El ajuste de Dilma anticipa el tsunami

El mundo avizora una crisis brutal. Mientras algunos presidentes planean cumbres, otros toman medidas.

Se viene el agua. En el horizonte aparece una tormenta perfecta: se apagan los dos motores tradicionales de la economía mundial (Estados Unidos y Europa), ratea el tercero (China) y se incendia el depósito de combustible (Medio Oriente). Petróleo caro y colapso de la demanda están a la vuelta de la esquina. En Unasur, el presidente
colombiano Juan Manuel Santos sugiere juntarse para enfrentar el huracán. Su análisis es inteligente y su propuesta simpática, pero abrazarse en la playa sirve para morir abrazado. Los grandes desastres naturales exigen evacuación, buscar un refugio cubierto en caso de huracán o elevado si golpea un tsunami.

El gobierno de Brasil lo entendió y empieza a acumular víveres con políticas anticíclicas y aumento del superávit fiscal, que ya era alto. El keynesiano que no ahorre ahora estará muerto en el corto plazo. No hace falta detallar los problemas financieros de Estados Unidos: son tan evidentes que hasta las agencias de rating se dieron cuenta. La notación triple A es parte del pasado dorado bushista.

La situación en Medio Oriente es tapa de los diarios, y se agravará cuando la primavera avance hacia Irán y Arabia Saudita, los principales productores de petróleo. Fuentes informadas recomiendan llenar el tanque ahora. Lo de China es menos trágico y más gradual, aunque Nouriel Roubini pronosticó problemas para 2013 y sus presagios suelen arrimar. Queda Europa, el caso más intrigante por lo evitable que resultaba su tragedia anunciada: en 1999, cuando fue lanzado el euro, Milton Friedman declaró que no sobreviviría a la primera recesión.

Políticos y economistas europeos adjudicaron el pesimismo al neoliberalismo anglosajón y decretaron el fin de los default, los déficit y las devaluaciones. Vítor Constâncio, el presidente del Banco Central portugués, llegó a afirmar que con la nueva moneda desaparecía el riesgo soberano, o sea, la posibilidad de que un país quiebre. Hombre inteligente, fue premiado con una vicepresidencia del Banco Central Europeo que aún ocupa. Mentes de esa calaña, convencidos de haber transformado a la realidad en Disneylandia, siguen gobernando la economía de Europa. Cualquier parecido con la gestión aliancista de Domingo Cavallo merece un capítulo de Plutarco.

Pero como en la Argentina de 2001, el problema de Europa no son sólo los economistas: es De la Rúa. Angela Merkel no tendrá el carisma del ex Presidente pero sigue sus pasos con maestría. Gordon Brown acaba de contar en The New York Times como, en octubre de 2008, les explicó a los líderes europeos que sus bancos y su moneda estaban en peligro, sólo para recibir miradas escépticas e ironías sobre la
anglosajonidad de la crisis. Ahora, afirma Brown, la crisis es demasiado grave como para que Europa la resuelva sin financiamiento masivo del FMI, de Estados Unidos y China, además de Alemania.

En otras palabras, Obama no puede frenar el colapso de la economía estadounidense y se le pide que salve el euro: Brown sabe que su diagnóstico es un epitafio. Y no es el único. Felipe González acaba de afirmar que no se puede perder más tiempo sin lanzar un bono europeo antes de que se desangre la zona euro y arrastre toda la construcción europea. Luís Amado, ministro portugués de Relaciones Exteriores hasta este año, fue aún más claro en un encuentro con especialistas en relaciones internacionales: el fin del euro tendrá como consecuencia que no pueda procesarse pacíficamente la reconfiguración en curso del orden mundial. El quiebre de la moneda acabaría con la Unión Europea, que constituyó en las últimas décadas la mayor fuerza estabilizadora del polvorín mediterráneo. En media hora de discurso, mencionó la palabra guerra varias veces. La única solución, sentenció, es el bono europeo, que Alemania rechaza.

El plazo para decidirlo es de semanas; la duración del fracaso se mediría en décadas. Y al final, como corresponde a un estadista responsable, mintió: dijo que era optimista y que, como el euro debía ser salvado, lo sería. Ante este escenario, en América del Sur, Santos propone aumentar los intercambios regionales para depender menos del resto del mundo y Dilma decide elevar el superávit primario. Ambas medidas son necesarias y razonables.

Otros gobiernos parecen menos preocupados, quizás confiados en el efecto jazz. Conviene preparar los botes.

(De la edición impresa)

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