2018, el año preelectoral

 

Por Daniel Chasquetti (*)

 

Los cambios en la imagen del gobierno y la sucesión de movimientos en el campo opositor llevan a pensar en un resultado incierto en 2019

 

El 2018 no es un año cualquiera. Cuando el reloj de la democracia más estable del continente marca el inicio del cuarto año de gobierno, el sistema político sabe que el tiempo del Presidente para introducir reformas sustantivas se agota y que en forma concomitante se activa la cuenta regresiva hacia la siguiente elección.

Quince meses nos separan de las elecciones primarias de los partidos que seleccionarán los candidatos presidenciales, marcarán tendencias para la confección de las listas parlamentarias y determinarán qué candidatos están en carrera para las departamentales de mayo de 2020. O sea, este será un año de definiciones para las fracciones de los partidos pues tendrán que resolver quiénes serán los aspirantes, cuál será la estrategia electoral y qué ideas-fuerzas orientarán la campaña. Sin embargo, estos eventos estructurales que se desarrollan cada cinco años suelen estar enmarcados por contextos políticos muy diferentes.

A diferencia del período de gobierno anterior (2010-2015) el presente estuvo caracterizado por tasas de crecimiento menores (0,5% en 2015, 1,6% en 2016 y 3,1% en 2017) y por las dificultades de lidiar con un déficit fiscal superior al 3,5% del PIB. Este escenario impuso fuertes constreñimientos al gobierno que afectaron el cumplimiento de buena parte de su agenda. Mientras los emblemas programáticos de la campaña de Vázquez (Plan Nacional de Cuidados, Plan de Infraestructura o la Reforma Educativa) quedaban por el camino por falta de recursos, el Gobierno debió impulsar un ajuste fiscal en 2016 y apelar a un aumento extra de las tarifas de los servicios públicos en 2017. Las consecuencias más visibles de estas decisiones –relegar el gasto y aumentar la recaudación en un escenario de fuerte desaceleración económica– fueron una drástica disminución de la inversión pública y privada, un leve aumento del desempleo (un punto y medio porcentual) y la consolidación de un notable malhumor en la opinión pública. Estas razones condicionaron a la administración Vázquez la cual pasó a ser vista por muchos analistas como un gobierno más reactivo que proactivo, si se lo compara con su primera gestión (2005-2010).

A estas dificultades provenientes de la economía se agregó la herencia no resuelta por su antecesor José Mujica. Una pésima gestión en la petrolera ANCAP –con un déficit de unos 800 millones de dólares– y una serie de denuncias respecto al mal uso de algunos instrumentos de fomento como el Fondo de Desarrollo, fueron algunos de los temas que Vázquez debió encarar en su primer año de gobierno. El escenario crítico se completó con la renuncia del desprestigiado vicepresidente, Raúl Sendic, a raíz de su mal desempeño como presidente de ANCAP en el período anterior, pero también por haber mentido públicamente respecto a su título universitario (que no tenía) y al uso discrecional de tarjetas corporativas de la empresa.

Estas noticias provocaron una rápida caída en la aprobación del gobierno (del 51% al 35% en promedio), como así también de la intención de voto por el Frente Amplio. A mediados del pasado año, la mayoría de las empresas encuestadoras mostraban que el partido de gobierno había perdido entre el 10% y 15% del electorado. En ese marco, los partidos de la oposición comenzaron a visualizar la elección de 2019 como una oportunidad inmejorable para desplazar a la izquierda del gobierno. Esa creencia se fortaleció con algunos eventos de la región que confirmaban un giro a la derecha en el continente. En particular, los partidos de la oposición celebraron como propio el triunfo de Macri y Cambiemos en Argentina, al cual concibieron como un anticipo de lo que finalmente ocurriría en Uruguay. Sin embargo, la renuncia del vicepresidente Sendic y una mejora en el desempeño económico a fines de 2017, trajeron mucho oxígeno al Gobierno. En el último trimestre del año y sobre todo, en los primeros dos meses de 2018, las encuestas comenzaron a mostrar una mejora en el apoyo al gobierno y un aumento en la intención de voto al Frente Amplio.

Algunos eventos de verano parecen haber cooperado con esta situación. En diciembre, un movimiento aparentemente espontáneo de productores rurales (denominado  “autoconvocados”) que clamaba por mejoras en sus condiciones de producción y comercialización (a raíz de la caída de los precios internacionales, las dificultades para acceder a algunos mercados, o el bajo valor del dólar) inició una amplia movilización que contó con el rápido apoyo de las grandes asociaciones rurales, algunas cámaras sectoriales (turismo, comercio), la asociación de medios de comunicación (Andebu) y desde luego, los partidos de oposición. Una concentración realizada el 23 de enero en la ciudad de Durazno, terminó por polarizar el escenario político. En el otro bando, el 5 de febrero, en oportunidad de la conmemoración del 47° aniversario de la fundación del Frente Amplio, la izquierda realizó una movilización de igual o mayor tamaño, generando la idea de que en Uruguay existen dos proyectos antagónicos en pugna.

