Postales del país que no fuimos

por Miguel De Luca y Andrés Malamud

Argentina ganó dos mundiales y Australia también, pero en diferentes deportes. También en política se parecen pero no se tocan.

 

Ibamos a serV enezuela por culpa de Cristina, pero ganó Macri y ahora vamos a ser Venezuela por culpa de Cristina”. El vicio de culpar a la oposición afecta a todos los gobiernos. De hecho, Cristina también lo padeció. Es cierto que ahora pasaron cosas, pero el drama argentino es que vienen pasando desde 1930. ¿Cómo hicieron países similares para evitarlas?

Doce años atrás, los economistas Pablo Gerchunoff y Pablo Fajgelbaum miraban hacia el pasado y en formato libro se preguntaban “¿Por qué Argentina no fue Australia?”. Hoy el interrogante suena tan lejano como la premonición opuesta sobre nuestro destino bolivariano. Es que si bien Los Pumas le arrancaron una victoria a los Wallabies en el Rugby Championship, Australia nos aplasta en los indicadores de bienestar y progreso, desde PBI per cápita y tasa de desempleo hasta desigualdad social y nivel de desarrollo humano. Más aún, en 2017 Australia le arrebató a Holanda el récord mundial de crecimiento económico ininterrumpido en la época moderna. Los aussies no conocen la recesión desde 1991. Llevan más tiempo creciendo que nuestra selección de fútbol sin ganar una Copa América.

Sin embargo, alguna vez –y no hace tanto– fuimos parecidos. Ubicados en la misma latitud sur y a gran distancia de los centros de poder, la corona española creó el virreinato del Río de la Plata con capital en Buenos Aires en 1776. Mientras, en lo que hoy es Sidney, una expedición británica desembarcó con mil convictos y creó el primer asentamiento permanente, una colonia penal, en 1788. Con grandes extensiones despobladas, desde fines del 1800 ambos países fomentaron la inmigración europea y promovieron la expansión de un modelo agroexportador fuertemente vinculado al Reino Unido.

A partir de 1930, sin embargo, la brecha comenzó a crecer. La Preferencia Imperial, una política de “compre nacional” que Gran Bretaña implementó en favor propio, contrajo los mercados para Argentina y signó el agotamiento del modelo agroexportador. Sobre llovido, mojado: cuando los admiradores locales de Mussolini dieron el primer golpe de estado y la Corte Suprema legitimó al gobierno de facto, Argentina inauguró un ciclo de inestabilidad institucional, descalabro económico y fragmentación social. Australia, en cambio, sufrió una suave declinación que fue luego revertida, cuando su asociación con Japón primero y con China más tarde le permitió integrarse en la globalización por la vía asiática. Paradójicamente, la diversificación económica y la estabilidad política se sostuvieron sobre su condición insular, que le facilitó la regulación de los flujos migratorios y de capital. Es cierto: en la columna del debe hay que ubicar el histórico maltrato a los aborígenes y la crónica inferioridad frente a los All Blacks.

Que los australianos no son perfectos viene ahora a ratificarlo la política, que se está poniendo picante. En los últimos diez años cambiaron seis veces de primer ministro, algo inusual para un parlamentarismo estilo Westminster. Y cada vez es más común el leadership spill, que por acá llamaríamos política del serrucho.

En Australia, el partido con más bancas forma gobierno, convirtiendo a su líder en primer ministro. Pero si cualquier miembro del oficialismo entiende que la orientación del primer ministro no es compartida por la mayoría de la bancada, que ya no cuenta con suficiente apoyo o que podría perder las próximas elecciones, puede desafiarlo abiertamente e intentar reemplazarlo mediante una votación en el bloque. El liberal John Howard, primer ministro entre 1996 y 2007, fue el último que sobrevivió un período de gobierno completo. Desde entonces, laboristas y liberales viven acuchillándose en disputas internas, incluso sabiendo que el cambio de primer ministro suele terminar en derrota electoral.

Ante esta inédita inestabilidad política, la prensa australiana bautizó a la sede del gobierno federal, Camberra, como “la capital del golpe en el mundo democrático”. Los “golpes con adjetivos” (o sea los golpes que no lo son, como analizamos con el politólogo noruego Leiv Marsteintredet) están lejos de ser exclusivos de América Latina.

En contraste con su gobierno, el sistema partidario australiano es estable. Con tres partidos relevantes, funciona en la práctica como bipartidista. Por un lado, el Partido Laborista representa a los trabajadores; por el otro, los partidos Liberal y Nacional canalizan los intereses empresarios y rurales respectivamente, y se presentan siempre en coalición. Cualquier parecido con la Argentina del PJ, PRO y UCR es pura coincidencia.

Qué pena.

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