El país y el G-20: un plan limitado

(Columna de Tomás Múgica)

La cumbre que reúne a los países que generan el 85% del PIB global tiene sus límites pero es insustituible.

La Cumbre de líderes del G-20, realizada en Hangzhou, China, el 4 y 5 de septiembre, dejó al menos dos conclusiones: a) el G-20 es un instrumento de gobernanza mundial con grandes limitaciones pero sin sustituto, al menos por el momento; y b) aun cuando las posibilidades de ejercer influencia por parte de nuestro país son restringidas, la participación de Argentina en ese foro no puede limitarse a la búsqueda de inversiones y oportunidades comerciales (más alguna foto de ocasión con líderes de las grandes potencias). Podemos aspirar a más.

EL G-20 Y LA GOBERNANZA GLOBAL El G-20

es un foro de cooperación económica que reúne a 19 países desarrollados y emergentes, más la Unión Europea. Fue creado en 1999 – en el contexto de las grandes crisis financieras de esa década– como una instancia de ampliación del G-7, que congrega a las mayores economías desarrolladas. Hay además un “invitado permanente” –España– y otros que se suman según la ocasión. Su conformación procura incluir a los países con mayor peso en la economía mundial, manteniendo al mismo tiempo un balance entre regiones. Sus miembros albergan el 66% de la población mundial, generan el 85% del producto bruto y explican el 80% del comercio internacional. La presidencia es rotativa y las decisiones se toman por consenso.

Hasta el momento su agenda ha girado en torno al crecimiento económico, la reforma de los organismos internacionales de crédito y la regulación del sistema financiero. El G-20 es una caja de resonancia de los cambios en el paradigma económico que siguieron a la crisis de 2008, que supusieron un fuerte cuestionamiento a las políticas del Consenso de Washington. No es casual que en el comunicado final de Hangzhou se reafirme la necesidad de utilizar políticas fiscales y monetarias activas –además de implementar las nunca ausentes reformas estructurales para sostener el crecimiento que, dicen, debe ser incluyente. El G-20 es también un ámbito en el cual se negocia la adecuación de las organizaciones internacionales a la nueva distribución del poder global. Tras la entrada en vigor, en enero de este año, de la reforma del FMI que dio mayor peso a los países emergentes en las decisiones (por primera vez cuatro de esos países, Brasil China, India y Rusia, están entre los 10 miembros con mayor poder de voto del FMI), los miembros del Grupo se comprometieron a continuar en esa línea, tanto en el FMI como en el Banco Mundial. El sistema financiero internacional es objeto de discusión entre posturas más liberales, como las de Estados Unidos y el Reino Unido, y más regulacionistas, como las de la UE. Otros temas del G-20 son el intercambio de información tributaria para combatir la evasión, la lucha contra el cambio climático y la liberalización –hoy difícil– del comercio internacional.

A pesar de sus muchas limitaciones, el G-20 constituye un foro de considerable importancia para la gobernanza del sistema internacional. Aletargado hasta 2008, a partir de la crisis subprime acrecentó su actividad e importancia. En noviembre de ese año se realizó en Washington la primera cumbre de presidentes y desde entonces se convirtió en un espacio en el cual se gestaron algunos acuerdos relevantes para estimular la golpeada economía mundial. Cierto, el G-20 es cuestionado por el incumplimiento de las medidas acordadas. Pero nada es fácil en un sistema internacional que, más allá de la retórica y del denso tejido institucional, sigue siendo westfaliano y sujeto a la lógica del equilibrio de poder

ARGENTINA EN EL G-20

A pesar de las limitaciones del G-20 y de nuestro lugar en la jerarquía de poder internacional, la participación en ese foro constituye un activo para la política exterior de nuestro país. Otorga prestigio y sobretodo voz en los asuntos mundiales. Argentina, junto a Brasil y México, es uno de los tres países de la región que participan del grupo. En el G-20 están, además, nuestros principales socios económicos. Los miembros del grupo explican el 63% de las exportaciones y el 83% de las importaciones argentinas, según un informe de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios, además de ser los principales inversores externos en nuestro país.

Aprovechar las oportunidades que brinda nuestra membrecía demanda una estrategia clara y ambiciosa. Requiere tener claro cuál es nuestro modelo de desarrollo y qué tipo de sistema internacional provee el entorno más favorable para ese proyecto. Implica coordinar posiciones con el resto de la región –empezando por Brasil y México– y con los demás países emergentes, con quienes compartimos el interés en un sistema internacional más equilibrado, en el cual nuestro país pueda acceder a mayores márgenes de autonomía. Un sistema en el cual podamos discutir cuestiones como el gobierno de los organismos internacionales –tema sobre el que ha habido avances, como mencionamos arriba–, el rol del dólar, el papel de las agencias calificadoras de crédito y el funcionamiento de los paraísos fiscales.

La estrategia del Gobierno, tanto en lo que refiere a la participación en el G-20 como al diseño de general de la política exterior, resulta más limitada y confusa. Limitada porque se circunscribe a vender el país como un destino atractivo para las inversiones externas y a reclamar la apertura de mercados. Con esos objetivos, Macri mantuvo reuniones bilaterales con los presidentes de China, India, Rusia, España y Australia, entre otros, mientras que en las reuniones plenarias reclamó financiamiento para infraestructura y realizó la tradicional reprimenda a los países desarrollados por el proteccionismo agrícola. Limitada porque –obsesionado por mostrar cercanía política con Occidente y atenazado por las urgencias económica– el Gobierno opta, casi diríamos por default, por el statu quo. Hay opciones intermedias que explorar, sin necesidad de parecerse a Chávez, ni siquiera a CFK. Y confusa porque no está claro cuál es el modelo de desarrollo que esta administración defiende. Macri y sus funcionarios suelen limitarse a señalar a la agroindustria, la minería y la energía como motores del desarrollo. Al mismo tiempo, hablan de “defender el trabajo de los argentinos”, pero no mencionan un desarrollo industrial que trascienda el simple aprovechamiento de las ventajas comparativas.

Por cierto hay aspectos positivos. En 2018 Argentina será sede de la cumbre presidencial del G-20, lo cual supone que durante un año ejercerá la presidencia del grupo. Desde diciembre de este año formará parte de la “troika”, formado por las presidencias anterior, actual y futura (en este caso China, Alemania y Argentina). Ello representa una enorme oportunidad para nuestro país, una chance de mostrar liderazgo y de contribuir a la reforma –realista- del orden vigente. Pero demanda algo más que un plan de ventas.

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