Despedida a un amigo

Por Mara Pegoraro

 

Escribir unas líneas para rendir homenaje a quien fuera primero un texto, luego un referente, más tarde jefe para convertirse, finalmente, en amigo no resulta tarea sencilla. No solo porque uno pretende evitar la sucesión de anécdotas y recuerdos de quien escribe. Sino porque tiene la pretensión de hacer justicia frente a quienes conocieron pero también con los que no conocieron ni van a conocer a la persona que pretende homenajearse: Mario Serrafero.

Cuando uno piensa en Mario como académico e intelectual, dos adjetivos que él miraría con recelo, o como texto dirían los estudiantes, automáticamente se remite a sus escritos concentrados en el Poder Ejecutivo prestando atención, fiel a su estilo, a lo menos evidente y marketinero. Vale enumerarlos porque si se leen detenidamente y más allá de su contenido disciplinar, puede verse en ellos las características más esenciales del Mario profesor, mentor, abogado, psicólogo, hombre prudente y modesto.

(2015) – Estudios Presidenciales. Perspectivas y casos en América Latina. Buenos Aires: Editorial L&C.

(2015) – ¿Reelección indefinida o democracia constitucional? Sobre los límites al poder de reforma constitucional en el Ecuador. Bogotá. Universidad del Externado.

(2005) – Exceptocracia. ¿Confín de la democracia? Intervención federal, estado de sitio y decretos de necesidad y urgencia. Buenos Aires, Ediciones Lumiere.

(1999) – El poder y su sombra. Los vicepresidentes, Buenos Aires, Editorial de Belgrano.

(1997) – Reelección y sucesión presidencial. Poder y continuidad: Argentina, América Latina y EE.UU., Buenos Aires, Editorial de Belgrano.

(1994) – Las formas de la reforma: entre Maquiavelo y Montesquieu, Tomo 1 y 2, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina.

(1993) – Momentos institucionales y modelos constitucionales, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina.

Mario siempre fue un hombre que privilegió la simpleza. La parsimonia podría decirse, si nos ponemos finos politólogos. Como profesor siempre priorizó el diálogo inteligente y audaz con los estudiantes antes que la referencia a fuentes teóricas que, como solía decir, “estarían siempre a la mano cuando leyeran el texto.

Como mentor y jefe siempre supo señalar con fina ironía los defectos de sus colaboradores y discípulos. Ironía y humor que siempre iban acompañados de alguna sana recomendación. Era  inútil enojarse con Mario, como era fútil intentar mantener una agenda para una reunión. Su creatividad y su genialidad recaían, pienso yo, en la multiplicidad de temas y cuestiones que él ponía sobre la mesa en cada reunión. La estructura solo sirve para dar forma a un texto, solía decirme.

Como jefe, Mario siempre supo ofrecer nuevos desafíos confiando en la capacidad humana y en la voluntad y deseo que podría inspirar un trabajo desafiante antes que algo sencillo y ya conocido.

Podría resumir sus méritos académicos y proponer un homenaje reseñando cada uno de sus escritos, libros, artículos periodísticos, destacar los premios y honores recibidos a lo largo de su vida pública. Pero esa información es fácil de encontrar en la web. Y seria, entonces, sencillo hacerlo.

Prefiero, como líneas finales, hablar de Mario como el amigo que supo ser. Un amigo que tuvo facetas de jefe, mentor y académico para revelarse, sobre el final, como un maestro que siempre tuvo tiempo para escuchar, compartir un almuerzo, una caminata – de esas que tanto apreciaba -, un vino y alguna recomendación etílica novedosa.

Vaya esta frase que me dijera como botón de muestra sus recomendaciones devenidas, hoy, en lecciones: “Disfrute con tranquilidad que las tesinas pasan y los albariños quedan”.

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