El demoledor efecto de una diferencia casi imperceptible (0,5%)

(Columna de Juan Pablo Milanese)

Colombia se dividió frente al plebiscito y ahora deberá buscar nuevos caminos para llegar a la paz en un contexto económico más complejo.

Nos levantamos esta mañana y, como todos los lunes, nos fuimos a trabajar. Un día como cualquier otro para la Colombia urbana, pero no para la rural. Aquellos municipios históricamente más castigados por la FARC (los que sufrieron masacres y asesinatos masivos) votaron abrumadoramente a favor del Sí. Estaban cansados de la guerra y razonablemente satisfechos con el acuerdo alcanzado por el gobierno y el grupo guerrillero; sin embargo, son electoralmente irrelevantes y no influyeron sobre el resultado final. Así, con 50,2% a favor de No y 49,8% del Sí, amaneció un país cuya política parece resistirse a la normalidad.

Pero más allá de los puntos de vista relacionados con la paz (o de cómo llegar a ella), en el plebiscito del 2 de octubre estaban también en juego cuestiones que iban desde la acumulación de capital político con foco en las próximas elecciones presidenciales, hasta la vanidad de sus principales dirigentes. En este contexto, una campaña marcada por las expectativas sobredimensionadas de los efectos inmediatos de los acuerdos impulsadas por el Gobierno y una avalancha de miedo irracional (asociada a la ridícula especulación de la implementación de un régimen “castrochavista”) iniciada por el uribismo, produjeron un intenso estrés social que se manifiesta en una Colombia polarizada.

Parafraseando a Juan Carlos Portantiero, el plebiscito evidenció la existencia de un “empate” social que amenaza con un escenario de bloqueo. Situación que se ve agravada por la posición de debilidad en la que quedó sumergido un gobierno que, en pocas horas, pasó de estar a un paso de quedar en la Historia, a dilapidar casi todo su capital.

Este último resultado, es la combinación de una cuota de daño autoinfligido con la capacidad de una oposición (sin duda demagógica) de leer mejor el estado de ánimo de un electorado conservador, que, progresivamente, se fue decantando hacia el No. A esto debemos sumarle una sociedad caracterizada por abrumadora desafección y desinterés en relación a este tema (la abstención fue del 62%), a pesar de las seis décadas ininterrumpidas de conflicto armado.

En relación al primero de los puntos señalados en el párrafo anterior, es imposible no preguntarse cómo una coalición que incluía a la totalidad de los partidos desde la centro izquierda hasta la centroderecha (aunque con socios díscolos como el mismo vicepresidente Germán Vargas Lleras) y controla más de dos tercios de los curules en el Congreso y tres cuartos de las gobernaciones junto a una enorme mayoría de las alcaldías no fue capaz de aprovechar la ventaja que otorga semejante control territorial. De hecho, buena parte de la derrota se materializó en la debilidad exhibida en regiones como la Costa Caribe, uno de los bastiones de los socios del gobierno, donde, a pesar de haber ganado cómodamente, la afluencia de electores fue mucho menor a la esperada (la abstención en distritos clave como Atlántico fue de alrededor del 80%).

Por su parte, fue notablemente eficaz la férrea oposición a los acuerdos que llevó adelante el equipo liderado por Alvaro Uribe y su partido (Centro Democrático), el exprocurador Alejandro Ordoñez (destacado, entre otras cosas, por participar en actividades como quemas de libros junto a la Hermandad San Pío X o Sociedad Lefebvrista de Colombia) y Andrés Pastrana (expresidente recordado por el fracaso en las negociaciones en El Caguán).

A través de ella, lograron articular un discurso que impactó sobre un amplio electorado, naturalmente refractario a cualquier tipo de acuerdo con las FARC. Este no solo se caracterizó, como ya fue mencionado, por difundir el temor frente a la “amenaza castrochavista”, sino también a otras como la “ideología de género”, como Ordoñez define a los derechos de la comunidad LGTBI, que, según sus palabras, pretende “robarle la inocencia a nuestros hijos y nietos”. En este sentido, como señala la revista Semana, mientras los promotores del Sí defendieron su posición con cifras, estadísticas y proyecciones relacionadas a los potenciales efectos del acuerdo, el No prefirió moverse en lo más profundo de la psicología colectiva, logrando un éxito inesperado.

Paradójicamente, después de haberlo hundido, hoy parece ser justamente Uribe y sus aliados quienes tienen la llave para reactivar la renegociación de un acuerdo. De hecho, en el discurso de celebración de la victoria del No, él manifestó voluntad de hacerlo. Sin embargo, puso sobre la mesa una serie de temas que considera intocables y que chocan con las expectativas de unas FARC cuya cohesión interna comienza a esquebrajarse.

Así, como dijo Humberto de la Calle (jefe de negociadores del Gobierno), el No es una extensión de la incertidumbre que prolonga, sin garantías de éxito, el interminable camino de Colombia hacia la paz.

 

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