Brasil, después del impeachment

(Columna de Adrián Albala, investigador en post-doctorado en la Universidad de Sao Paulo)

Los últimos meses han acelerado la maduración de un proceso que se viene dando desde 2013: el reordenamiento de la competición política nacional por y alrededor del PMDB.

Consumada la destitución de la presidenta Dilma Rousseff (el 31 de agosto pasado), orquestada en buena parte por quienes eran sus principales socios hace un año, parecería que la vida política brasileña volviera a normalizarse. Claro que con un Parlamento que cuenta con más de 30 partidos representados y con el nivel de los mismos parlamentarios, hablar de una vuelta a la normalidad, suena a oxímoron.

Lo cierto es que ya vuelven a pautarse temáticas más “clásicas” en la agenda del Congreso, el mismo que hace unos meses fue escenario de uno de los eventos más grotescos que una democracia puede presenciar.

Sin embargo, algo parece haber cambiado en la escena política brasileña con este proceso de destitución de Rousseff. Mejor dicho, los últimos meses han acelerado la maduración de un proceso, cuyo origen puede vislumbrarse desde finales de 2013. Este fenómeno consiste en el reordenamiento de la competición política nacional por y alrededor del Partido Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), el mismo del “nuevo” presidente, y ex vice de Rousseff, Michel Temer.

El PMDB aparece, de hecho, como el principal beneficiado en el contexto actual. Asimismo, el proceso de destitución bien como la híper-mediatización de los avances de la operación Lava Jato, sobre el esquema de corrupción en grande escala de la petrolera nacional Petrobras, han llevado al fondo del pozo de la confianza al Partido de los Trabajadores (PT) de Rousseff, y sus principales aliados (Partido Comunista de Brasil, Partido Democrático Laborista).

Ahora bien, el partido que solía dirigir el polo opositor, el derechista Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), y que podía sentirse legitimado por todo este proceso, no parece encontrarse en una situación mucho más confortable, ya que no consiguió capitalizar el descontento en contra de Rousseff. Esto se debe, en parte, a dos factores. Primero, la demora en adoptar una postura coherente frente a las crecientes manifestaciones pidiendo el impeachment hizo que al partido se lo percibiese como oportunista cuando abrazó, finalmente, la causa de la destitución de Dilma. La evidencia de esto es que son figuras partidarias de otros partidos las que quedaron como los articuladores responsables del impeachment, en particular los PMDBistas Eduardo Cunha y Temer. Las principales figuras del PSDB se vieron, asimismo, relegadas a simples coadyuvantes del proceso de destitución.

Pero sobre todo, el segundo factor explicativo radica en el hecho que en un clima de polarización acelerada de la sociedad brasileña (1), el partido se viera superado como principal caja de resonancia opositora, desde su derecha, por partidos más chicos y más barullentos y con posturas ideológicas claramente más radicales, hacia la derecha.

Maurice Duverger, uno de los padres de la Ciencia Política moderna, teorizó en los años ’50 que el nacimiento y la evolución de los partidos políticos tendía a operarse mediante un proceso de sinistrismo (del italiano sinistra = izquierda), o sea un movimiento de reequilibrio de la contienda política hacia la izquierda. Asimismo, el nacimiento de los liberales frente a los conservadores, la emergencia de los partidos radicales como ala “progresista” de los partidos liberales y la aparición de los partidos socialistas y comunistas -en parte como escisión de los partidos radicales- son procesos históricos, a partir de los cuales Duverger teorizó el “sinistrismo”.

Pues bien, la tendencia que se está observando en Brasil, y en varios otros países occidentales (2) es la de un fenómeno contrario: un proceso masivo de destrismo o de puja desde y hacia la derecha. Y es en este contexto que se está reivindicando el PMDB.

Recordemos que el partido no es una cenicienta de la política. De hecho, es el partido más antiguo del sistema partidario brasileño actual y un actor central e imprescindible en todos los gobiernos desde la vuelta a la democracia. Solo ha estado fuera del gobierno por un año desde 1985: en el primer mandato de Lula (2003-2007) quien, al no contar entonces con mayoría parlamentaria tuvo que, rápidamente, volver a incluir al partido en su gobierno. Es más, es la tercera vez que el partido llega a la presidencia de la República, de forma bastante parecida y sin nunca ganar directamente una elección presidencial (3).

