Recuerdos de provincia

por Julio Burdman

Los alineamientos nacionales no alcanzan para explicar las realidades políticas locales

 

En el análisis político argentino hay una tentación inevitable: la de clasificar a los dirigentes según espacios “partidarios” “nacionales” (a cada ilusión su propio encomillado). Últimamente sobresalen tres. El primero es Cambiemos, la coalición oficialista. El segundo el kirchnerismo, oscilante entre la creación de una fuerza nueva (Unidad Ciudadana) y la peronización. Y el tercero sería el“ peronismo con adjetivos” (federal, nok, racional, perdonable), espacio sin un liderazgo claro pero enhebrado por la fuerza política de los gobernadores pejotistas y el massismo resiliente.

Sin embargo, en muchas provincias ha surgido un problema, que socava toda esta ilusoria clasificación tripartidista. Ocurre que los gobernadores no tienen asegurada su continuidad. A decir verdad, nadie tiene asegurado nada en la Argentina de 2018. El Presidente, líder del primer espacio, asiste a la declinación de su popularidad e intención de voto por el magro desempeño económico de su gobierno. La expresidenta, referencia del segundo, está jaqueada por las denuncias de corrupción, los “cuadernos” y la judicialización. Y los gobernadores –sobre todo, aquellos que asumieron su primer mandato en diciembre de 2015, como Macri– todavía no han podido conformar en casa. Una mayoría de ellos enfrenta la decepción y la nostalgia comprovinciana.

Cerca de la Capital hay más calor. Cambiemitas como Horacio Rodríguez Larreta (Ciudad de Buenos Aires), Néstor Grindetti (Lanús) o Diego Valenzuela (Tres de Febrero) van bien. En sus distritos se hicieron obras de infraestructura y evergetismo urbano, financiadas muchas veces desde la Nación, y los electorados quedaron contentos. Capitalizaron ellos más que Macri y Vidal: hoy las encuestas dicen que los tres están bien posicionados para reelegir, sobre todo si la campaña se dirime en temas de gestión local. Lo notable es que esta misma lógica de gestión local que impulsó Cambiemos desde la Presidencia también contribuyó a blindar a los intendentes peronistas del Gran Buenos Aires. Pavimentar y hacer cloacas paga a los intendentes municipales; los problemas socioeconómicos y la inseguridad los pagan los presidentes.

Pero más allá del Area Metropolitana de Buenos Aires, los gobernadores están mal en las encuestas. Con el agravante de que sus predecesores están bastante mejor que ellos. El #VamosAVolver era por abajo y no discrimina por partido. En Chaco, el gobernador Domingo Peppo no está en condición alguna de competir contra la memoria de los gobiernos encabezados por Jorge Capitanich. En aquellos años hubo mejora de los salarios e indicadores sociales provinciales, y tanto el exgobernador como su ministro de Economía, Eduardo Aguilar, le ganan a Peppo en los sondeos. Y algo similar le ocurriría a Juan Manzur en Tucumán si tiene que enfrentar el eventual retorno de José Alperovich: el actual gobernador se quedó con el partido y con la dirigencia, pero su predecesor conserva los votos. En Entre Ríos, el gobernador Gustavo Bordet es otro castigado por las encuestas y si bien no está en los planes que Sergio Urribarri intente disputarle la silla, todo indica que un sector del peronismo –tal vez su propio vicegobernador– lo hará en 2019. En Misiones, Maurice Closs puede decidir qué quiere hacer en el futuro, porque es el dirigente con mejor imagen. En Mendoza el que mejor mide es Julio Cobos, un outsider del oficialismo que se ganó su prestigio durante su gobernación entre 2003 y 2007.

En otros casos, la nostalgia se expresa en forma de revancha. Agustín Rossi nunca fue gobernador de Santa Fe pero vio crecer su popularidad desde que Cristina Kirchner dejó la Presidencia, y ello se vio reflejado en las elecciones provinciales de 2017. En Río Negro, Martín Soria –intendente de General Roca e hijo de Carlos, el gobernador que vio trágicamente interrumpido su mandato en enero de 2012, a solo tres semanas de asumir– dice que se presentará a la gobernación para “hacer lo que su padre no pudo”; hay una idea de reparación histórica respecto de las gobernaciones de Alberto Wereltineck.

De Alperovich a Cobos, lo que tienen en común todos estos posibles retornos provinciales es el buen recuerdo de sus gestiones en tiempos de crecimiento económico. Y el balance positivo en la comparación con las castigadas gestiones actuales. Los dirigentes provinciales de la “década ganada”, cualesquiera hayan sido sus filiaciones partidarias, no están en los cuadernos y no son responsabilizados por los problemas macroeconómicos nacionales. Son reservorios de popularidad territorial en momentos de declive de las popularidades nacionales.

Volviendo a la ilusión de los alineamientos partidarios, sería una paradoja que el kirchnerismo pierda en Comodoro Py y que los beneficiarios de su herencia sean los liderazgos provinciales. Ellos no necesitarán usar los símbolos del kirchnerismo para hacer campaña pero tampoco podrán renegar de él si su fortaleza es la nostalgia. Además, habrán de enfrentar a gobernadores peronistas que estuvieron cerca de la Rosada, no pudieron llevaron agua al terruño y terminaron desdibujados en su identidad política provincial. Los que planean volver se fortalecerán predicando una diferenciación respecto del gobierno actual. Por otra parte, aunque hoy luzca poco probable, no es imposible que algunos gobernadores e intendentes de Cambiemos recalculen sus alianzas políticas si los problemas económicos nacionales se profundizan. En suma: los problemas económicos nacionales afectan a los ciclos políticos provinciales, que ya no lucen tan estables como antes, y no podemos estar tan seguros de que la hipótesis de los “tres tercios nacionales para 2019” (cambiemismo, kirchnerismo, peronismo no k) se corresponda con lo que sucede en los distritos.

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