Una verdadera coyuntura crítica

por Luis Tonelli

Argentina está frente a una oportunidad que no debe desaprovechar como ha hecho con tantas otras en el pasado

 

Todavía son trascendidos, pero la magnitud de las confesiones de los arrepentidos por la corrupción en los contratos del Estado es simplemente escalofriante.Y realmente estamos muy mal si se cree, pese a todo lo que pasa, que esto es“ puro humo”, que es una campaña de desprestigio, o que es una táctica de Durán Barba.

Por el contrario, no se trata de un mero escándalo. No se trata solo de corrupción. Lo que los cuadernos de Centeno han permitido que salga a la luz es, ni más ni menos,el funcionamiento perverso del peculiar capitalismo argentino.

Un capitalismo donde muchos de sus capitalistas más encumbrados no competían con sus productos con los demás, sino que integraban una coalición cerrada sus pares privilegiados y los funcionarios corrupto de turno para asegurarse una porción de renta pública. Las obras eran una mera excusa; la externalidad. Dinero y poder se volvieron así sinónimos, cuando en realidad la democracia es un sistema creado –idealmente– para compensar con política la riqueza. El kirchnerismo corrigió y aumentó pornográficamente este esquema, hasta llevarlo a niveles fabulosos –aún en las cifras más conservadoras que para esta hora se dibujan en el aire–. De repente, se conformó un enorme cluster “público privado”, para utilizar una conceptualización de moda. Eso sí, delictivo.

Por cierto, no todos los capitalistas argentinos están en los cuadernos Gloria, ni en las confesiones de los que ahora si compiten por ganar al otro en su incontinencia oral. Son los empresarios que han sufrido este esquema más que disfrutarlo, como el resto de los argentinos (esquema que fue alimentado también, y quizás por mucho, con las retenciones impuestas a los exportadores). De este modo, la dinámica interna ahogó claramente el crecimiento de los sectores más dinámicos y competitivos del país.

Los ’70 fueron pródigos en las teorías que explicaban el típico stop and go argentino, en términos del empate entre sectores de la dirigencia empresarial. Esta crisis hegemónica, como la calificaban los gramscianos vernáculos, entre ellos Pancho Aricó, el Negro Portantiero, y el Pepe Nun, era le generadora de los ciclos, del auge, seguido de la decadencia, y la crisis. El stop and go que se convirtió en democracia en crash and go, con helicópteros de la fuga, pero afortunadamente sin golpes verde olivas.

Sin una clase hegemónica, la infraestructura institucional no podría nunca consolidarse e imponerse por sobre los intereses ocasionales y guiarlos. Sabemos entonces ahora porque no hubo clase dirigente: porque parte de ella estaba dirigida hacia apropiarse de una parte de la renta gracias a una colusión con el Estado, que hace años ya recibió el nombre de Patria Contratista.

Y fue esa coalición, que tenía eje en los ocasionales ocupantes de la Casa Rosada, pero sillas permanentes en la sociedad civil (los empresarios de la foto fueron siempre los mismos, más el agregado de los “amigos” de la Presidencia) la que fue el eje sobre el que se articuló la dinámica económica, por llamarlo de alguna manera.

Populismo y neoliberalismo fueron las caricaturas que sirvieron para atraer dólares y que el sistema funcionara hasta la próxima crisis. Con el “populismo”, el Gobierno de turno aprovechaba una coyuntura favorable a las exportaciones argentina, metiéndole miedo al Campo y asociados. Con el “neoliberalismo”, el Gobierno de turno incluía Golden Boys que pudieran ir a Davos y a Washington a convencer a que nos prestaran para evitar el populismo.

Pero el club del capitalismo corrupto argentino siempre abogó por un dólar bajo, recontra bajo. Así podía usufrutuar ese milagro de poder cambiar nuestros billetes de El Estanciero (el Monopoly, para los más jóvenes y trasnacionalizados) por dólares contantes y sonantes. Obviamente, llegado el punto y para la gilada, si había que “encepar” la economía, se hacía.

Argentina hoy nuevamente enfrenta una coyuntura crítica. Esas etapas donde no es lo mismo elegir el camino que se abre a la derecha o el que se abre a la izquierda. Que no pase nada con las denuncias que proliferan por todos lados no dejará las cosas igual, sino peor. Mucho peor. Las instituciones quedarán realmente vaciadas del poco contenido que le quedan. Y los sectores productivos tendrán menos aliciente a producir, y si a entrar en componendas con los corruptos de siempre.

Falta un darse cuenta. De la misma naturaleza que experimentamos los argentinos cuando un abogado de Chascomús nos convenció a todos que la democracia era una cuestión ética, y no un problema solo de gobernabilidad y valientemente inició una vez en la Presidencia los históricos juicios a la Junta Militar.

No se equivocaba Ernesto Sanz cuando en su campaña presidencial abogó por una Conadep de la corrupción. Tenemos la posibilidad de dar vuelta una página de la historia y liberarnos de un pasado que nos ha hecho estar cada vez peor y que ha hipotecado el futuro de los argentinos. Esto va más allá de tácticas electorales miserables, que no san llevado a arriesgar todo, ante la crisis económica cuyas causas generaron otros.

La única grieta que debe existir entre los argentinos es la que divide entre las personas de bien y los corruptos. Y hoy se nos presenta la posibilidad de unirnos todos contra la corrupción. No la desaprovechemos, como hemos desaprovechado tantas otras oportunidades.

 

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