Entre el ciclo electoral y la economía

 

Por Ernesto Calvo (*)

 

Sólo un crecimiento económico sostenido vuelve a Cambiemos más competitivo. Pero mientras espera que la economía le dé buenas noticias, la interna del peronismo alivia sus penas

 

Mauricio Macri tiene buenos motivos para estar enojado con los empresarios. El electorado argentino es pragmático y nada afecta tanto el voto como el rumbo de la economía. Una buena economía garantiza la continuidad, una mala economía apura el cambio. Lo supieron Carlos Menem, Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Lo sufrieron Eduardo Angeloz, Eduardo Duhalde y Daniel Scioli. Con las elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina, la economía tartamudea, sin poder dictaminar si vienen tiempos de continuidad o de ruptura.

El tarifazo, los casos Maldonado y Nahuel, la represión de diciembre y el paro docente han debilitado al gobierno al comienzo de este 2018. Frente al crecimiento de la protesta, el Gobierno ha cerrado filas detrás de un discurso más claramente conservador que apunta a fortalecer la identidad de su base electoral. Es un giro táctico a la derecha, que acompaña la política de retracción del gasto tras la fiesta electoral del 2017. Sin embargo, las elecciones se juegan con una economía en alza y no con la base de Cambiemos. Se le atribuye a Napoleón el dicho:  “Con las bayonetas se hacen muchas cosas menos sentarse encima”. Eso es válido también como estrategia electoral. El tema de la seguridad activa a la base y poco más. Sin embargo, no hay mayorías para conservar, sino votos que ganar de cara al 2019. Por tanto, sólo un crecimiento económico sostenido vuelve a Cambiemos más competitivo.

Para que la economía argentina crezca de modo sostenido, la tasa de inversión tiene que ser considerablemente más alta que el magro 15% a 17% actual.  “¿Dónde está la plata?”, pregunta Macri. Desde la UIA, le responden lo mismo que les dijeron a todos sus predecesores: timba, dólares y ladrillos. En realidad, dice la UIA, la tasa de interés es demasiado alta para pedir prestado, el peso demasiado apreciado para exportar, la inflación imposibilita hacer planes y las previsiones del Gobierno respecto del futuro cambian día a día. Ergo, timba, dólares y ladrillos. Unos y otros tienen razón, la economía no puede despegar sin inversiones y después de cinco “segundos semestres” consecutivos, la recuperación económica es tibia y la de los salarios es una quimera.

A diferencia de países con economías más estables, en los que la apreciación cambiaria aumenta el poder de compra de los consumidores y consolida el voto por el oficialismo, un peso fuerte es para el poder económico un sismógrafo que anticipa terremotos. Conforme se aprecia el peso, la falta de competitividad, el mayor gasto público, endeudamiento y disminución de la inversión pública, son una señal de que una corrección importante está por llegar. Para que invertir ahora, dice el poder económico, cuando va a ser tanto más barato después de la tormenta. Los mismos problemas que enfrenta Macri aquejaron al gobierno de Cristina Fernández en el 2014, cuando apostó por Axel Kicillof para salir del atolladero.

El actual gobierno sufre el mismo ciclo económico que se vio en el período 2011-2015. Años electorales con expansión del gasto público alivian la economía y debilitan las cuentas públicas. Años post-electorales, ven una retracción del gasto público, la economía y el consumo. En ese contexto, los actores privados congelan cualquier proyecto de inversión y la economía sube o baja empujada tan sólo empujada por el Estado. Lo que en el 2011-2015 se financió con emisión monetaria y deuda, en el 2015-2019 se financia con deuda y emisión monetaria. Ambos gobiernos tuvieron buenos motivos para el gradualismo económico, ya que los costos sociales y políticos de reformas neo-conservadoras no los quieren pagar ni siquiera los neo-cons. Por lo menos hay consenso en no volver a los ‘90.

 

LA ECONOMIA Y EL VOTO

¿Está usted económicamente mejor o peor que hace un año? Esta es la pregunta más influyente para anticipar el cambio electoral en la Argentina. Si bien es cierto que la identificación partidaria es el mejor predictor del voto individual, los individuos cambian lentamente su identificación partidaria mientras que los shocks económicos son procesados diariamente.

En un texto clásico de la Ciencia Política argentina, Guillermo O’Donnell mostraba que gobiernos autoritarios y democráticos perseguían estrategias de tipo de cambio dramáticamente distintas. Mientras que los gobiernos militares deprimían los salarios, depreciaban la moneda y orientaban la producción al mercado internacional, los gobiernos democráticos aumentaban los salarios, apreciaban la moneda y potenciaba el mercado interno. La UIA, recientemente criticada por Macri, servía de actor pivote: en tiempos de dictadura se orientaba hacia el mercado externo, en coalición con el agro; mientras que en tiempos de democracia se orientaba hacia el mercado interno, en coalición con los trabajadores.