Por otra parte, su base electoral es bastante amplia y su peso político es particularmente fuerte a nivel local, haciendo con que el partido sea repetidamente uno de los más representados en el Congreso. De esta manera, se puede asemejar el desempeño del PMDB al de la Democracia Cristiana Italiana de la pos-guerra. Además su posicionamiento aparentemente “centrista” en la competición política brasilera parece convalidar esta comparación de Democracia Cristiana a la brasileña.

Sin embargo, desde las elecciones de 2014, se observa que el PMDB operó un giro ideológico notorio, reivindicando cada vez más lo cristiano y cada vez menos lo primero. Lo más que se pueda decir es que este giro le fue muy bien. De hecho, las últimas elecciones evidenciaron un crecimiento abrumador de representantes parlamentarios de cuño conservador, concentrándose alrededor de la denominada bancada parlamentaria “BBB” (por Biblia, Buey y Bala), mayoritaria en la Cámara de Diputados. Si nos concentramos en los diputados con perfiles más homogéneos, a saber los que conforman la bancada evangélica (que defiende temáticas extremamente religiosas, como leyes de reeducación de los homosexuales o de incentivo de las teorías creacionistas en la educación) y de la “bala” (que defienden agendas políticas de corte securitarias y liberticidas, como la reintroducción de la pena de muerte o la adopción de la mayoría penal a partir de 16 años), observamos que éstos representan el 42% de la cámara (181 + 20 + 15 que son miembros de las dos bancadas a la vez) y que el PMDB es el primer proveedor de los contingentes de ambas bancadas (21 + 7).

Estos datos no son triviales, pues los partidos de estas bancadas, que conforman hoy la principal base aliada del gobierno Temer, son los de mayor crecimiento y proyección a mediano plazo. Como ejemplo de esto, el Partido Social Cristiano, que no pasaba de un partido testimonial hasta 2011, pasó a ocupar un papel central en la agenda política del país desde 2014. Además, su principal figura, el ex militar Jair Bolsonaro, que de manera repetida homenajeó el papel de las fuerzas armadas durante la dictadura cívico-militar (1964-1985), aparece como uno de los mejores ubicados de cara a las elecciones presidenciales de 2018. No deja de ser paradójico, de hecho, que el PMDB que nació como el partido opositor al régimen militar, se alíe hoy con partidos que lo halagan.

Claro está que aún falta bastante para llegar a 2018. Y el PMDB que concentra la atención ahora, tiene todavía dos años para probar su capacidad política, forjar alianzas y hacer emerger un candidato viable y creíble, ya que Temer no podrá presentarse en 2018. Lo más probable, no obstante, es que el partido prosiga en su derechización convenciendo, asimismo, un electorado frenéticamente anti-PT y cada vez más radicalizado.

Para ello, sin embargo, el partido habrá de buscarse una nueva virginidad política, al estar mencionado en numerosos casos de corrupción. En este sentido, el abandono y la consecuente casación del “villano número 1”, el diputado y ex presidente de la Cámara de diputados Eduardo Cunha, aparece como concesión necesaria –aunque todavía no suficiente- de limpieza estética.

(1) Polarización que se originó desde la oposición y no desde el gobierno como se pudo observar en Venezuela, Bolivia, Ecuador o, en su tiempo, en la Argentina de los Kirchner.

(2) La progresión constante de las temáticas de la extrema derecha y su asimilación en los debates políticos en paises como Francia, Paises Bajos, Austria, Hungría y Bélgica, entre otros; o la emergencia de una figura como Donald Trump en EE.UU. son tantos ejemplos semejantes en occidente. Hemos de notar, sin embargo, que la mayoría de los países latinoamericanos, con la excepción notoria del Perú, parecen aun inmunizados a esta tendencia.

(3) Además de Michel Temer otros miembros del PMDB asumieron la presidencia por ser vice presidentes. José Sarney, como vice de Tancredo Neves, asumió la presidencia en 1985 al fallecer Neves, poco antes de asumir. Itamar Franco, que se pasó al PMDB poco antes de llegar a la presidencia, fue propulsado como presidente tras la destitución de Fernando Collor de Melo, en 1992.

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