Trump y su revolución democrática

(Columna de Tomás Bieda, politólogo -UBA/UdeSA-)

Su triunfo en las primarias republicanas implica la aparición subversiva del “hombre normal” en la arena política americana.

El 19 de noviembre de 1863, el presidente Lincoln pronunció su famoso discurso en Gettysburg, Pensilvania. Allí sentenciaba la necesidad de que “un gobierno de la gente, por la gente y para la gente no deberá perecer en el mundo”. En el mismo sentido, en abril de 1918, la Cámara de Representantes de Estados Unidos, aprobó para su vitácora patriótica el texto de William Tyler Page en tanto “credo americano”. Éste retoma aquella sentencia histórica de Lincoln, agregando otros conceptos significativos, tales como que los poderes derivan del consentimiento de los gobernados, el carácter republicano de su democracia, la perfección de su unión, y la creencia de que la libertad, la igualdad, la humanidad y la justicia son sus principios rectores.

En el siglo XVIII, Estados Unidos, junto con la Revolución Francesa, inauguró la viabilidad de un diseño institucional de tipo ascendente capaz de permitir el autogobierno de los ciudadanos. Los Padres Fundadores en Filadelfia, buscaron un conjunto de disposiciones políticas capaces de resolver aquella “angustia monárquica” que llevara a los pioneros a lanzarse a alta mar en busca de un desierto donde construir una “nueva América”. El principio rector que guió a aquellos hombres fue, tal como luego retomaran Lincoln o Page, el autogobierno. Es decir, construir un sistema político que permitiera a los ciudadanos expresar y canalizar institucionalmente sus preferencias, y que estas pudieran impactar en las decisiones de gobierno.

Sin embargo, este momento fundacional presentó una tensión de origen entre libertad, igualdad y participación. La respuesta (victoriosa) madisoneana propicio un diseño constitucional que elevaba a la libertad (en tanto autogobierno) por sobre la igualdad y la participación. Así, Estados Unidos lanzó a su historia un conjunto de instituciones políticas democráticas permeables a las opiniones de los ciudadanos.

Tal como leemos en Los Federalistas, los Padres Fundadores rechazaban los principios monárquicos europeos. Sin embargo, también reaccionaban ante la opción “ateniense” de una democracia directa que habilitara la participación plena y constante del ciudadano. En efecto, la Constitución que emerge de la Convención de Filadelfia en 1787 propone una serie de instituciones dispuestas a “escuchar” las voluntades ciudadanas, pero neteando su contenido. Es decir, tomar la sustancia de lo que los ciudadanos quieren y opinan, pero tamizar sus consecuencias. Así, disponen una serie de “retrasos” institucionales (tales como el sistema electoral, el federalismo, la Cámara de Representantes, el Senado, el Poder Ejecutivo y el Poder Judicial, entre otros) que median entre la opinión de los ciudadanos y la decisión política, permitiendo combinar a la vez el carácter “popular” del orden y decisiones políticas “maduras”. Cuidando de este modo a los ciudadanos de sí mismos, al alejarlos de la toma de decisiones.

La elección presidencial de 2016 pone a Estados Unidos nuevamente frente a su Historia. Lo obliga a repensarse a sí mismo, a redefinir quiénes toman las decisiones políticas en su democracia. No puede dudarse que este país es una de las democracias más importantes de la Historia moderna (si no la más), con más de 200 años ininterrumpidos del mismo régimen político, y con una de las clases políticas más sofisticadas, virtuosas y preparadas del mundo. En este sentido, la mera nominación de Donald Trump como candidato del Grand Old Party implica un punto de inflexión en su Historia. Como vimos, el diseño constitucional fundacional estableció una serie de mecanismos laberínticos que garantizaban la contención de la aparición del votante mediano en la toma de decisiones políticas (y a lo sumo, le concedían la opción a votar).

En efecto, resultó históricamente un gobierno de la gente (los gobernantes y funcionarios resultaban miembros del mismo cúmulo social al cual gobernaban y no había terceros excluídos), para la gente (se atendían las necesidades y voluntades ciudadanas), pero ¿por la gente?

En Estados Unidos, la “gente”, el street man, ¿gobierna? La respuesta es contundente: no. Existe una distancia monumental entre la clase política americana y el ciudadano mediano, en términos de preparación, calificación, trayectoria e ingresos. Los presidentes y secretarios de la historia americana no son ni han sido “la gente”.

Por eso, el proceso que comienza con el surgimiento del Tea Party en 2009 y encuentra su punto cúlmine con la nominación de Trump en 2016, representa una verdadera revolución democrática.

Trump implica la aparición subversiva del “hombre normal” en la arena política americana. Él logró sortear todos los retrasos institucionales que Madison dispuso para que Homero Simpson nunca gobierne, consiguiendo acortar esa distancia entre el ciudadano y la decisión política. El candidato republicano invita a “Doña Rosa” a sentarse en la mesa chica de la política norteamericana. Y consigue que aquel “por la gente” decimonónico cobre una literalidad radical. Trump resulta una expresión fiel del votante mediano americano, ese que en tiempos de Madison era el sur esclavista, y para el que la ingeniería institucional fundacional diseñó un laberinto -no obturado- capaz de retrasar su llegada a Washington. Tarea que pudo hacer por casi 230 años… De este modo, Trump representa el fin del sueño madisoneano y, a la vez, como vimos, una revolución democrática del “mundo bajo”. Su candidatura comenzaría a desarmar cierta cerrazón y alejamiento restrictivo y específico de la política respecto del ciudadano típico, habilitando la participación de un extenso sector marginal. Su aparición resulta una verdadera apertura democrática porque viabiliza la participación de sectores desmovilizados y apáticos del centro del país (de los famosos fly over states), que salen a “tomar” la Plaza Lavalle o a poner sus patas en las aristocráticas fuentes de la Plaza de Mayo. Y aquí radica lo novedoso de Trump: que un movimiento anti-establishment, poco democrático en sí mismo, del centro y sur del país, mayoritariamente de sectores blancos poco educados, religiosos y hostiles a “lo extranjero”, acabe provocando -sin buscarlo- una profunda revolución democrática, ya que aumenta la participación ciudadana, al invitar al hombre común americano a participar activamente de la vida democrática del país.

Toda revolución democrática constituye la activación política y la aparición pública de un sector marginado o silenciado. La tensión, y paradoja, de la revolución democrática de Trump es que le da voz a una población poco democrática, invitando a gobernar Estados Unidos a otro de las tantos Estados Unidos que tiene Estados Unidos.

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