Un Mundial sin Brasil

La Argentina tiene que tener una estrategia para construir soft power, que es fuente de progreso.

Imagínense un campeonato mundial en el que Brasil y Alemania no participan. Las mayores potencias militares y económicas, como Estados Unidos, Rusia y Japón, envían equipos que son masacrados en la cancha y no superan la etapa de grupos. China está ausente, lo mismo que España y todos los estados latinoamericanos menos uno, y brillan los países del sur. El despliegue de Francia y de las islas británicas no consigue evitar que la copa vaya para Nueva Zelanda, Australia o Sudáfrica –y quizás, dentro de algunos años, para la Argentina–. Por cierto, no se trata del mayor torneo deportivo global sino del tercero: el mundial de rugby.

En Nueva Zelanda 2011, el único castellano que se escucha en las calles, en las tribunas y por los altavoces de los estadios tiene acento argentino, mientras el portugués está ausente. La celeste y blanca flamea en todos lados, sean bares, negocios, plazas o aeropuertos, junto con las banderas de los otros diecinueve participantes – que incluyen a nueve países europeos, cinco de Oceanía, dos de Africa, dos norteamericanos y un asiático–. La garra del equipo y los cantos de la hinchada aparecen en todas las charlas y todos los diarios.

El representante solitario de América Latina no juega de relleno: crece en resultados, vence a los grandes y es invitado a participar en el torneo más importante del hemisferio sur y, por lo tanto, del globo: el ahora denominado Cuatro Naciones. La Argentina llegó a la élite del rugby mundial para quedarse, y esa proeza deportiva puede tener grandes consecuencias: políticas, económicas y culturales. No hace falta ver Invictus para entenderlo, aunque ayuda. Nelson Mandela fue quien más notoriamente utilizó al deporte en favor de objetivos políticos, pero la diplomacia del ping pong ya había sido ensayada por Nixon para iniciar la aproximación con China.

Varias veces, un partido de fútbol brindó la oportunidad para restablecer el diálogo entre países hostiles, así como el boicot a algún Juego Olímpico –o el aislamiento deportivo de un Estado– contribuye a deslegitimar regímenes y orientaciones políticas. El rechazo universal a competir contra la Sudáfrica del apartheid ayudó a erosionar el sistema por dentro y a deslegitimar el racismo globalmente. Y la decisión de Menem de designar a Hugo Porta como primer embajador argentino en la Sudáfrica pos apartheid rindió tributo no sólo a un gran deportista sino también al realismo político, pensando en las puertas que su fama abriría para los intereses nacionales.

A partir de 2012, Los Pumas competirán todos los años con las tres mejores selecciones del planeta. El roce internacional permitirá mejorar el rendimiento deportivo, pero también la inserción internacional del país. De hecho, las embajadas nacionales estuvieron involucradas en la negociación para ampliar el Tres Naciones, y los embajadores saben que la participación de la Argentina le dará una nueva proyección. No se trata de países menores: Australia es la decimocuarta economía del mundo y ya compra productos nacionales de alto valor agregado como reactores nucleares, mientras Sudáfrica es la mayor potencia del Africa austral y una de los mercados emergentes más desarrollados. En cuanto a Nueva Zelanda, tiene la población de Uruguay pero una geografía económica que recuerda mucho a la patagónica, por lo que su experiencia de desarrollo de la agricultura y el turismo en la otra asentadera del mundo podrá servir como referencia o aliada.

Hay dos razones para celebrar una mayor inserción en los circuitos australes del planeta. La primera es de corto plazo: la crisis que se viene afectará principalmente al Norte, por lo que los lazos entre los periféricos (y con China) contribuirán a amortiguar el golpe. La segunda es más estructural e involucra la capacidad argentina para construir soft power. Limitada para siempre en su peso militar y reducida en su dimensión económica, la imagen que el país proyecte al mundo puede ser impulsora de progreso. El branding y marketing nacional en que los brasileños son expertos genera, además de autosatisfacción, oportunidades de desarrollo tecnológico, exportación cultural, crecimiento turístico e inserción comercial.

Los Pumas pueden promover a la Argentina tanto como Messi, y lo hacen en el mundo que viene y no en el que se hunde. Un mundial sin Brasil no es sólo una fantasía gustosa, es una oportunidad para reconquistar una cosa que empieza con ‘p’: prestigio internacional.

(De la edición impresa)

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