Con la consolidación de nuestra democracia, las vicisitudes del tipo de cambio se han trasladado al ciclo electoral, con ciclos de depreciación, crecimiento, apreciación y colapso. La apreciación del tipo de cambio real sólo ayuda a dinamizar el mercado interno luego de las crisis, por un tiempo corto. Después, deprime la economía y potencia los conflictos redistributivos. Como contraste, depreciaciones del tipo de cambio generan periodos de expansión económica y menores niveles de conflicto distributivo.

Para analizar la relación entre tipo de cambio y aprobación presidencial, podemos tomar ventaja de los datos recolectados por el Presidential Approval Project (http://www. executiveapproval.org/), el cual compila y sistematiza datos de aprobación presidencial para toda América Latina. Estos datos incluyen el caso argentino, el cual fue sistematizado por la politóloga argentina María Laura Tagina.

Consideremos un modelo simple que computa el costo de gobernar sobre la imagen positiva del presidente (la caída relativa en popularidad por cada mes adicional de gobierno). En la literatura de voto económico este parámetro es negativo, lo que refleja el desgaste político que conlleva el control de la Presidencia. Son las reglas de ser oficialismo: cada mes hay nuevos paros docentes, nuevos Triaca, Arribas, nuevas crisis en el Congreso. En la Argentina, entre 1983 y el 2017, cada mes de gobierno, entre elecciones presidenciales, resultó en una caída de imagen equivalente a –0.18 puntos. Luego de 48 meses, dicha caída representa más de 8 puntos porcentuales. Dado que la imagen positiva en el primer año de gobierno ronda en promedio en poco más de un 50%, el costo de gobernar no es nada desdeñable.

Sin embargo, el ciclo electoral presidencial es significativamente distinto cuando el peso esta apreciado o depreciado. Niveles moderados de apreciación cambiaria siguen un patrón similar al de otros países, aumentando el nivel de consumo doméstico y mejorando la imagen positiva del presidente. Sin embargo, conforme el peso se fortalece, el efecto sobre la imagen presidencial se vuelve negativo, con valores estadística y sustantivamente significativos. El efecto es sin duda más modesto que el de una corrida sobre el peso y la licuación de los ahorros de los argentinos, tal y como ocurriera en 1988 y el en 2001. Pero poco a poco los grados de libertad del Gobierno, y sus prospectos electorales, se van debilitando. Con peso apreciado y una tasa de crecimiento modesta, es entendible que Macri esté molesto con la UIA.

 

NO SOLO DE LA ECONOMIA VIVE CAMBIEMOS

Si bien la economía no logra darle buenas noticias al Gobierno, la interna del peronismo alivia las penas. Las repercusiones de la elección intermedia se sienten cada vez con mayor fuerza. El colapso de la candidatura de Randazzo y el debilitamiento del massismo han dejado a Cristina Fernández como la líder indiscutible de la oposición. Su intención de voto, sin embargo, sigue lejos de garantizar la Presidencia. Así como un crecimiento modesto no ayuda a Macri, este tampoco acompaña una potencial candidatura de la exmandataria.

Con la derrota electoral de Unidad Ciudadana en la provincia de Buenos Aires y sus bajos rendimientos en la ciudad de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Mendoza, el poder institucional del peronismo se encuentra en las provincias pequeñas y medianas mientras que sus cuadros políticos más visibles vienen de los distritos grandes. Este problema aquejo por más de dos décadas a la UCR, la cual insiste en delegar en su “coordinadora” aggiornada las decisiones políticas importantes mientras que todo su capital electoral se encuentra en las provincias. Como una gallina que ha sido descabezada, el cuerpo electoral sigue corriendo por ahí mientras la cabeza se dedica a hacer planes, esta vez con Cambiemos.

El desacople entre distintos sectores del peronismo se sintió con particular virulencia en los recientes debates en el Congreso. Los gobernadores, dispuesto a cerrar con el Gobierno, fueron incapaces de sostener los acuerdos. El FpV, que confronta con el Gobierno en la calle, no tiene presencia en las instituciones. El resultado es un comienzo de año en el cual todos agitan los brazos, pero nadie mueve el tablero.

Con Marcelo Escolar realizamos un estudio de las coaliciones políticas provinciales de 1983 al 2015, el cual nos permite ver todas las conexiones políticas entre los distintos partidos políticos. Esto es posible en Argentina porque, en estos últimos 35 años, la política ha sido extraordinariamente fluida. El menemismo armó alianza con la Ucedé, la UCR con el ARI, el ARI con el PRO, el FPV con la UCR, y así de elección a elección. A pesar de esta fluidez, las coaliciones políticas tienen actores que están bien definidos en el espacio político, que sigue cortado por sus clivajes peronismo-radicalismo e izquierda-derecha.

Con el ascenso del FpV dentro del peronismo y del PRO en Cambiemos, el espacio político está hoy en día caracterizado por un clivaje entre la centro-izquierda y la centroderecha. Sin embargo, mientras que en peronismo todavía tiene que resolver su interna, en Cambiemos está muy claro quién lidera y quién espera y

 

(*) Universidad de Maryland

Esta entrada fue publicada en Edición 169. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

4 × uno =