La política de EE.UU. se mueve hacia los extremos

por Tomás Múgica 

El establishment de los partidos tradicionales sigue bajo amenaza continuando así la tendencia iniciada en las elecciones de 2016 que llevaron a Donald Trump a la Casa Blanca

 

El proceso de primarias en Estados Unidos entra en su fase final, con vistas a las elecciones de medio término, que tendrán lugar el 6 de noviembre. En esos comicios se disputarán la totalidad de los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 de las 100 bancas en el Senado. A ello se suman 36 gobernaciones y legislaturas estaduales. Los resultados serán decisivos para el futuro tantodel proyecto político de Donald Trump como el de los líderes más radicales del Partido Demócrata.

Las dos cámaras del Congreso están controladas por los republicanos –en su diversidad de matices- desde 2015. En el Senado, el GOP cuenta con 51 bancas, 9 de las cuales poneen juego, contra 49 de los demócratas, que arriesgan 26. Si los demócratas quieren retomar el control de esa cámara, necesitan retener sus 26 bancas y ganar 2 más. La misión parece difícil, ya que de los 9 escaños republicanos apenas 3 son carreras abiertas (o “toss up”), mientras que 4 de las bancas demócratas también podrían cambiar de manos, de acuerdo a cifras de RealClearPolitics.

Las chances demócratas son significativamente mayores en la Cámara baja. Allí los republicanos cuentan con 239 bancas contra las 193 de los demócratas. Ello significa que los demócratas necesitan sumar 24 bancas para alcanzar la mayoría. El objetivo parece alcanzable: 42 de losescañosestán abiertos; 40 de ellas están ocupadas actual mente por republicanos y sólo 2 por los demócratas. En caso de que los demócratas logren capturar la cámara, estaremos ante un escenario de gobierno dividido y la política norteamericana ingresará en una nueva fase de inmovilismo. Para dar el batacazo, los demócratas necesitan asegurar una alta asistencia (“turnout” en la jerga electoral norteamericana) de su base.

Dos tendencias se insinúan en el horizonte electoral. En primer lugar, por el momento las perspectivas del gobierno son modestas. No es novedad: la última administración que obtuvo un triunfo de medio término fue la de George Bush Jr. en 2002, pos 11-S. Un dato clave al respecto es que la aprobación de Trump ronda el 40% (38% según el PewResearch Center, 42% de acuerdo a Gallup), una cifra baja en términos históricos. El apoyo al Presidente es una variable de gran importancia para comprender la dinámica del proceso electoral, ya que –más allá de la influencia de las agendas locales- las elecciones de medio término son en gran medida un referéndum sobre la gestión presidencial.

El Presidente cuenta, sin embargo, con buenos argumentos para hacer crecer a sus candidatos. El más importante es la expansión de la economía: durante el segundo trimestre el PBI creció a un ritmo anualizado del 4,1 %, la tasa más robusta desde 2014. El desempleo cayó al 3,9%, cifra más baja que las registradas durante toda la presidencia de Obama; y el desempleo juvenil en julio fue de 9,2%, la tasa más baja desde 1966. Más allá del debate sobre la sustentabilidad de su política económica, y del hecho de que esos indicadores venían mostrando una evolución favorable en la segunda presidencia de Obama, es innegable que las cifras son auspiciosas para Trump.

Sus debilidades también son evidentes; tienen que ver con su incapacidad para generar consensos que trasciendan su base electoral. Basta seguir el derrotero de su gobierno: las constantes disputas internas;su estilo de comunicación ofensivo y frecuentemente violento;suspropuestasdivisivas para reformar el sistema de salud –busca desmantelar el llamado “Obamacare”- y la política inmigratoria- que incluye la construcción del muro en la frontera con México; sus controversialesdecisiones en materia de política exterior (“guerra comercial” con China, UE y socios del NAFTA; abandono del pacto nuclear con Irán; desavenencias con los aliados europeos sobre el financiamiento de la OTAN). Todo configura una gestión que construye políticamente en base a la confrontación. Donaldes una figura divisiva, a la que le cuesta cruzar las fronteras partidarias: el 84% de los republicanos lo aprueba, mientras que sólo el 7% de los demócratas lo hace, según PewResearch Center.

La segunda tendencia es más profunda: el establishment de los dos grandes partidos sigue bajo amenaza, cuestionado por los sectores más radicales. Estamos frente a la profundización de la corriente observada en el proceso electoral de 2016, que culminó con la elección de un outsider como Trump en el campo republicano, pero que también tuvo uno de sus grandes hitos en la notable performance de Bernie Sanders, el improbable desafiante de la mainstream Hillary Clinton.

En el caso de los republicanos, el actual proceso muestra un crecimiento de la influencia y autoridad de Trump. Candidato presidencial muy resistido por el establishment partidario, tras un año y medio de gobierno su respaldo se ha vuelto decisivo para los candidatosque compiten en las primarias, mientras que la oposición abierta se va volviendo marginal. Dos ejemplos: en la cerrada primaria por la gobernación de Kansas, el apoyo de Trump fue fundamental en el triunfo de Kris Kobach, ex vicepresidente de la Voter Fraud Commission, creada por el presidente para verificar las alegaciones de que millones de inmigrantes ilegales habían votado en las elecciones de 2016; en la primaria legislativa de Carolina del Sur, el congresista Mark Sandford, ex gobernador del Estado y crítico de Trump -quien lo atacó y respaldó explícitamente a su rival- perdió frente Katie Arrington. El partido se acomoda a un Presidente que rechaza la moderación; los tweets de Donald, a favor o en contra, se han convertido en un arma poderosa en la interna republicana.

Entre los demócratas, Sanders mantiene el impulso. Pero sin duda la estrella emergente de este 2018 es su discípula Alexandria Ocasio-Cortez, una joven demócrata de origen latino que ganó la primaria en el 14° distrito de Nueva York (que se extiende entre Queens y el Bronx) ante Joseph Crowley, un congresista destacado con 20 años en la Cámara. Ocasio-Cortez, quien se define –de manera valiente en el contexto de la cultura política americana- como “demócrata socialista”, hace campaña con una plataforma liberal (en el sentido norteamericano del término) que incluye educación universitaria pública y gratuita y seguro médico universal; también afirma financiarse exclusivamente con aportes de individuos, sin dinero de las corporaciones.

El triunfo de Ocasio-Cortez incentiva el debate entre los demócratas acerca de cuál
es la estrategia a seguir para recuperar la presidencia. Algunas figuras prominentes, como Tom Pérez –el presidente del Comité Nacional Demócrata- consideran que Ocasio-Cortez representa el futuro; otros como Nancy Pelosi –la líder de la minoría en la Cámara de Representantes- creen que líderes como la neoyorquina no son representativos del conjunto de los demócratas y que se alejan peligrosamente del centro, sin el cual es imposible ganar elecciones. El resultado final del proceso no está claro; lo que sí es seguro es que la izquierda posee la iniciativa política y el establishment partidario oscila entre acompañar y defenderse.

Hacia noviembre aparecen dos interrogantes a develar. El primero, si los republicanos -con Trump como director de orquesta- logran hacer frente a una tendencia en principio adversa y retener la mayoría en ambas cámaras. El segundo, si se confirma el movimiento de los dos grandes partidos norteamericanos hacia los extremos ideológicos. Hasta aquí los centristas de ambos bandos se defienden. Pero sólo eso.

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