Citar a Mandela ya no alcanza

(Columna de Tomás Múgica)

Sudáfrica es el único país de su continente que integra el G-20 y lo que allí ocurre repercute más allá de sus fronteras.

Sudáfrica atraviesa el período de cambio político más significativo de la era posapartheid. Las elecciones municipales del 3 de agosto pasado han llevado al país a un escenario desconocido. Por primera vez desde la instauración de la democracia en 1994, el Congreso Nacional Africano (CNA), el partido de Mandela, que fue el que lideró la lucha contra el régimen racista y que ha gobernado el país en los últimos 22 años, enfrenta alguna amenaza a su poder. El principal partido de oposición, la Alianza Democrática (AD), retuvo su bastión de Ciudad del Cabo y se alzó con la victoria en Port Elizabeth y Pretoria, otras dos de las principales ciudades sudafricanas. También mostró un avance notable en Johannesburgo, la ciudad más grande y centro económico del país. A nivel nacional el CNA conserva la mayoría, pero obtuvo el 53,9% de los votos, cayendo por debajo de su piso histórico que oscila en torno al 60 %. AD consiguió el 26,9% y Luchadores de la Libertad Económica (EFF-Economic Freedom Fighters, una escisión izquierdista del CNA) obtuvo el 8,1%. El sistema de partido predominante que ha caracterizado a Sudáfrica desde el fin del régimen racista ha sufrido un primer golpe.

Sabemos poco de Sudáfrica, excepto que es la patria de Mandela y de grandes jugadores de rugby. Deberíamos saber más. Hasta hace poco la primera economía africana, Sudáfrica ocupa hoy el tercer lugar -después de las mucho más pobladas Nigeria y Egipto- aunque sigue siendo la más compleja y diversificada. Es una gran potencia minera. Es el único país africano miembro del G-20 –foro que comparte con nuestro país- y es una referencia militar en su región. Es un país de fuertes divisiones raciales. Cerca del 80% de sus 55 millones de habitantes son de raza negra. Los blancos, de habla afrikaaner (una lengua derivada del holandés) e inglesa, forman el 7%. Se trata de una minoría poderosa, que conserva el control de la mayor parte de la economía. El resto de la población está formado por los coloured o mestizos y la población de origen asiático. Aún con sus dificultades domésticas, Sudáfrica es un poder emergente que debe ser tenido en cuenta en el diseño de nuestra política exterior.

Tiene una larga relación con Argentina. Con un flujo comercial todavía modesto (alrededor de US$ 700 millones), existe colaboración en materia de derechos humanos y de defensa. El vínculo bilateral no ha estado exento de episodios oscuros: hermanados por un anticomunismo furioso, el régimen racista sudafricano y la última dictadura militar argentina compartieron diversos proyectos, incluyendo la posibilidad de crear la OTAS (Organización del Tratado del Atlántico Sur), junto Brasil y Uruguay. La idea no prosperó, especialmente por la oposición brasileña. El gobierno de Alfonsín rompió relaciones diplomáticas en 1983, que sólo fueron retomadas en 1991, tras la liberación de Mandela.

EL DECLIVE DEL CNA

Tras la presidencia de Nelson “Madiba” Mandela (1994-1999), marcada por una búsqueda de la reconciliación entre grupos raciales, se sucedieron Thabo Mbeki (1999-2008), Kgalema Motlanthe (2008-2009) y Jacob Zuma, el actual presidente, electo en 2009, todos del CNA. Fundado en 1912, el CNA fue la organización política que aglutinó a los luchadores contra el apartheid, un régimen que le negaba derechos políticos y civiles básicos a la población negra. Desde el advenimiento de la democracia, el CNA ha dominado de manera incontestable, y por momentos abrumadora, la escena política. Ganó todas las elecciones presidenciales, la última con el 62% de los votos.

Zuma es un líder polémico, que encabeza una gestión impopular y enfrenta fuertes cuestionamientos internos. En 2014 obtuvo su reelección, pero por primera vez la Alianza Democrática logró un resultado electoral significativo (22%) para los estándares sudafricanos. Su gobierno enfrenta problemas crecientes, muchos de los cuales vienen de arrastre. La economía está estancada; el desempleo es muy elevado (25%), especialmente entre los jóvenes; la pobreza alcanza a amplio sectores de la población, un cuarto de la cual vive con 1,25 dólares por día; los servicios públicos presentan graves deficiencias. Las tasas de criminalidad figuran entre las más elevadas del mundo. La corrupción es otro grave problema, que se ha vuelto central para muchos votantes. Zuma es un mal ejemplo: hace algunos meses, un tribunal le ordenó devolver medio millón de dólares que gastó en reformar su propia casa. En resumen, aunque ha habido avances, la igualdad política no se ha trasladado a una mejora sustantiva en la calidad de vida de la mayoría negra. El apartheid terminó, pero la vida sigue siendo demasiado dura.

Las expectativas incumplidas de la democracia multirracial debilitaron al CNA y lo expusieron a golpes internos y externos. La debilidad se agravó tras la muerte de Mandela en 2013. A nivel interno, el CNA sufrió una escisión por izquierda, el partido de los Luchadores de la Libertad Económica (EFF-Economic Freedom Fighters), liderado por Julius Malema, ex presidente de la Liga Juvenil del CNA. Su fuerza electoral todavía es pequeña, pero suficiente para dañar al partido gobernante.

Pero el adversario más importante es la Alianza Democrática: un partido de orientación liberal, con buena valoración de su gestión en su bastión de la provincia de Cabo Occidental, y con apoyo mayoritario entre la minoría blanca, aunque con un claro record anti-apartheid. La elección en 2014 de Mmusi Maimane, el primer líder negro de AD, marcó un nuevo hito en la historia de la democracia sudafricana y es un intento de conseguir mayor apoyo entre la mayoría negra. Antes de Maimane, AD era conducida por Hellen Zille, la ex gobernadora blanca de la provincia de Cabo Occidental.

El declive relativo del CNA, y el crecimiento gradual pero constante de AD, un partido tradicionalmente percibido como “blanco”, parecen indicar que la raza –aunque todavía muy importante- está perdiendo parte de su importancia como clivaje político. La eficacia y la transparencia en la gestión empiezan a ser reclamos que se imponen por sobre la inclinación a apoyar al CNA en tanto partido de la mayoría negra.

Nelson Mandela solía definir a Sudáfrica como la “Nación Arco Iris” (“Rainbow Nation”), el arco iris entendido como símbolo de la integración de los distintos grupos raciales en un proyecto común. El debilitamiento de su partido, el CNA, podría ser un paso hacia una política algo menos focalizada en las cuestiones raciales y más centradas en medidas concretas de bienestar. Si quiere seguir siendo el partido de las mayorías sudafricanas el CNA deberá esforzarse más por mejorar sus condiciones de vida. Con la foto de Mandela ya no alcanza.

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