“La virtud comunicacional de Cambiemos fue resignificar el pasado”

(Por Facundo Matos Peychaux)

Según el especialista en comunicación política Mario Riorda, ese logro es el que explica la imagen positiva que –aunque en declive– todavía goza el Gobierno.

En diálogo con el estadista, el especialista en comunicación política Mario Riorda analiza los traspiés del Gobierno Nacional en la materia, su imagen y la del gobierno bonaerense, y el discurso de la oposición, entre otros aspectos. “Los problemas son políticos y comunicacionales, pero lo que sucede es que el efecto es siempre político: la merma de apoyo público del Gobierno”, sostiene.

Muchas veces se habla de problemas de comunicación cuando lo que hay en verdad son problemas políticos. ¿Qué prevalece en el caso del Gobierno Nacional; lo primero o lo segundo?

Creo que hay ambas cosas. Pero antes de ello, hay una indisociabilidad entre la comunicación y la política. Está claro que no toda comunicación es política, pero toda política se presenta y se representa a través de un formato comunicacional. Desde ese punto de vista, hay políticas con dificultades para comunicar. Escuchaba algunos colegas que decían que faltó emotividad para anunciar el aumento de tarifas. Que alguien me dé el secreto mágico para ponerle emotividad a un aumento de 400%. Por otro lado, hay problemas políticos de lo que en la jerga llamamos “errores no forzados”, que son técnicamente definidos como problemas comunicacionales, pero cuyo impacto siempre es político y no necesariamente comunicacional. La expresión de Macri (sobre las supuestas negociaciones con Gran Bretaña por Malvinas, luego desmentidas por el gobierno británico) y el episodio diplomático que eso generó es un caso sumamente importante que no se trató de un blooper sino de un acto que no fue. Un evento puramente comunicacional, pero con un impacto político, diplomático, internacional y nacional sumamente significativo. Es un ejemplo importante para sostener que los problemas comunicacionales y los políticos son indisociables, por un lado, y que aunque fueran disociables, sus impactos siempre se terminarán recostando asimétricamente sobre el lado político. ¿Qué significa esto? Que son problemas políticos y comunicacionales, pero lo que sucede es que el efecto es siempre político: la pérdida de consenso del Gobierno y la puesta en tensión de un liderazgo que hoy es incuestionable, pero que viene a la baja en términos de apoyo público.

En el ejemplo que pone, cabe creer que más que un blooper hubo una decisión política de comunicar lo que se comunicó.

A lo mejor la decisión no existe, quizás es la tentación. No nos olvidemos que más allá de todo, la política tiene mucho de subjetividad y en eso hay ansiedades y emociones. La necesidad de noticias positivas en un contexto crítico es importante. Es un caso sumamente curioso el de la coyuntura, donde tenemos un presidente con alta valoración, un gobierno con valoración discreta o prácticamente de diferencial neutro –es decir, tanta imagen positiva como negativa– y políticas públicas no valoradas o por lo menos, no conocidas mayoritariamente; es decir, con un nivel de instalación muy precario.

¿Qué explica esa brecha entre la imagen del Gobierno y la evaluación de su gestión?

Lo explica el aguante de la sociedad. Creo que una virtud comunicacional de Cambiemos fue estigmatizar y resignificar el pasado reciente. En este sentido, un gobierno que tuvo interesantes logros, hoy se percibe como que ha tenido muchos menos logros de los que efectivamente tuvo. Esto es una actividad comunicacional que también tiene impacto político. Lo que hace esta resignificación es que muchos vean al gobierno pasado como un gobierno fallido. “Dé- cada perdida” es un estigma, “herencia recibida” es otro estigma, en formato hashtag. Si hay una frase que describe los ciclos políticos en el país es “el eterno comienzo de Argentina”. Y Argentina no tiene ganas de fracasar nuevamente. Entonces, en este nuevo comienzo, sobrecargado de euforia y representado en la idea de un país “normal”, que no se sabe cuál es, y en la idea de la “revolución de la alegría”, me parece que lo que hay es aguante. Hay un apoyo con ganas de no fracasar nuevamente, y me parece que eso es lo que sostiene a un gobernante cuyo gobierno y cuyas políticas públicas tienen un desfase fuerte contra esa expectativa positiva. Hoy no hay elementos positivos, o al menos mayoritarios positivos, para ser evaluados, más allá de algunas que otras políticas públicas. No nos olvidemos, por ejemplo, que su mayor logro, el primero y casi indiscutido, fue la eliminación del cepo cambiario. Pero aproximadamente 85% de los argentinos no se siente impactado por esa medida. Entonces, su gran logro beneficia a pocos y para el resto hoy no hay políticas públicas cristalizadas, salvo la merma de la inflación y alguna que otra cosa anunciada, como el Plan Belgrano o la reparación histórica a jubilados, que todavía están arrancando.

