Debates estériles

 

Por Luis Tonelli

 

Populismo y neolibrelismo no son opciones sino distintas maneras de hacerse de los dólares que necesita el país

 

De un tiempo a esta parte la política argentina se ordena en relación a la disyuntiva entre dos “relatos”: populismo vs neoliberalismo; y entre dos metodologías de política económica: schock vs. gradualismo.

La primer disyuntiva ya es un clásico argentino y latinoamericano, y que ahora se ha extendido globalmente (estamos hablando del típico populismo latinoamericano, estatista y distribucionista, ya que populismo ha existido en muchas partes del mundo y bajo todo tipo de pelajes). El populismo estatista es típicamente criticado por “tirar manteca al techo” aprovechando el buen precio internacional de las commodities y por aprovechar la bonanza para cimentar personalismos, agrandar el tamaño del Estado al mismo tiempo que lo saquea. Por su parte, el neoliberalismo es acusado de promover “el ajuste y la baja de los salarios” y gobernar para los que “más tienen”.

Los acusados de populistas, se defienden diciendo que su gobierno ha siempre actuado a favor del Pueblo y en contra las corporaciones empresariales y que nunca la gente estuvo tan bien como durante sus gobiernos. Por su parte, los acusados de neoliberales se defienden diciendo que el populismo deja un país en bancarrota y que es necesario recuperar la confianza internacional para atraer inversiones, y mientras se da este proceso, lograr que al menos le presten al país a buena tasa y en cantidad suficiente.

Por último, los populistas siempre han justificado su derrota como una confabulación del establishment -siendo clave el papel de las corporaciones mediáticas- y los neoliberales han entendido la suya como causada por la resistencia inusitada de las fuerzas que resisten el cambio y con eso garantizan el atraso del país.

El otro debate tiene lugar cuando la economía muestra desequilibrios importantes, como en la actualidad: ¿conviene corregir los desajustes de una vez y por todas, con una política de shock -que puede ser ortodoxa o heterodoxo -como se hizo durante el Plan Austral de 1985- o bien gradualmente (como lo intenta inéditamente en el país Cambieos)?

Los que están a favor del shock argumentan que el gradualismo se fija metas que cada vez se alejan más al deteriorarse la situación y volverse entonces necesario un shock mayor. Y los que apuestan al gradualismo dicen que los shocks en Argentina generan un enorme costo social y que abren la puerta a la tan temida ingobernabilidad.

Así están las cosas. Y sobre estas líneas de combate cavan sus trincheras contendientes de un lado y del otro de ellas, sus correspondientes house organs y sus tifosis. Indicador contundente que estos conflictos y polémicas pagan, al menos, políticamente. Cada bando refuerza su identidad en el choque con el otro y la ancha avenida del centro queda así subsumida a un sendero casi imperceptible en el bosque enmarañado de la política del conflicto.

Es que la puesta en escena de todo esto no deja de ser atractiva: hay villanos y hay héroes. Hay ideas e ideologías. Hay papers, conclaves técnicos y académicos saturados de powerpoints. Y también, show para Intratables. Sin embargo, y más allá de esta parafernalia de personajes, argumentos, instituciones y show business, los dos debates excluyentes de la política argentina son estériles y, más aún, ayudan a confundir y a esconder más que a esclarecer las políticas necesarias para el país.

Y es un debate estéril porque populismo o neoliberalismo no son opciones. Son, en esencia, modos coyunturales y oportunistas de hacerse de los dólares que necesita el gobierno para hacer frente a sus obligaciones. Cuando se agota el apretar al campo, entonces hay que ir por la deuda. Si en el primer modelo, convenía tener de amigos a Venezuela, en el segundo conviene ir a Davos. Si en el primero, la coalición ideal es la del conurbano, y por eso Kirchner hizo todo para ponerse de su lado a los torvos intendentes del primer y segundo cordón, para la coalición neoliberal es ideal la que tiene epicentro en la Ciudad de Buenos Aires, poblada de golden boys que estudiaron afuera con amigos en Wall Street y Washington. Tanto es así que al Carlos Menem encontrar agotado el modelo bajo el cual él se hubiera sentido cómodo, el populista, al llegar al Gobierno y tener que adoptar un curso neoliberal para hacerse de los dólares, contrató a los Harvard´s Mingo Cavallo y Martín Redrado.

La cuestión de fondo entonces no pasa por las recetas para obtener coyunturalmente los dólares, sino como encausar el dinero que hoy se derrocha en costos de gobernabilidad para redireccionarlos para aumentar la productividad, incrementar las exportaciones, y mostrar negocios posibles para las inversiones. Si no, lo único que conseguiremos con el maquillaje neoliberal es endeudarnos hasta que se acabe el crédito.

Y aquí entra el segundo debate estéril: shock y gradualismo no son opciones, si no que dependen de cuan cerca esta el país de un colapso. Si la crisis está cercana, o ha estallado, la sociedad se banca un shock, ya que peor no se puede estar. Si no hay clima de crisis, a pesar de tener todos los fundamentals desequilibrados, entonces es posible ensayar el gradualismo si hay forma de conseguir dólares.

Este es el gran changüí excepcional del que disfruta el Gobierno de Cambiemos y que le permite su intento de ir paulatinamente dirigiendo la deuda del gasto que se convierte en fuga a la inversión productiva. No es una elección. Es una necesidad.

 

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