El 50,2% y la geopolítica

En un mundo cambiante, el kirchnerismo logró ser visto como “el partido de los tiempos que corren”.

Nadie cree, tras las primarias, que no tendremos nuevo gobierno kirchnerista hasta 2015. A su vez, el mal desempeño del resto nos impide hoy imaginar cómo sería una coalición electoral mayoritaria opositora en el futuro.

Dos fuerzas se vislumbran en el horizonte: el Frente Amplio Progresista, que quedará segundo en las elecciones presidenciales, y el PRO, que en Santa Fe demostró creatividad para abordar su enorme desafío allende la General Paz. Este contundente resultado electoral nos dice que la Argentina, como a fines del Siglo XIX, está dentro en un ciclo político prolongado.

Las tradiciones republicana y antipolítica agitaron históricamente el fantasma del hegemonismo de la Casa Rosada cuando la realidad es que la Argentina constitucional, a nivel presidencial, siempre se ha caracterizado por los ciclos cortos y la inestabilidad. El roquismo y el peronismo supieron, ellos sí, trascender sus mandatos y constituirse en breves eras de más de dos décadas. El yrigoyenismo y el menemismo estuvieron cerca de lograrlo, pero no llegaron. Ahora el kirchnerismo, con su tercer mandato en puertas, se ubica en esa línea de expectativas.

Así las cosas, ya podemos preguntarnos si acaso el kirchnerismo, como los fenómenos previos, fundaron su éxito político en una correcta interpretación del contexto internacional. Las teorías del comportamiento electoral dicen que la gente vota por las más diversas razones, pero por algunas más que por otras. Las favoritas son aquellas que se relacionan lo más directamente posible con el votante: la satisfacción económica, la lealtad partidaria, la comunicación eficaz, el rechazo al gobierno, el clientelismo, etcétera. Por eso, ligar los resultados electorales con un fenómeno tan macro como las relaciones internacionales puede parecer, en estos términos, un ejercicio irreal.

Sin embargo, los resultados electorales nacionales se vinculan a debates políticos más sofisticados. Se supone que el votante promedio no participa de ellos. Sin embargo, desde los años sesenta las investigaciones en psicología política demostraron que todos, desde la campesina analfabeta hasta el médico que escucha ópera, tenemos un sistema de creencias, que procesamos nuestras ideas en forma similar, que las ideas de las élites surgen de las sociedades en que éstas viven y que luego éstas se retransmiten por diferentes vías. Aunque no siempre se vean a nivel individual, hay nociones profundas en el electorado que dan cierta racionalidad a los comportamientos colectivos.

La Presidenta sostiene reiteradamente que su gobierno de ocho años tiene una visión internacional, y en nombre de ella no se priva de hacer recomendaciones a sus pares. Lo que dice es cierto, aunque sea parcial. Es improbable que Néstor y Cristina Kirchner hayan contado, desde 2003, con un diagnóstico y pronóstico acerca del estado de un mundo imprevisible. Pero el modelo político que crearon se impuso porque fue el que mejor se adaptó a los cambios globales.

GESTIONAR UN MUNDO REVOLUCIONARIO

Enfrascada en fuertes debates internos, y participante ingenua de un conflicto de poder entre el Gobierno y los grandes medios de comunicación, la opinión pública argentina –aun los segmentos más educados– están verdaderamente desinformada acerca de lo que sucede en el mundo. La responsabilidad no recae, sin embargo, en los medios, que nos ofrecen un enorme caudal informativo, sino en el bajo rendimiento de académicos, periodistas especializados, analistas y todos aquellos que deberíamos traducir al público la complejidad del presente.

Estamos asistiendo a una crisis estructural de Europa, que afecta tanto a los pequeños países que la conforman como a su proyecto de integración continental. La globalización ya no se reduce al Atlántico Norte: el comercio del Pacífico es ahora tan importante como aquél. El ascenso del Pacífico es la consecuencia de una nueva fase del capitalismo y su expansión productiva, que en la posguerra alcanzó al Japón y los “tigres asiáticos” y, en las últimas décadas, a China y la India. Estados Unidos, ubicado entre ambos océanos, tiene asegurada su hegemonía mundial por un buen tiempo, pese a los denodados esfuerzos de Bush Jr. y el Tea Party por llevar a su país a la bancarrota. Ni ellos lo lograrán.

Potencias de otrora, como la mencionada China, así como Rusia, Turquía y Polonia, y nuevas, como la India y Brasil, experimentaron un salto de productividad, recuperaron parte de su peso relativo en el PIB mundial y dieron un impulso a la demanda de recursos naturales y agroalimentarios de los que América del Sur es un reservorio privilegiado.

Este es el mundo revolucionario en el que la Argentina está inmersa. Con un crecimiento económico superior a la media mundial, nuestro país hoy ocupa el lugar número 22 en el ranking de PIB (según paridad de poder adquisitivo) mundial. Avanzó ocho lugares desde 2002. Aunque no hayamos resuelto nuestros problemas de pobreza y desigualdad, si mantenemos las tasas actuales en algunos años estaremos nuevamente entre las 20 economías más importantes. Somos una potencia emergente intermedia. Y a partir de nuestra asociación con Brasil, más vigorosa e interdependiente que nunca, formamos parte de una región que cuenta con un proyecto autonómico –polémico, desorganizado y desfinanciado, pero real– de inserción en la globalización. La forma más vanguardista de ese proyecto es la UNASUR –algo utópica, tal vez contradictoria y también desfinanciada, pero no menos real– que contempla una agenda desarrollista de integración física continental que, a medida que avance, abaratará los costos de producción y distribución de nuestros recursos.

La gestión política de semejante transformación requiere algunas características que el kirchnerismo comparte –con las diferencias del caso– con los oficialismos de muchos países emergentes. Se trata de una fuerza política con capacidad de absorción y respuesta de las demandas populares, una condición indispensable para mantener apoyos políticos e implementar políticas compensatorias de los desequilibrios que producen los cambios económicos globales.

Algo similar puede decirse de su aspecto estatista, relegitimado en nuestra época neoproteccionista. Está conformado por un partido político con control territorial, en una era que vuelve a valorar la organización política. Heredero de la práctica frentista del peronismo, cuenta con la dosis de flexibilidad y pragmatismo necesarios para superar, a partir de acuerdos precarios pero renovables, el problema de la fragmentación de nuestro sistema de partidos: gobernadores, intendentes, sindicalistas, piqueteros, progresistas y conservadores, todos conviven bajo el paraguas presidencial.

La tradición latinoamericanista del peronismo le viene al pelo para sintonizar con el proyecto regional brasileño. El kirchnerismo, en suma, fue el mejor para condensar buena parte de la ensaladera de respuestas políticas que propone el mundo contemporáneo, y ello le sirvió tanto para capturar más preferencias particulares, como para convencer al electorado colectivo de que es “el partido de los tiempos que corren”.

(De la edición impresa)

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