¿Por qué hay senados?

Por Miguel De Luca y Andrés Malamud

Frente a cada problema de su tiempo, una nueva generación se hace la misma pregunta

 

Cuando pasan lista en el Senado, los nombrados no saben si gritar presente o inocente”. Esto decía el presidente estadounidense Teddy Roosevelt de su cámara alta. Argentina no tiene razones para sentirse menos.

1984: consulta popular sobre la paz con Chile. Votan 12 millones de argentinos. El resultado es contundente: 81% a favor, 17% en contra. Pero al Tratado los senadores lo aprueban por apenas un voto: 23 a 22.

1986: cuatro países en el mundo prohíben casarse a los divorciados y Argentina es uno de ellos. Un fallo de la Corte Suprema empuja al Congreso a cambiar la legislación, reforzando un proyecto ya aprobado en Diputados. Sin embargo, en una votación por 26 a 14 el Senado lo modifica y devuelve a Diputados. El trámite legislativo dura casi un año, hasta que –finalmente– dos millones de separados festejan el derecho a reincidir.

2010: matrimonio igualitario. 2018: interrupción voluntaria del embarazo. Y así cada nueva generación tiene su causa para preguntarse ¿por qué demonios hay senados?

Las respuestas son tres y no necesariamente excluyentes: la historia, el federalismo y el control de calidad.

La historia ilustra que los monarcas europeos convocaron a sus parlamentos separándolos en cámaras, para que nobles y clérigos no se mezclaran con los comunes. Con el tiempo la división se mantuvo, pero los distinguidos perdieron poder a manos de los elegidos. A tal punto que, después del sufragio universal, algunos países reconvirtieron a sus parlamentos en unicamerales y otros dejaron la cámara alta sólo como atracción turística.

En los países federales, en cambio, la segunda cámara no es historia ni reliquia, sino que pesa y mucho. Porque con el invento del Senado los que decidieron unirse (o no separarse), llámense estados, provincias o cantones, se aseguraron la influencia en el gobierno central. Por eso endilgaron a esta cámara la representación de las unidades federadas y no de la población. Resultados: 1) recalan en el Senado los caciques provinciales, sus cónyuges o sus embajadores, y 2) en las democracias federales, las mayorías populares gobiernan hasta donde las dejan las mayorías provinciales.

También hay senados en países sin pasado monárquico ni presente federal. Porque un tercer objetivo para los diseños bicamerales es mejorar la calidad de las leyes mediante la doble lectura. Como señala la politóloga Mariana Llanos, algunos países potenciaron esta aspiración con reglas que promueven la llegada a la segunda cámara de personas con más trayectoria política, más experiencia técnica y más independencia de opinión, o al menos más años. Se buscó emular a los antiguos “consejos de ancianos”.

Pero, como afirmaba el senador Tusam, puede fallar. Las instituciones aprenden de su propia experiencia, cambian y hasta pueden evolucionar en dirección contraria a las intenciones de sus creadores. O sumar nuevas funciones. Argentina no escapa a la regla. El Senado puede haberse convertido en reservorio de dinosaurios o covacha de truhanes; pero si lo es, lo es siempre y no sólo cuando vota en contra de nuestras preferencias.

Si el Senado le tumbó la “ley Mucci” a Alfonsín, también bloqueó el nombramiento de jueces por decreto de Macri. Si rechazó la legalización del aborto habilitada por Macri,
también hizo caer la Resolución 125 de Cristina. Los senadores, como los velociraptors y las Lebac, pueden disparar para cualquier lado.

La democracia representativa permite el autogobierno de las sociedades masivas. Sin embargo, presenta un dilema: las mayorías legislativas no siempre coinciden con las mayorías populares. Para estas situaciones algunos estudiosos proponen la herramienta del referéndum. Pero, como concluyeron por separado los politólogos Yanina Welp y David Altman, la democracia directa es un arma de doble filo. Además de la potencial manipulación por las elites, la opción dicotómica entre el “sí” y el “no” sepulta los matices y obtura los compromisos. La incertidumbre democrática quizá sea eso: no saber si es mejor que decida el reservorio de dinosaurios o una ruleta rusa cargada con votos.

Un Congreso bicameral no es siempre una mala idea. Pero si combinás democracia y federalismo, andá sabiendo que a veces pueden hacerte percha.

Esta entrada fue publicada en Edición 174. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

quince − nueve =