Italia: ¿parlamentarismo lungo o ristretto?

 

La crisis de los sistemas partidarios europeos pone en jaque la gobernabilidad del parlamentarismo. ¿Es Italia, antes excepción, ahora modelo?

 

Por Miguel De Luca y Andrés Malamud

 

1985. Ronald Reagan saluda a su huésped oficial, Bettino Craxi, con la misma pregunta que otros presidentes ya habían hecho a los tantos antecesores del primer ministro italiano.

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–¿Cómo va la crisis, Bettino?

–Muy bien

¡Gracias!

América es el continente del presidencialismo: en Europa no se consigue. Porque en el Viejo Continente, el dominio de emperadores y reyes devino en parlamentarismo combinado con monarquía o república. O en semipresidencialismo, que a veces es semiparlamentarismo. En cualquier caso, la vida de los gobiernos europeos no se rige por el calendario. La mayoría parlamentaria los alumbra y los sepulta. Ma ultimamente non è così facile.

En el parlamentarismo, los gobiernos se distinguen según dos factores. Uno es el número de partidos oficialistas: puede ser uno (en la jerga,“ gobierno monocolor”) o más (“coalición”). El otro es la situación en el parlamento, por la que se habla de gobierno en minoría (cuando es tolerado por una mayoría que no se pone de acuerdo para formar otro), de mayoría estricta (donde cualquier fuga lleva a la caída del primer ministro) o de mayoría sobredimensionada (cuando la coalición incluye a más partidos que los necesarios para alcanzar la mitad más uno). Es como pedir un café: solo, cortado o con leche; en pocillo, en jarrito o en taza. Durante casi medio siglo, la foto de cada país fue casi siempre la misma. Reino Unido: monocolor mayoritario. Suecia: monocolor minoritario. Alemania: coalición de mayoría estricta. Italia: coalición sobredimensionada.  Pero desde la década de 1990, y con sucesivas implosiones de su sistema partidario, Italia viene poniendo a prueba esta clasificación. La cosa no debería sorprender. Los peninsulares son creativos y reacios al gobierno, y tienen más de veinte maneras de pedir un café.

Es así como, entre capuccinos, espressos y doppios, aparecieron los gobiernos “técnicos”, “institucionales”, “del presidente”, “de tregua”, “de objetivos”. Como el de Carlo Azeglio Ciampi (1993-94) –el primero encabezado por un no parlamentario–, el de Lamberto Dini (1995-96) o el de Mario Monti (2011-13) –compuesto por técnicos o funcionarios sin experiencia partidaria–. Nada de esto figuraba en el manual de instrucciones del parlamentarismo.

Hoy Italia enfrenta, de nuevo, un escenario complicado para formar gobierno. Y probablemente vuelva a desafiar la clasificación tradicional con otro engendro. Pero lo que antes llamaba a risa, ahora debería estudiarse con cuidado. Porque todos los sistemas partidarios europeos, cada vez más volátiles y fragmentados, están tornando lenta y retorcida la formación de gobiernos. Cuando la ineficacia se suma a la opacidad, el parlamentarismo peligra –y con él, la legitimidad de la democracia–.

Hace treinta años, Juan Linz alertó sobre los peligros del presidencialismo, a los que contrapuso las virtudes del parlamentarismo. Es cierto que, con la excepción de Estados Unidos, el presidencialismo solía resbalar hacia la dictadura. Pero también lo es que el fascismo y el nazismo surgieron en regímenes parlamentarios –o semi–.  Y si es necesario hacer todo para evitar otro Videla, no corresponde menos para impedir otro Hitler o Mussolini. Nostálgicos del fascismo ya gobiernan Polonia y Hungría, y sus primos piden pista en varios países de Europa occidental. ¿Cómo evitar que la historia se repita?

El laboratorio italiano, que incubó la enfermedad original, ofrece la oportunidad de inventar la cura. Los doctores de antaño probaron con cambios en las reglas formales, como el voto de censura constructivo o sistemas electorales menos permisivos. También con la institucionalización de prácticas informales, como el manual Cencelli (una guía para repartir rápidamente las poltronas ministeriales según la cantidad de bancas parlamentarias aportada por cada socio de la coalición). Pero hoy, niveles crecientes de fragmentación y polarización alimentan la desestructuración de los sistemas partidarios. Entonces ya no basta con crear o modificar reglas, sean formales o informales. Hace falta que los actores comprometidos con la democracia cambien de actitud. En otras palabras, que se tomen un café y charlen sus diferencias antes de que sea tarde

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