Reflexiones sobre el día después

El optimismo de la población es elevado, aunque existan nuevos y sobrados motivos para la cautela.

Contra todo cálculo previo, la reforma electoral ha situado al sistema político argentino en una parálisis imprevista en sus expectativas políticas y electorales. Para una mayoría sustancial del electorado, la Presidenta puede y, por tanto, debe asumir sin más trámite la responsabilidad de un nuevo período presidencial. Las contradicciones, diversidades y limitaciones internas del kirchnerismo y sus relaciones con las diversas fracciones deberán quedar para después y ser resueltas en otras instancias. Una amplia mayoría de votos, muy por encima de lo esperado por el propio Gobierno, parece respaldar este mensaje inequívoco de la sociedad. Para esas mismas mayorías, la oposición no puede y, por tanto, no debe siquiera perder el tiempo en la definición de propuestas alternativas. Su papel electoral parecería, a poco menos de un mes de los comicios, definitivamente agotado.

Más allá de diferencias mínimas y no consolidadas, ninguno de los candidatos opositores parecería alcanzar un caudal de votos superior al obtenido el 14 de agosto. Una Argentina más optimista que en otras elecciones presidenciales, menos encerrada entre falsas opciones, más abierta a la innovación y, en cierto sentido, más diversa y plural, aguarda con paciencia. A casi todos los efectos, la campaña ha terminado y si continúa es porque, de aquí en más, será casi gratis, gracias al generoso mecanismo de financiamiento público del gasto electoral. Todo ello no parece suficiente para estabilizar las expectativas de futuro de una sociedad con nuevos y sobrados motivos para la cautela. La gravedad de la crisis internacional amenaza con fisurar el supuesto “blindaje” de las economías emergentes y pocos se animan a reconocerle al país capacidades extraordinarias como ocurría hasta hace pocos meses.

El talante general del ciudadano común podría definirse, según sus propias palabras en las encuestas de opinión, como de “esperanza preocupada”. Un análisis de los indicadores de aceptación de la política económica que ofrece el Monitor de Tendencias Económicas y Sociales elaborada por la consultora OPSM revela, al comenzar el último trimestre del corriente año, que la expectativas de optimismo hacia el futuro han descendido por lo menos 10 puntos del nivel promedio de los últimos tres años. Si bien la crisis parece haber quedado atrás, una amplia mayoría de la ciudadanía cree que el crecimiento económico dista todavía de ser un verdadero logro definitivo y sostenible. Muchos creen, incluso, que el país vive todavía en emergencia y el cambio de algunas variables del contexto internacional augura dificultades imprevistas e inesperadas, capaces de revertir el pronóstico compartido hasta el 14 de agosto.

Desde esta perspectiva, un balance estratégico de la Argentina sugiere, por el lado de las fortalezas, la persistencia de una revolución desde la demanda, que condiciona y anima la recuperación sostenida de las posibilidades de quienes gobiernan –cualquiera sea el nivel en que los desafíos electorales se presenten-.

El sistema político se consolida en un contexto de desbloqueo y distensión ideológica. El país redescubre así la importancia de la política, acelera el recambio dirigencial y premia, con muy pocas excepciones, los títulos de gestión de intendentes y gobernadores. Buena parte del capital electoral del Gobierno se apoya, precisamente, en un reconocimiento de su gestión, no exenta de críticas a aspectos instrumentales, aunque combinada con una dosis creciente de consistencia y densidad institucional. Por el lado de las debilidades, la sociedad advierte las dificultades del Gobierno para instalar un mejor clima de expectativas. La debilidad institucional, el vacío de pensamiento estratégico, la crisis de los diagnósticos recibidos y modelos de referencia, los problemas de implementación y la crisis de la representación no son por cierto patrimonio de la política gubernamental. Alcanzan a todos los sectores políticos y sociales y, sobre todo, a las fuerzas de oposición.

El activo más claro del sistema sigue siendo el de las oportunidades. El país vive una revolución desde la demanda, en la que la presión pública condiciona cambios en las estructuras de poder y en los comportamientos de la política y de los principales factores del proceso económico. La capacidad de innovación se instala sobre todo en el nivel de los gobiernos locales y el afianzamiento de las organizaciones de la sociedad civil fuerza nuevos equilibrios que no tardarán en cristalizar en un proceso de reconstrucción institucional. Las expectativas de una reforma institucional profunda –que incluya aspectos constitucionales– no tardarán en presentarse. Tanto por el lado de las tendencias reeleccionistas de la coalición de gobierno como, sobre todo, por el lado de la oposición. El sistema de elecciones presidenciales en distrito único, con doble vuelta y un límite del 40%, condena a los partidos de oposición a un papel secundario. Es uno de los aprendizajes de este nuevo ciclo electoral y difícilmente pasará inadvertido a todo aquel que haya arriesgado algo y perdido en las presentes elecciones.

Las amenazas a la continuidad de este proceso son, empero, importantes. La dependencia ideológica respecto de recetas importadas se combina con dosis todavía peligrosas de fundamentalismo –tampoco patrimonio exclusivo de la política–, la resistencia a la innovación y algunos reflejos defensivos que enervan la capacidad de riesgo en un país donde se imponen exigencias impostergables de apertura y competitividad. Una vez más, todo depende de la capacidad de la sociedad para ese salto estratégico que demanda una coyuntura pocas veces tan prometedora como la actual.

(De la edición impresa)

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