Jugando con las blancas

 

Por Mariano Fraschini y Nicolás Tereschuk

 

 La oposición se juntará en la medida en que crea que por ese camino puede derrotar al oficialismo pero la clave electoral es el desempeño presidencial

 

Desde que se inició el gobierno de Mauricio Macri, pero sobre todo a partir del triunfo electoral en octubre y su tropezón “jubilatorio” de diciembre del año pasado, viene insistentemente sonando una misma a pregunta: ¿Por qué el peronismo no se une? En forma seguida se abren una serie de interrogantes (y en muchos casos afirmaciones contundentes) del estilo, ¿puede triunfar un peronismo dividido? ¿No se le está siendo funcional al macrismo está división? En este sentido, el razonamiento aparece en forma reiterada:  “Si el peronismo no se une, el gobierno tiene garantizada la reelección en 2019” ya que “la variable central para comprender la elección del año que viene es si el peronismo logra su unidad”. ¿Es realmente decisiva la unidad del peronismo para evitar la continuidad del actual oficialismo en el gobierno? ¿Son las estrategias opositoras la clave para comprender el devenir electoral del año próximo?

En las democracias presidencialistas de baja institucionalización sudamericanas la variable decisiva para poder entender la dinámica política que se despliega en la región resulta ser el liderazgo presidencial. Como se ha referido en columnas anteriores, las dinámicas que se desarrollan en este tipo especial de democracia (que otros autores han calificado como de “endeble institucionalización”, “debilidad institucional”, etc.) se asientan en la preeminencia de factores de poder por fuera de los partidos políticos, en la intra e inter facciosidad en el interior de los partidos y del sistema de partidos y en la peculiar disputa bipolar entre el Presidente y la oposición. La consecuencia directa de estos tres elementos es un funcionamiento institucional en donde las reglas se cumplen parcialmente, las leyes son lábiles en su aplicación y la relevancia pasa de los partidos a fuerzas como los gobernadores, los sindicatos, los otros poderes del estado, la calle y los distintos movimientos sociales con poderes de veto. En ese marco, la figura estelar
con que ordena (o desordenada) la dinámica política regional es el Presidente. Como enseña la teoría “a mayor debilidad institucional, mayor relevancia de liderazgo presidencial”. En Sudamérica, entonces, hay que enfocar la lente en el Presidente para poder predecir (o al menos comprender) el futuro político inmediato.

 

Entonces la pregunta que encabeza esta nota, no debería comenzar con “qué hace” la oposición, sino con un “cómo está el presidente”. Desde allí que empezar por Interrogarse por la oposición resulte un camino equivocado. Es decir, preguntarse por las estrategias opositoras para ganar elecciones, antes que por las del primer mandatario para conservar su poder constituye un primer error de enfoque. La oposición juega sus tácticas y estrategias a partir de la posición política institucional del presidente. La ecuación es sencilla: un  primer mandatario poderoso suele venir de la mano de una oposición desarticulada y viceversa, un presidente débil es el mejor aliciente para la unidad opositora. Poner a la oposición como variable independiente y explicativa del acontecer político, es no comprender cómo funciona la dinámica regional y local. ¿Queremos expresar con esto que la oposición no debe hacer nada, sólo esperar que un presidente entre en un ciclo de pérdidas de recursos de poder? Nada de eso. Por el contrario, lo que enseña la realidad sudamericana es que la oposición suele fortalecerse cuando el liderazgo presidencial se debilita, y se fragmenta cuando la posición política institucional del presidente se vigoriza. Desde allí la pregunta debería formularse de la siguiente manera ¿Cómo se encuentra el liderazgo de Macri en esta coyuntura? ¿Los lentos pero persistentes paso hacia la unidad del peronismo nos hablan de una pérdida de recurso presidencial? ¿Las movidas internas del peronismo nos hablan del movimiento fundado por Perón hace más de 70 años o de los humores populares esquivos hacia el Presidente? Para decirlo con mayor claridad: ¿el reciente encuentro de San Luis –donde, por ejemplo, se vio a Hugo Moyano en un mismo escenario con dirigentes a los que criticó mucho durante el último mandato de Cristina Kirchner– no puede comprenderse sino a partir de un momento de menor fortaleza de Macri que en octubre pasado? ¿Era pensable una estrategia unificadora de la oposición sin los sinsabores presidenciales de los últimos cuatro meses?

La historia es rica en cuanto a ejemplos. Por poder dos: la debilidad presidencial de Carlos Menem  en  1997, la de un presidente sin reelección (sumada a la división del oficialismo a raíz de la disputa con Duhalde) dio lugar a la unidad opositora en la Alianza, que triunfó   en la legislativas de ese año y en la presidencial de 1999. La fortaleza presidencial de Cristina  Kirchner en 2011 (posibilidad de reelección, índices económicos sumamente auspiciosos, unidad oficialista) tuvo a la diáspora opositora como su principal correlato.  El mal desempeño del kirchnerismo en las legislativas de 2013, con un peronismo dividido, había tenido como trasfondo un 2012  complicado para la Casa Rosada, con restricciones en el mercado cambiario y protestas de sectores descontentos en las calles. El triunfo de Macri también es una muestra fehaciente de esta ecuación: peronismo oficialista dividido, frente a una oposición no peronista unificada.

Volvamos a la coyuntura. Desde diciembre del año pasado a la fecha, la dinámica política nacional ha sido esquiva para los intereses presidenciales. No sólo en la parte económica, en la cual  la  inflación  y la escasa “lluvia de inversiones”, evidencian flacos resultados, sino que es en la política en donde el Gobierno comienza a ingresar en una dinámica poco afecta a sus intereses. Desde el triunfo electoral de octubre el gobierno no ha podido traducir la matemática de los votos en acumulación política. El propio “no peronismo” –que bien podría confluir en un oficialismo fortalecido– vio en las últimas semanas reuniones y coqueteos “progresistas” entre Ricardo Alfonsín, Martín Lousteau, Margarita Stolbizer y  Miguel Lifschitz. La semana pasada, fue el mismo Poder Judicial, hasta ayer un aliado casi incondicional del Gobierno, quien le“ marcó la cancha” al Poder ejecutivo. No parece casual, en ese contexto, que el peronismo nacional y bonaerense haya comenzado a unificar discursos y criterios de cara al 2019. En ese contexto, las fotos no son todo en política pero los datos son insoslayables: Moyano junto con“ las bestias negras del Impuesto a las Ganancias” de otros años, como Capitanich y Kicillof. Felipe Solá volvió a pisar un Congreso del PJ bonaerense, situación que hace diez años no ocurría. El massista intendente de Tigre Julio Zamora pasó a ser autoridad del peronismo oficial provincial, lo que también incluyó una carta del propio Sergio Massa, elogioso de los“ compañeros”.

El Gobierno continúa tendiendo la iniciativa política y ha mantenido recursos de poder clave para  intentar la reelección presidencial. Y  ha dado a entender que está dispuesto a usar todas sus armas en pos de lograrla.   El Presidente juega con blancas, pero debería evitar distraerse

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