Votar afuera

(Columna de Natalia Del Cogliano)

Hay más de 40.000 argentinos registrados para votar en el exterior pero sólo un porcentaje menor ejerce ese derecho

 

A diferencia del resonante fin del plazo para el reconocimiento de alianzas y presentación de listas, la primera fecha del calendario electoral suele pasar desapercibida tanto para la clase política como para la ciudadanía en general. Sin embargo, es una instancia crucial para el ejercicio de los derechos políticos de los ciudadanos argentinos que  “viven afuera”. El cierre del padrón provisorio, que en este turno electoral fue el pasado 25 de abril, marca también el límite para inscribirse en el registro de electores residentes en el exterior.

Pero la realidad es que pocos compatriotas ejercen el derecho a “ votar afuera”  del que gozan desde 1991. Cuando miramos los niveles de participación electoral de los argentinos en el extranjero, encontramos que según datos de la Dirección de Migraciones Internacionales y la Cámara Nacional Electoral, del millón aproximadamente registrado a la fecha sólo unos 40.572 están inscriptos para votar, y que de ese ya pequeño grupo en las últimas tres elecciones presidenciales votó el 19% en 2007, el 15% en 2011 y el 25,5% en 2015. Se trata de un total de entre 7.600 y 10.100 electores. Nada más. En las elecciones de medio término esta escasa participación suele ser aún menor (en 2005, por ejemplo, la concurrencia a las urnas fue del 8,4%).

Las principales razones de tan bajos niveles de participación no pueden atribuirse exclusivamente al desinterés o desconexión de los potenciales electores en el extranjero respecto al devenir político argentino. Si bien este es un factor que en gran medida explica la poca participación y sobre el cual los gobiernos deben trabajar para que nuestros conciudadanos no dejen de sentirse parte del destino del país y conozcan sus derechos, hay razones mecánicas más concretas y, como tales, más fácilmente modificables, que explican tales guarismos. Estas refieren a los trámites que cada argentino debe realizar para poder emitir su voto desde cualquier otra parte del mundo.

La primera condición con la que todo ciudadano argentino en el exterior debe cumplir para poder votar es acercarse al consulado correspondiente para realizar el cambio de domicilio a su nuevo lugar de residencia –hoy alrededor de 452.000 argentinos están matriculados–. En segundo lugar, hecho dicho trámite, debe proceder a empadronarse inscribiéndose en el registro de electores residentes en el exterior completando un formulario por internet o de forma presencial. De lo contrario, ese ciudadano seguirá figurando en el padrón doméstico. Como si no fuera suficiente, la tercera condición es acercarse al lugar de votación (consulado o embajada) el día de los comicios –se vota con sistema de boleta única y sólo para cargos nacionales–, lo cual muchas veces implica altos costos de traslado. Si bien ninguna de estas condiciones es en sí misma excluyente, lo cierto es que conjuntamente son causa de que la brecha entre el millón aproximado de argentinos residiendo en el extranjero, aquellos inscriptos en el registro de electores, y los entre 7.600 y 10.100 que finalmente votan, resulte tan grande.

En 2009 desde el Ministerio del Interior se buscó poner en marcha el programa “Provincia 25”. Este buscaba asegurar el ejercicio de los derechos electorales de los argentinos residentes en el exterior facilitando los mecanismos de inscripción y participación, y planteando su representación parlamentaria específica como “Provincia 25” –distrito exterior–. Sin embargo, quedaría trunco. Luego, la mayor participación registrada en las elecciones de 2015 con respecto a años anteriores fue en gran medida consecuencia de una fuerte campaña de atracción del voto de ciudadanos políticamente afines en el exterior por parte de la alianza Cambiemos (específicamente el PRO).

Por supuesto Argentina no es el primero ni el único país que prevé un régimen de participación electoral para sus ciudadanos emigrados. De hecho, según Andrew Ellis (IDEA 2007) la idea de voto desde el extranjero nació con el emperador romano Augusto. Los miembros del Senado local de las 28 colonias recién establecidas estaban facultados para votar en la ciudad de Roma, para lo cual enviaban sus votos sellados a la ciudad. En la actualidad, alrededor de 116 países cuentan con disposiciones legales que permiten el voto en el extranjero.  Entre ellos, existen tres grupos mayoritarios: 55 prevén un sistema de voto presencial, 25 voto postal, y 27 sistemas mixtos.

Si en línea con la campaña partidaria de 2015, el oficialismo nacional se propusiera introducir reformas para facilitar el voto de un electorado que identifica como mayoritariamente afín, podría, por ejemplo, promover la simplificación del proceso de doble inscripción (cambio de domicilio + inscripción en el registro de electores) para el ejercicio del voto. ¿Una forma? permitiendo la tramitación online del cambio de domicilio en el DNI (y el consiguiente envío postal del nuevo documento al aplicante) en tanto se trata de un trámite declarativo, y volviendo automática la inscripción al registro de electores una vez realizado dicho trámite. En segundo lugar, el requisito de trasladarse hacia la sede consular (muchas veces muy alejada del domicilio del elector) para emitir el voto, podría reemplazarse por un sistema de voto por correo (como hacen, por ejemplo, lo ciudadanos italianos o españoles en Argentina). Esta alternativa implica un Estado más activo en la búsqueda del voto de sus ciudadanos, pero que aún genera suspicacias sobre la identidad de quien efectivamente emite el voto. Para los 25 países que actualmente emplean el sistema de voto por correo resulta imposible corroborar en un 100% la identidad de quien coloca la boleta en el sobre. Pero más difícil es concluir que, si un elector otorga a otro la potestad de colocar su voto en el sobre (como muchas veces ocurre con nuestros abuelos españoles o italianos), no es su voluntad la allí expresada. Sin embargo, el principio de secreto del voto sí queda limitado antes del envío del sobre que lo contiene. El voto online, más simple y económico que la alternativa postal, parece no obstante una alternativa poco atractiva para administrar la desconfianza en un mundo cada vez más enterado de casos de interferencias externas en procesos eleccionarios. Por último, para no significar sólo un mayor gasto para el Estado, la apertura de sedes adicionales de votación debería partir de la simplificación del registro, primero, y luego basarse en un análisis sobre la geolocalización de los argentinos residentes en cada país que permita ubicarlas en zonas accesibles a la mayor cantidad de potenciales electores.

Si bien no se trata del principal aspecto de nuestro régimen electoral, en las últimas décadas y, sobre todo, desde 2001, Argentina dejó de definirse únicamente por su condición de país de inmigrantes para ser también un país de emigrantes. Esta nueva condición, fundada tanto en momentos de crisis como de oportunidades que “ tiran hacia afuera”  y en la convivencia con un mundo globalizado y globalizante, requiere que Argentina se permita revisar los mecanismos para mejorar las condiciones de ejercicio de los derechos políticos de sus compatriotas en el exterior.

Como toda reforma electoral, por su propia naturaleza, cualquier cambio en un sentido u otro en este campo tendrá siempre sus explicaciones y motivaciones políticas. Sin embargo, no es menos cierto que aumentar la participación electoral de una ciudadanía cada vez menos atada al territorio implica asegurar la plena vigencia del principio de sufragio universal fortaleciendo la legitimidad democrática.

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