Liderazgo populista y empatía aspiracional

(Columna de la politóloga María Esperanza Casullo)

Han surgido líderes políticos que, con estéticas y lógicas distintas al populismo clásico, establecen lazos similares con su base electoral.

Un componente esencial de los liderazgos populistas es la relación afectiva directa y personal que se establece entre el (o la) líder y sus seguidores. Lo característico de este lazo de representación es su carácter fuertemente emocional; el lazo populista es, ante todo, una relación afectiva que se establece entre líder y seguidores, sin que medie una ideología, un programa o una estructura partidaria. Como lo expresó Max Weber, la representación populista es carismática, es decir, se basa en la creencia de que el líder está investido de características especiales que trascienden al común de las personas.

Si bien existe consenso acerca de cómo es el lazo de representación populista, poco se ha escrito acerca de los diferentes contenidos que el mismo puede expresar. Hay consenso acerca de que la relación es directa y personal. Es necesario avanzar en la identificación de subtipos según el tipo de afecto que es investido por los seguidores en el (o la) líder o según sean las cualidades que le son reconocidas como parte de su carisma personal.

Este tema ha sido mejor tratado para los populismos clásicos o de izquierda, como los de Juan Domingo Perón o Getulio Vargas. En estos casos, la apelación afectiva estaba basada en una promesa de redención popular. Estos líderes se comprometían personalmente a llevar adelante la causa de redimir la tragedia de un pueblo que había sido robado de su destino histórico por un actor social (en general la “oligarquía” o otros sectores de la élite económica aliados con el “imperialismo” internacional). Esta promesa redentora se expresaba concretamente en el compromiso del líder de llevar adelante una redistribución económica que haga llegar rápidamente bienes y servicios a los sectores populares.

Encontramos, sin duda, casos cercanos a este subtipo ideal en la política latinoamericana actual en figuras como Evo Morales, Hugo Chávez o Rafael Correa. Sin embargo, el escenario es más complejo y obliga a teorizaciones más finas, por cuanto en Latinoamérica encontramos también otro tipo de liderazgo populista que escapa a lo anteriormente dicho.

CAMBIOS

Al lado de liderazgos más clásicamente de izquierda, aparecen hoy otras figuras como Sebastián Piñera, Mauricio Macri, Francisco de Narváez o Miguel Del Sel. Estas figuras también establecen liderazgos personalistas, con partidos e ideologías débiles o difusas, acompañados de fuerte popularidad personal y éxito electoral. Todos ellos comparten un mismo estilo de liderazgo personalista y directo, que desconfía o directamente prescinde de estructuras partidarias fuertes; sin embargo, las políticas públicas prometidas son claramente diferentes entre un campo y otro.

Ni Piñera, ni Macri ni Del Sel prometen realizar una redistribución económica; tampoco se presentan como “uno del pueblo”, ni realizan ninguna apelación popular-nacionalista. Antes bien, muchas veces sus agendas se basan en restringir las transferencias estatales, en privatizar o achicar el gasto público y tienden a utilizar una retórica modernizante e internacionalizante. Ni Macri, ni Piñera, ni De Nárvaez ofrecen una promesa redentora de tipo popular.

Empero, nadie puede negar su capacidad de establecer una relación afectiva directa con sectores amplios de la sociedad. Cabría preguntarse si la apelación no es algo así como un “populismo aspiracional,” es decir, la capacidad de encarnar de manera casi perfecta las aspiraciones personales (casi podríamos decir íntimas) de un sector importante de la población. El ser rico, conocido, y, sobre todo, exitoso, se convierten así en apelaciones potentes en sí mismas, más allá de ideologías preexistentes. (No es casual que el ecuatoriano Jaime Durán Barba, el asesor político de Macri y uno de los principales conocedores de estos nuevos liderazgos haya afirmado repetidamente que “las ideologías han muerto” y “la gente vota personas”).

El lazo afectivo del “populismo aspiracional” no se construye en base a lo que el líder pueda hacer por el pueblo al llegar al poder sino fundamentalmente en lo que el líder es. El hecho de que estemos hablando de personas con fortuna personal no es casual, ya que en nuestra sociedad actual la riqueza personal actúa como una insignia inmediata de éxito y legitimación personal. (Un hecho interesante es que no parece importar si su fortuna es resultado del esfuerzo personal o, lo que es más frecuente, ha sido heredada. Tenerla ya actúa como legitimación). No es casual, tampoco, que los líderes neopopulistas sean adeptos a aparecer con frecuencia con figuras del espectáculo, a mostrar sus autos, yates y su fortuna, y proyectar una atmósfera de glamour (como Mauricio Macri, que hizo de su boda con una joven diseñadora de modas un hito de su campaña).

Casi podría decirse que este liderazgo está basado en la capacidad del líder de corporizar las aspiraciones que amplios sectores tienen acerca de lo que constituye el buen vivir. Su atractivo, así, se fundamentaría en un razonamiento que dice “si esta persona ha logrado realizar en su vida todo lo que yo desearía realizar en la mía debe ser un individuo de excepcional cualidades y, por lo tanto, merece mi voto”. Un corolario interesante de esta apelación es que resulta inmune a los ataques de los adversarios que hacen blanco en la superficialidad, la falta de gusto o el exhibicionismo. Estas características son, antes que una falla, una fortaleza esencial de su atractivo y, al resaltarla, sólo se logra hacerlas más visibles. Por caso, los críticos de izquierda que hacen una cuestión pública de las juergas de Silvio Berlusconi parecen ignorar que, en gran medida, la revelación de esas juergas aumentan de manera integral su atractivo público, así como las críticas a las frecuentes y lujosas vaciones europeas de Mauricio Macri no hacen sino resaltar hasta qué punto su vida resulta envidiable para un sector importante de los votantes.

La aparición de estas figuras, rodeadas de un aura de atractivo aspiracional, pone en el
centro de la escena cuestiones centrales de la política actual, como la centralidad o no de las ideologías, la colusión entre vida privada y vida pública y el solapamiento entre los mundos de la política y del espectáculo.

(De la edición impresa)

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