Maldito dólar

por Julio Burdman

El campo representa una parte menor del PIB, pero es el que trae los billetes verdes

En los últimos tiempos llegaron grandes cantidad de venezolanos a Ecuador, Colombia y Perú. Esos hermanos próximos suelen ser más pobres que los que viajan a Argentina o Chile por avión. En Ecuador esto es novedoso. Los venezolanos que llegan por tierra desde Colombia dicen que pasan por la mitad del mundo de paso hacia Lima; los ecuatorianos no lo creen. A diferencia de otros países latinoamericanos, en Ecuador no hay mucha historia de inmigración. Ni miseria. Es un país de renta media, que prácticamente no sabe de villas y favelas. Y que en el año 2000 adoptó el dólar estadounidense como moneda de curso legal.

La cuestión del dólar es un ingrediente clave en el caso de los migrantes venezolanos en Ecuador. Ellos consiguen trabajos mal pagos pero a cambio reciben los anhelados papelitos emitidos por la Reserva Federal. Pocos verdes, pero verdes al fin. Por eso mismo, los ecuatorianos creen que los venezolanos no se van a ir. Por los verdes.

Pero a diferencia de lo que sucede en otras partes, la preocupación ecuatoriana por la llegada de los inesperados inmigrantes no gira únicamente alrededor de los menguantes puestos de trabajo. Como sucede con los votantes xenófobos de Europa. Al ecuatoriano de a pie, más experimentado, lo que más le asusta que los venezolanos se lleven los dólares… a Venezuela. En físico, o en forma de remesas.

Este temor popular pone en evidencia que la moneda de curso legal es prestada. Y finita. Cuando Ecuador dolarizó había pocos verdes circulando y los salarios convertidos por la fuerza desde un sucre hiperdepreciado durante la segunda mitad de los noventa eran bajísimos. Si había gente que cobraba menos de 20 dólares mensuales, entonces uno solo de esos billetitos con la cara del héroe de la independencia estadounidense era mucho dinero. Los años siguientes, gracias a la venta de petróleo, fueron ingresando más dólares a la economía; los precios se fueron acomodando, y los salarios subieron.

Quienes saben un poco más de finanzas temen, en realidad la salida de dólares por arriba. La aspiradora de dólares encendida desde Washington. Más fuentes de temor desde el punto de vista de un país que no imprime su moneda. Es probable que la economía nacional ecuatoriana necesite un poco más de los dólares ilícitos. Otro problema, poco estudiado, de la dolarización: “lavar” dólares es mucho más fácil si el dólar es tu moneda de curso legal. Es fácil poner y sacar. De hecho, se hace mucho más difícil investigar las operaciones de lavado, porque buena parte de lo que descubren las autoridades proviene de la detección de movimientos cambiarios o bancarios en dólares. Y el Ecuador dolarizado es el país del efectivo. Hay quienes sostienen que el sistema está condenado a hacer la “vista gorda” frente al dinero ilícito. Porque la economía no se puede dar el lujo de no tener, siempre, nuevos dólares ingresando.

El traumático experimento ecuatoriano nos recuerda que la dolarización de una economía que no imprime dólares tiene muchas más aristas que el problema de la “competitividad”. Que carcomía las mentes argentinas en la época de la convertibilidad. La dolarización de una economía no es una cultura ni responde a factores psicológicos. Nos han dicho varias veces que los argentinos preferimos al dólar sobre el peso, en un libre juego de opciones. Que nuestra vocación por viajar y conocer el mundo, y nuestro deseo de productos sofisticados (los “importados”) es el motor de la dolarización. La dolarización legal, y su prima hermana la convertibilidad, vendrían a ser respuestas “políticas” a nuestra inevitable pulsión dolarizadora. Otro capítulo más de la culpabilización de los ciudadanos. Porque es difícil elegir la moneda, o la nacionalidad, en un mundo de estados. La dolarización es un orden económico y social.

Von Mises, muy citado por los “libertarios”, definía a la sociedad como un grupo de seres humanos que intercambian moneda. Las naciones, entonces, están definidas por ella. La sociedad argentina está fuertemente condicionada por la dolarización, sí, pero desde arriba. Quienes compramos dólares por homebanking, o al arbolito de la calle Florida, estamos dando nuestro consentimiento inevitable. El habitus. El campo, nuestro gran exportador, representa una parte menor de nuestro PBI pero es fundamental para el funcionamiento del engranaje porque es el que nos trae las divisas verdes de afuera. Es nuestro dealer, como el petróleo para los ecuatorianos. Lamentablemente los precios de nuestros alimentos, salvo aquellos que están “cuidados”, se forman igual. La Argentina es una sociedad bimonetaria porque buena parte de los intercambios que realiza nuestro Estado están denominados en dólares. El Estado argentino gasta y emite deuda en dólares y luego necesita disponer de reservas en dólares para respaldarla. Y de dólares para cancelarla. Son los gobiernos en nombre del Estado los que invitan -o no- a las grandes masas de dólares globales a ingresar al mercado argentino. ¿Cómo no van a ahorrar en dólares los argentinos si es el propio Estado el que introduce los parámetros, los instrumentos, las necesidades y las tensiones en el tipo de cambio peso-dólar? El FMI que hoy interviene la política económica argentina inyectando más trata de garantizar que todo ese circuito -la balanza de pagos- no se quiebre. La desdolarización, en definitiva, es una decisión política.

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