En ese clima de aumento de la polarización –algunos se han permitido denominarlo la grieta, a imagen y semejanza de lo que ocurre en Argentina– los partidos comenzaron a preparar la elección de 2019. El optimismo ya no es el santo y seña de los partidos de la oposición ni el pesimismo domina ahora a los partidarios del gobierno. La idea de que 2019 será una elección reñida gana cada vez más adeptos.

En la oposición, el principal aspirante es el nacionalista Luis Lacalle Pou, candidato derrotado en la segunda vuelta de 2014. Si bien en la primaria de junio tendrá el desafío de uno o dos candidatos de las otras fracciones del Partido Nacional, su favoritismo por ahora no puede ser puesto en duda. El Partido Colorado continúa inmerso en la crisis política en la que ingresó tras el pobre resultado electoral de 2014 cuando sólo alcanzó el 12% de los votos. Esta situación se acentuó con el retiro de la política de su principal líder Pedro Bordaberry. Si bien contará con algunas candidaturas renovadoras (Fernando Amado y probablemente, el prestigioso economista Ernesto Talvi), no está claro si alguna de ellas conseguirá superar la compleja situación electoral en que ha quedado este partido fundacional. El Partido Independiente y su líder Pablo Mieres, tendrán en 2019 una nueva oportunidad de seguir creciendo en el centro del espectro político, pero pese a ello continuará siendo una expresión electoral menor. Lo mismo ocurre con Edgardo Novick, candidato independiente en la elección departamental de Montevideo de 2015, que contó con el apoyo de ambos partidos tradicionales. Novick es un empresario con una gruesa chequera, que fundó el Partido de la Gente y que se presenta ante el público con un discurso de corte gerencial. Ha logrado la adhesión de algunos diputados de los partidos tradicionales y ha reclutado una serie de caudillos y punteros de esos partidos en el interior del país. No obstante, su intención de voto oscila entre el 3% y el 5% por lo cual su relevancia electoral por el momento es menor. Tanto el Partido Independiente como el Partido de la Gente pueden ser actores relevantes para la formación de una coalición de gobierno o para el establecimiento de acuerdos de gobierno, cualquiera sea el partido que se quede con el sillón presidencial.

En el oficialismo es donde existe mayor incertidumbre con vista a 2019. En primer lugar, nadie sabe si el ex presidente José Mujica será o no candidato. Su avanzada edad y sus reiteradas negativas públicas parecen ser razones suficientes como para descartarlo. Sin embargo, la popularidad de Mujica (continúa siendo junto aV ázquez el político más popular del país) así como el notable sentido estratégico de sus decisiones, obliga a cualquier analista a ser cauto y esperar. Si Mujica no se presenta, es probable que su sector político impulse la renovación generacional que puede estar encabezada por el intendente de Canelones, Yamandú Orsi o la ministra de Industrias, Carolina Cosse. En segundo lugar, nadie sabe si el actual ministro de Economía y exV icepresidente de la República, Danilo Astori, será o no candidato. Pese a su avanzada edad, Astori ha expresado reiteradas veces su deseo de competir en la próxima elección. Sin embargo, su popularidad está en declive sobre todo tras los ajustes fiscales impulsados desde su mi
nisterio. Si Astori no compite, es probable que su lugar lo ocupe el respetado economista y presidente del Banco Central, Mario Bergara. En tercer lugar, es muy probable –casi seguro– que el intendente de Montevideo, Daniel Martínez, compita en las internas de 2019. Su gestión al frente del gobierno de la capital así como su popularidad en las encuestas, lo ubican hoy como el candidato más viable del partido de gobierno. Una elección interna entre Mujica y Martínez podría tener un final reservado, pero una interna contra cualquier otro candidato, incluido Astori, marcaría un claro triunfo de Martínez.

La próxima elección presidencial en Uruguay será un cabeza a cabeza entre el Frente Amplio y el Partido Nacional. Existe una gran chance de que la disputa se resuelva en una segunda vuelta entre Daniel Martínez y Luis Lacalle Pou, con un resultado incierto. Pese a que el proceso de decantación de los candidatos parece tener un final bastante anunciado, los actores deberán pasar obligatoriamente por las distintas etapas (internas en junio y primera vuelta presidencial en octubre de 2019). Como la política siempre reserva alguna sorpresa, conviene decir que las especulaciones aquí escritas están apoyadas en estudios de opinión pública y en entrevistas a informantes calificados. Si bien Uruguay es bastante predecible, abrir el paraguas con la frase ceteris paribus, parece ser lo más conveniente.

(*) Universidad de la República

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