La culpa es de los estados

En los países europeos, llenos de corporaciones que defienden privilegios, crece la exclusión.

El discurso dominante acusa a los mercados desregulados por la catástrofe económica que se viene. Según el relato, la crisis del euro, las bancarrotas soberanas y la demolición del Estado de Bienestar son culpa de los especuladores. En el mundo creado por el neoliberalismo y el Consenso de Washington, se sostiene, los “mercados” apuestan contra las monedas nacionales y condenan a los pueblos a la pobreza, mientras los estados se encuentran inermes para detenerlos.

Como cualquier cuento de hadas, este discurso no es ingenuo sino que tiene un objetivo que, en este caso, no es divertir a los niños sino engañar a los electores. Porque quienes lo enuncian tienen algo en común: son gobernantes o empleados públicos. Su intención es desviar la atención respecto de los verdaderos responsables
de la crisis: ellos mismos y los estados que conducen.

En realidad, la causa del colapso es que las sociedades desarrolladas gastaron durante décadas más de lo que producían. La diferencia se saldaba con deuda pública y privada. El resultado fue que las generaciones pasadas se comieron el pan de las generaciones futuras, que ahora tienen que pagar las cuentas. ¿Dónde aparecen los
mercados desregulados en esta historia? Lo que hubo fue irresponsabilidad fiscal legitimada, es cierto, por vía electoral. Pero si la democracia alimentó la crisis fue por la demografía: las sociedades occidentales fueron envejeciendo pero la edad de jubilación no se estiró tanto como la expectativa de vida. En sociedades envejecidas, repletas de corporaciones defensoras de privilegios establecidos, los jóvenes y los excluidos no se indignaron a tiempo para reivindicar sus derechos.

Hoy es tarde. El subsidio de desempleo y el acceso universal a la salud que distinguieron a la Europa del consenso socialdemócrata tienen los días contados porque, simplemente, los europeos no tienen hijos ni inmigrantes suficientes para
mantenerlos. Otra vez: ¿qué culpa tienen los fondos buitre de que los griegos se jubilen a los 50 años, los franceses trabajen 35 horas por semana, los italianos impidan la entrada del puñado de africanos famélicos que desembarca en sus costas y los alemanes hayan violado a repetición el límite de déficit fiscal que ellos mismos impusieron a los demás?

En los próximos meses, si no semanas, los acontecimientos se acelerarán. En Grecia ya se revive el muy argentino diciembre de 2001: la población se manifiesta violentamente en las calles mientras acapara alimentos, combustible y billetes en casa. El default y el quiebre de la moneda son inminentes. La criminalidad, la mendicidad,
la emigración y las enfermedades derivadas del estrés se disparan, una tendencia que
también se manifiesta en Portugal e Italia. Pero estos países no morirán solos: el día que la corrida bancaria obligue a declarar feriados e imponer corralitos o salir del euro, la quiebra de bancos se va a extender hasta el corazón del imperio, en Berlín y París, que todavía están a tiempo de evitarlo pero carecen de la lucidez y el coraje. Goldman Sachs, George Soros y Warren Buffett, hasta donde se sabe, no están detrás de los acontecimientos. Ni siquiera Alessio Rastani, que sólo los aprovecha.

El incendio que viene reconoce otros autores: Angela Merkel, Nicolas Sarkozy, Silvio Berlusconi, Rodríguez Zapatero y sus varios antecesores. La responsabilidad es de la mediocridad de la política y no de la voracidad de los mercados. Igual que la Convertibilidad, que fue implementada por gobiernos populares y no por especuladores anónimos. Pero si la culpa es de los estados, la solución también lo es. No reside en los mercados ni en los bloques regionales sino en las grandes potencias,
incluyendo a las emergentes.

Dilma Rousseff lo dejó claro en su reciente gira europea: Brasil está dispuesto a trabajar cooperativamente en el G-20 para reconstruir el mundo poscrisis. China y la India serían de la partida. Por cierto, estos países no quedarán inmunes a la tormenta, pero una cosa es sufrir una recesión y otra es destruir entre el 20% y el 40% de la riqueza nacional, que es lo que Europa se apresta a hacer.

La buena noticia es que, cuando los europeos vuelvan a sufrir hambrunas, dejarán de subsidiar a sus privilegiados agricultores y podrán tomarse en serio las negociaciones con el Mercosur. Será con enorme solidaridad que los estados sudamericanos volverán a vender alimentos a los devaluados descendientes del conquistador.

(De la edición impresa)

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