O de su duración. Pero no se convirtieron en un asunto político de primer orden. Los alemanes que más tienen aceptaron pagarlo.

El enorme esfuerzo realizado por los ciudadanos alemanes –en espacial, por los alemanes “occidentales” y los que más ganan– para financiar la reunificación no se puede explicar sin el sentimiento nacional. Un tipo de confraternidad y solidaridad que no es posible replicar en otros términos. Más de uno se preguntó alguna vez si acaso los alemanes estarían dispuestos a pagar una pequeña parte de ese esfuerzo para ayudar a los griegos, o por la unificación europea en general. Imposible. Los votantes alemanes dijeron que Grecia debía pagar “su fiesta”. Mientras tanto, en Estados Unidos el Estado federal salió en rescate de algunos estados a punto de caer en bancarrota por la crisis de 2008, con amplio consenso parlamentario. Aún en el país de los derechos individuales la solidaridad nacional es una fuerza poderosa.

La grieta, en cambio, está resultando poco útil para enfrentar algunos problemas fundamentales. En la polarización que experimentan algunos votantes, lo que está del otro lado –sobre todo, en las márgenes extremas del otro lado– deja de ser parte de Argentina. Son los ricos que fugan sus ganancias al exterior, viviendo como turistas en su propio país, o los pobres parasitarios que viven a costa de nuestra productividad. La sensación de ajenidad en el propio país, la decepción de la argentinidad, es mucho más que folklore. Es un problema político y social. La ausencia de decisión política para sacar a tus compatriotas de la pobreza puede interpretarse como una carencia de la nacionalidad. En cambio, la cuestión nacional es un apelativo fuerte para políticas públicas transformadoras. Para defender el consumo de los que vivimos acá, pensar en una producción competitiva, promocionar nuestros valores, coordinar los diferentes niveles de gobierno –y tener así un estado más eficaz–, imaginar un mercado financiero funcional a nuestras necesidades. Hay, además, una oportunidad. En 2018, el nacionalismo sano –una vez liberado de los elementos tóxicos que aspiren a encarnar la nacionalidad argentina– no tiene que enfrentar fantasmas externos. El adversario de la argentinidad hoy son la grieta y el desprecio al otro interno. Que se han convertido en obstáculos reales para las políticas públicas argentinas.

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