El Gobierno se ha propuesto metas políticas y económicas que muchas veces parecían poco factibles de ser logradas cuando se enunciaron. Por ejemplo, Pobreza Cero, una inflación de 25% para este año y de 17% para el próximo, o la mentada lluvia de inversiones. ¿Es riesgosa esa estrategia o explica en parte esas expectativas positivas?

Como mínimo, es imprudente. Creo que fijaba antes esas expectativas, en tanto que el optimismo hacia adelante, tanto político como económico, era más alto antes, que actualmente. La corrección de las metas concretas, la resignificación de la Pobreza Cero, que pasó de ser una propuesta a simplemente algo así como una aspiración incumplible, creo que son ejemplos de la merma gradual de expectativas. Y evidentemente, también son otros ejemplos enormes de actos comunicacionales con impacto político sumamente importante en la opinión pública. Si me preguntás cuál es el desafío más grande que tiene este Gobierno, probablemente sea el de gestionar adecuadamente las expectativas. Y curiosamente, no lo está haciendo en el establecimiento de metas, que en parte pasan a ser ficticias y en parte se cumplen, pero muy parcialmente respecto de la propuesta o promesa inicial. Desde todo punto de vista, ir corriendo los niveles de expectativa es absolutamente riesgoso. Sobre todo con un Gobierno que tenía y tiene todavía, expectativas absolutamente elevadas. Es algo absolutamente innecesario, es otro caso de errores no forzados que probablemente tengan que ver con la ansiedad de dar noticias positivas o por qué no, con la cristalización de un fenómeno que denomino “electoralización de la comunicación gubernamental”, que es el mantenimiento de las inercias electorales –grandes promesas– en el formato gubernamental. Cuando uno está en la campaña electoral, no tiene que rendir cuentas; pero cuando está en el Gobierno, sí. Por eso, esa inercia, no adaptada, genera un riesgo enorme en el mediano plazo.

En el último mes, Cambiemos volvió a los timbreos que hizo en la campaña presidencial y montó un supuesto viaje en colectivo de Macri con el ministro de Transporte, Guillermo Dietrich. ¿Hay una vuelta a la campaña de algún modo?

Es la generación de un formato electoral en la faz gubernamental, construyéndolo a través de lo que denominamos “pseudo acontecimientos”, que son acontecimientos solo creados para ser comunicados, que son efímeros y se agotan en el propio acto de comunicación. Pero además, en este caso, con una puesta en escena de artificialidad que lo convierte ya –no solo en una torpeza, sino como mínimo– en un acto de irresponsabilidad.

Y nuevamente, en un problema comunicacional con consecuencias políticas enormes.

¿Qué es lo que explica todavía el alto nivel de imagen positiva de María Eugenia Vidal? ¿Es la imagen que proyecta o tiene más que ver con factores políticos? Es curioso. Independientemente de los avances, a Daniel Scioli le pasaba lo mismo. Es difícil imaginar cuál es la arista de gestión más destacada de la gobernadora, pero su imagen es alta. Lo mismo le pasaba a Scioli; era muy difícil imaginar cuál era su arista más destaca da, pero su imagen era alta. Me parece que hay desde una dimensión actitudinal a una dimensión vinculada a la variable de género, que me parece absolutamente importante y para celebrar en una política asquerosamente machista. Y me parece que también hay una actitud de posicionamiento, de lo que es el estar ahí, estar presente dando la cara en muchos temas. Hay muchos elementos importantes, más allá de las capacidades o la intención de dar respuesta a algunos temas claves.

