El cuaderno blanco del peronismo

por Joaquín Múgica Díaz 

El deterioro de la situación económica que afecta al Gobierno y los procesos judiciales que enfrenta Cristina Kirchner, le abren otra oportunidad al heterogéneo espacio panperonista

 

Un diputado nacional con renombre dentro del peronismo y estado atlético para nadar en las siempre complicadas aguas revueltas de la política nacional dejó a un costado su café expreso, le puso stop a la serie que estaba mirando en Netflix y sentenció el futuro de la oposición apropiándose del pensamiento del filósofo italiano Antonio Gramsci: “Para que nazca algo nuevo, primero debe morirse lo viejo”. La cruda definición, que pone de manifiesto la idea de un amplio grupo de dirigentes dentro de la oposición, se le escapó de la boca el único lunes frío y feriado de agosto.

En ese ideal, es necesario que el kirchnerismo reduzca su poder territorial y electoral el próximo año para darle paso a un nuevo tiempo del peronismo. Para eso será clave cada movimiento que haga el gobierno de Mauricio Macri y el espacio donde se nuclean los peronistas no k. Deben hacer aportes sustanciales que, por mérito propio, los hagan crecer por encima del castillo donde reina Cristina Kirchner. En definitiva, ambos serían los más beneficiados si el kirchnerismo se reduce a una agrupación de centro izquierda sin poder para volver a entrar a la Casa Rosada.

El escándalo que se desató luego de que tomaran estado público los cuadernos escritos por Oscar Centeno, ex chofer de Roberto Baratta, mano derecha del ex ministro de Planificación Julio De Vido, golpeó de lleno en la política nacional. Fue una piña de nocaut para el kirchnerismo, aunque recién después de las elecciones nacionales se sabrá con certeza si el golpe fue letal o solo generó un par de moretones. También se convirtió en un alivio efímero para el gobierno de Mauricio Macri. Una gestión que está abarrotada por indicadores económicos negativos que dificultan la recuperación tan anunciada por el Presidente. Por último, implica una oportunidad para el panperonismo, ese espacio político donde confluyen gobernadores del PJ, legisladores del peronismo federal, masssitas, randazzistas y un amplio grupo de intendentes del interior.

El escenario actual sigue siendo similar al de los últimos años. La polarización entre Mauricio Macri y Cristina Kirchner ha impedido que cualquier proyecto alternativo pueda ser realmente competitivo. El peronismo disidente siempre fue el más perjudicado frente a la marcada división. En el 2015 el intento fue de Sergio Massa con su candidatura a presidente. Se ganó el tercer puesto. En 2017, el líder del Frente Renovador se puso primero en la lista de candidatos a senadores pero volvió a salir tercero. Sabía que perdía pero apostó a mantener en pie su espacio político. Ese mismo año también pateo el tablero Florencio Randazzo. Diseñó un plan arriesgado, se desmarcó de Cristina y trató de hacer valer su palabra. Salió cuarto.

Pero la dinámica de la política argentina cambia abruptamente en cortos períodos de tiempo. La situación actual es una muestra de eso. Macri, agotado y desgastado después de dos años y medio de malabarismos ineficaces, afronta una crisis económica que debilita cada vez más su gestión. Algunos gobernadores peronistas le tienden una mano cuando lo ven al borde del abismo, pero después se la sueltan cuando se dan cuenta que no quiere negociar con ellos, sino solo pedirles que lo acompañen en sus decisiones. En la otra esquina, Cristina afronta un escándalo de corrupción sin precedentes. Intenta, con grandes esfuerzos, encontrar una respuesta que la mantenga erguida frente a tantas acusaciones. Los dirigentes que responden a ella hacen lo mismo. Y así pasan las semanas con cambios de estrategias y de argumentos. Hay momentos en donde un buen ataque no es la mejor defensa. Este es uno.

El macrismo y el kirchnerismo son dos elefantes que chocan sus cabezas en una pelea donde la única táctica es cerrar los ojos y empujar con fuerza al otro. El peronismo mira esa escena con la pasividad de un cazador y la expectativa de un turista. Es que el escenario actual les brinda una posibilidad para romper la polarización y proyectar una opción diferente. Tienen un cuaderno en blanco en su poder y la oportunidad de escribir una nueva historia. Pero para poder hilvanar ideas tienen que lograr acuerdos y eso, hasta el momento, no lo han podido hacer.

En el panperonismo cada uno atiende su juego. Sergio Massa construye expectativas en la sombra, Juan Manuel Urtubey se multiplica en los medios de comunicación, Miguel Pichetto se aferra al papel de provocador y lanza su candidatura presidencial, Sergio Uñac avisa desde San Juan que, si nadie se atreve, él asume la responsabilidad, Florencio Randazzo apuesta nuevamente al silencio como mecanismo de supervivencia y Juan Schiaretti deja trascender su nombre desde las sierras de Córdoba. Mientras tanto, un amplio grupo de legisladores sostienen un proyecto al que le falta un programa económico, una construcción política y un liderazgo definido.

El peronismo tiene delante suyo la posibilidad de crecer como una opción electoral y de consolidar una tercera posición en la política argentina. Si lo lograran, beneficiarían al sistema democrático y le brindarían al electorado una propuesta seria frente a la incertidumbre de volver a elegir a quienes ya eligieron. Pero para eso hace falta decisión de avanzar en la construcción y solidificación de un frente electoral con una identidad concreta. Faltan definir reglas de juego, diseñar escenarios posibles y repartir negociaciones subterráneas. Falta decisión política para mostrarse ante la sociedad como un bloque y no como piezas separadas de un rompecabezas.

La uniformidad de un espacio no solo le permitirá al peronismo brindarle claridad al electorado, sino que también podrá darles un mínimo de seguridad a los dirigentes indecisos que temen que el escándalo de corrupción de los cuadernos termine con el poder electoral del kirchnerismo. Los armadores peronistas lo saben y por eso hacen incesantes esfuerzos para sentar en la misma mesa a los nombres propios con posibilidades concretas de ser candidatos. Les queda un año para las elecciones y algunos meses menos para la campaña electoral.

El peronismo está ante una oportunidad inigualable para crecer. Aunque en un futuro gane o no la elección. Sus principales rivales políticos están desgastados por el tiempo, la corrupción y las decisiones erróneas. La sociedad, según marcan un puñado de encuestas, parece está harta de ambos, aunque también siente una desilusión en ascenso sobre la dirigencia política. El kirchnerismo depende exclusivamente del liderazgo de Cristina, una dirigente que resiste el paso del tiempo y las causas judiciales en su contra, pero no logra igualar los magistrales respaldos electorales de los años victoriosos. El macrismo confía en su olfato ecuatoriano más que en los números reales de una económica agujereada y convive con la tensión permanente de una posible ruptura con sus socios. Frente a este paisaje nacional, el peronismo cuenta con el espacio necesario para avanzar en la construcción de una alternativa opositora que se afiance en los próximos años. El cuaderno está lleno de hojas en blanco. Falta quien las quiera escribir.

 

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