Presidencialismo al ritmo latino

Por Miguel De Luca y Andrés Malamud

 

En América Latina, contra todos los pronósticos, democracia y presidencialismo cumplen cuarenta años de matrimonio. Con problemas, pero estable. ¿Cuál es la receta?

 

Desde las guerras por la independencia y por 150 años, la democracia fue una excepción en América Latina. Se practicaron explicaciones de cuño histórico, sociológico, geopolítico y cultural, pero nunca conformaron. Recién a fines de los ‘70 el politólogo español Juan Linz dejó pensando a todos: combinar democracia y presidencialismo no es una buena idea, mejor probar con el parlamentarismo. La propuesta venía con argumentos de peso y caía en el momento justo: una ola democrática llegaba al continente y varios países de la región rediscutían sus constituciones. Si la clave de la estabilidad estaba en el armazón institucional, habría que meterle mano. En la academia, la sentencia de Linz abrió un debate que duraría años.Y  hasta se filtró, vía intelectuales y asesores, entre los políticos: Raúl Alfonsín, Julio María Sanguinetti y Patricio Aylwin militaron reformas para mitigar el presidencialismo.

Cuatro décadas más tarde, nada salió como pensábamos. Casi todas las constituciones latinoamericanas fueron reemplazadas o enmendadas, pero invariablemente hacia más presidencialismo y no menos. Es cierto que la democracia tuvo algunos retrocesos, sea en forma de golpe (Honduras 2009), autogolpe (Perú 1992, Guatemala 1993) o muerte lenta (Nicaragua y Venezuela), pero hoy se extiende desde México a Tierra del Fuego y goza de su período más longevo. Algunas situaciones previstas por Linz se dieron; sin embargo, fueron contenidas por las propias instituciones. Ni siquiera el escenario más temido, que el politólogo Scott Mainwaring había denominado “la difícil combinación” (de presidencialismo con multipartidismo), representó un trance insoluble. Los presidentes se arremangaron y, emulando al parlamentarismo, usaron sus gabinetes para lograr apoyos estables en el Congreso: nacía el “presidencialismo de coalición”.

La deriva parlamentaria no terminó ahí. Un poco después de las coaliciones llegaron los juicios políticos, un instrumento hasta entonces atrofiado que sólo se consideraba un preanuncio de golpe militar. Ahora, aunque desprolijos, los impeachments van hasta el final: los congresos deponen presidentes a granel. Pero, a diferencia de antaño y aunque no simpaticemos con los sucesores, las democracias no caen con los presidentes.

También, para asombro de los seguidores de Linz, algunos presidentes cancherean. Tiran tacos y rabonas en congresos donde están en minoría. Saben que después arreglan por atrás: votos por cargos o fondos, como en Argentina y Brasil, o impeachment por indulto, como en Perú. Pero, en política como en familia, cuando se acaba la plata se inicia la crisis. Entonces los votantes se aferran a los presidentes que están, reeligiéndolos hasta el infinito, o los eyectan sin darles otra oportunidad.

El politólogo noruego Leiv Marsteintredet estudió la paradoja de que en América Latina se multipliquen, simultáneamente, las reelecciones y las destituciones. Los presidentes, dice Leiv, “o duran de más o duran de menos”. Falta encontrar el equilibrio entre la rendición de cuentas, que se resiente cuando el presidente no puede reelegir, y el mandato popular, que se lesiona cuando el presidente no puede terminar.

Sin embargo, los politólogos brasileños Matías Spektor y Eduardo Mello insisten con variaciones sobre el diagnóstico de Linz: el presidencialismo latinoamericano no funciona, denuncian, porque el armado de las coaliciones se financia con clientelismo, patronazgo y corrupción. Cabría recordar que estas prácticas se usaron antes y mejor en Estados Unidos: el aparato de Tammany Hall gobernó NuevaY ork durante casi un siglo, y John Kennedy ganó la presidencia con el voto de los cementerios de Chicago. No, el problema no es el presidencialismo ni América Latina sino, otra vez y bajo ciertas circunstancias, su combinación con el multipartidismo. Más que una crisis à la Linz enfrentamos un problema à la Mainwaring. Y la respuesta podría ser, otra vez, superar la rigidez presidencialista adoptando prácticas parlamentaristas. Los partidos programáticos son una utopía, pero reformas institucionales pueden reducir la fragmentación y fortalecer la disciplina partidaria.

Lo que se extendió en esta zona de América es una combinación de democracia con presidencialismo al ritmo latino. Al principio nadie apostaba por la pareja en la pista, pero con el tiempo ésta mostró que podía bailar, y bien apretadita. Ahora llegó el tiempo de probar que puede seguir bailando cuando cambia la música

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