Cristinismo para todos

El mentor de la década menemista, prepara el segundo mandato de CFK.

Cuando una fuerza política proyecta su misión histórica a niveles descomunales, más allá de gobernar el país durante cuatro, ocho o doce años, y lo hace además con un amplio respaldo popular, es imaginable que contenga en su seno no sólo a todos los sectores sociales sino también una reproducción del arco ideológico completo, de la izquierda a la derecha. No es algo nuevo en estas tierras: el peronismo se consideró siempre como un movimiento nacional antes que un partido político.

Mientras el Partido Justicialista compartía el escenario con otros partidos y se expresaba como “rama política” del movimiento, el Movimiento Nacional Justicialista contenía además las ramas sindical, femenina y juvenil, incluyendo en su universo corporativo a las Fuerzas Armadas, los empresarios, las Universidades, la Iglesia y los intelectuales “del pensamiento nacional”. Casi treinta años de democracia y un consecuente proceso de democratización tamizaron estas expresiones tradicionalistas del nacionaljusticialismo situándolas en un sedimento residual.

Pero perviven ciertas reminiscencias de esta concepción organicista, corporativa y antiliberal, incentivadas ahora por la perspectiva de un triunfo plebiscitario de Cristina Kirchner el próximo 23 de octubre. Es el lugar que le toca al peronismo en su actual fase “cristinista”: ha quedado sólo en el centro de la escena y extiende sus alcances hasta donde les den su propia voluntad y capacidades, sin otro poder que se le contraponga o actor político que esté en condiciones de competir con él. Kirchnerismo, peronismo y movimiento nacional se subsumen así bajo una común identidad de propósitos, la de acompañar a la Presidenta en “la defensa y profundización del modelo y del proyecto nacional”.

Sus componentes ideológicos abrevan de distintas fuentes intelectuales: la vertiente histórica del peronismo revolucionario (Carlos Kunkel, Norberto Galasso), la renovación generacional (Juan Abal Medina y “los sub-40”), la vertiente nacionalpopular (Horacio González), la vertiente populista radicalizada (Ernesto Laclau) y el colectivo Carta Abierta reuniendo confluencias provenientes de distintas diásporas de la centroizquierda (con Ricardo Forster como principal referente).

A estos componentes que tributan a la matriz ideológica kirchnerista cabe agregar ahora un nuevo aporte, que se propone para la etapa que se inicia desde un costado inesperado y seguramente incómodo para sus correligionarios. Se trata, ni más ni menos, que del autor intelectual del anatemizado “modelo neoliberal de los ’90”, el arquitecto de las privatizaciones de Carlos Menem y uno de los principales cerebros de las reformas económicas e institucionales de aquella década: Roberto Dromi.

El ex ministro de Obras Públicas de Menem le pone nombre a esta nueva hegemonía: no sólo porque Cristina “es garantía de gobernabilidad” (reportaje de Rodrigo Conti en el semanario Democracia, 30/5) sino porque ha surgido “el pancristinismo”, al que define como “instancia política y social superadora de las burocracias partidarias y con una identidad prevaleciente sobre el propio justicialismo y el Frente para la Victoria” (El Cronista, 19/8). El pancristinismo, en la visión de Dromi, propone “un nuevo contrato social para gobernar la Argentina con ‘voluntad general peronista y no peronista’; con macristas de la ciudad de Buenos Aires, socialistas de Santa Fe, radicales de Santiago del Estero y de Mendoza, entre otros, sin descuidar el generoso y sorprendente apoyo de vastos sectores agrarios”.

Dromi cita a Husserl y Ortega y Gasset pero, sabemos, no es un teórico alejado de los resortes que mueven las ruedas del Estado, las empresas de servicios públicos y la administración general del país. Por eso, así como lo hizo con Menem hace veinte años, propone un programa de gobierno 2011-2016 “llave en mano” para el segundo mandato de Cristina (“Políticas para gobernar”, Ediciones Ciudad Argentina-Epoca). Es un “ensayo de gobernabilidad política e institucional” que cubre todo: gestión nacional, provincial y municipal, metropolitana y territorial, cultural y social, económica y financiera; productiva e industrial; comunicacional y de la información;
infraestructural y energética.

Se trata, señala su autor, “de armar una política de ensamble para coordinar todo lo hecho con lo que falta”. Y habla casi como un futuro ministro o consejero presidencial:
“El crecimiento y el bienestar del 2003 al 2011 necesita inexorablemente una continuidad. Y las políticas de ensamble están porque Cristina las tiene. Tenemos el piloto, tenemos la política, tenemos todo. La sociedad concibe que hay que recorrer
estos kilómetros que faltan para llegar al puerto”.

Preguntado por su amistad y cercanía con el ministro Julio de Vido, veamos lo que responde Dromi en el mismo reportaje publicado en Democracia, y acaso encontraremos allí algunas claves de lo que vendrá: “Lo admiro a De Vido, es un ídolo. Lo admiro por hacer lo que ha hecho en ocho años, es un gigante. Es un soporte estructural fundamental y hay que pensar bien su sucesión. Hay que corregir cosas,
quién no se da cuenta de que hay que corregir los subsidios. Hay que corregir los subsidios de capital, no los subsidios sociales, porque vamos a matar a la gente. Claro que hay tarifas que están retrasadas, pero no es momento. Ahora se está definiendo otro tema. Ese ajuste se hará después de las elecciones”.

Es el prodigio peronista en su nueva edición y está claro que seguirá el debate: menemismo y kirchnerismo, ¿antagónicos, sucedáneos o contracaras de una misma continuidad? ¿O todo junto al mismo tiempo?

(De la edición impresa)

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