¿La cuestión de género influye o va a influir de ahora en más en la imagen de los partidos?

Sí, es un tema sumamente importante. Las variables explicativas del triunfo de Cambiemos son muchísimas, es un embudo de muchas causas. Pero sin embargo, hay una que para mí es la preponderante –aunque no excluyente de otras– que es que Vidal ha competido contra la peor imagen negativa que tenía el gobierno de ese momento, que era Aníbal Fernández, incluso mucho antes de que aparecieran algunos escándalos ventilados por Periodismo Para Todos (PPT). Creo que eso benefició muchísimo a Vidal y creo que también el género fue una respuesta importante a la masculinidad asociada a la negatividad de la opinión pública que proyectaba el oficialismo de ese entonces.

Más allá de la fractura del peronismo y algún otro elemento aislado, el mapa político argentino no cambió demasiado desde las últimas elecciones presidenciales. No surgieron nuevos liderazgos, por ejemplo. ¿Qué pasó mientras tanto con el mapa de la opinión pública?

A nivel de liderazgos, de escala nacional no surgió ninguno. Mientras tanto, desde la opinión pública cuando uno analiza la imagen del Gobierno, la mitad está a favor y la mitad en contra, lo que reproduce el resultado del balotaje. Por lo tanto, creo que tampoco se ha movido. La opinión pública está estable, todavía con altos niveles de ideologización que de alguna manera muestran una Argentina partida en dos. Sin embargo, hay una tendencia interesante que es, más allá de la división del peronismo, la de una Argentina que más que a un sistema de partidos estable va a hacia un sistema de coaliciones estables. O por lo menos, a una coalición estable que ordena al resto, que en este caso evidentemente es el oficialismo. Habrá que ver si se consolida, pero me parece que es una respuesta movimientística, que articula, sobrepasa y trasciende la propia estructura de organización de los partidos políticos para aglutinar a más que los partidos políticos. Es una característica que muestra de alguna manera que en las sociedades hay ideologías, que están presentes y mucho; que la política es híperpersonalista (Macri lo representa); y que en el sistema de partidos, que hemos visto romperse en 1999 y explotar en 2001, los partidos políticos han perdido espacio y los movimientos, que incluyen pero superan y trascienden a los partidos, son de alguna manera los actores protagonistas en la fase electoral. Aunque no necesariamente en la gubernamental. En ese sentido, Cambiemos es un claro ejemplo de una buena coalición electoral, pero que no es coalición de gobierno. Gobierna el PRO; o mejor dicho, Macri y la gente que designó, siquiera el PRO. Todo esa tendencia, que es de características regionales, se reproduce en Argentina.

Por último, en la oposición –y especialmente en una buena parte del peronismo– existe un discurso que en las encuestas es muy valorado por la ciudadanía, pero que parecería tener una dudosa efectividad a la hora de competir en elecciones, que es el de acompañar a la gestión actual. ¿Cuánto puede durar la eficacia de ese discurso?

Creo que es un juego especulativo, obvio y esperable. En parte, por esto del aguante ciudadano. La gente no quiere fallar de nuevo, entonces le está reclamando incluso ese acompañamiento a la oposición. Por supuesto que si el Gobierno no levanta, ese reclamo va a mermar. Pero hoy, todavía con altos niveles de expectativa, ese reclamo se sigue haciendo. Algunos dicen que la oposición debe unirse. Pero la Ciencia Política ha dado la respuesta mucho antes de que nosotros nos imaginemos qué puede pasar en este escenario: en una elección distrital, de múltiples distritos como es la de 2017, no hay ningún incentivo a la generación de un liderazgo único. El liderazgo único, si surge, surgirá en 2018 o en 2019. La tesis esperable es que los liderazgos se consoliden en tanto y en cuanto uno de ellos pueda mostrar éxitos territoriales. A partir de eso, existirá un juego de ir gestando coaliciones que será pos electoral y no pre electoral. No imagino –aunque no descarto– una unidad concreta antes de las elecciones de medio término.

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