El coqueteo del macrismo

(Columna de Adolfo Ruiz)

La posibilidad de que el PJ local teja una alianza con el Presidente desató un terremoto en los partidos que conforman Cambiemos.

Al menos durante dos semanas, Córdoba pareció otra vez instalarse en las pantallas televisivas de medio país, cuando las grandes figuras de Bailando por un Sueño intentaron una vez más encontrar el ritmo y terminar de develar los misterios del cuarteto. Como en los movimientos desefrenados y para muchos impredecibles de esa danza de origen caribeño pero arraigada en los inmigrantes italianos de la Docta, también la política local parece moverse al compás del tunga-tunga.

Gobernada por Juan Schiaretti por segunda vez y por el peronismo por quinto período consecutivo, el radi-pro-juecismo local no termina de encontrar su propio punto y mucho menos el ritmo para sacar al bailar al gobierno local. Se enfrenta con un problema grave: la ausencia de libreto propio. Esto tiene que ver con la buena onda demostrada -y hasta sobreactuada- entre Schiaretti y Mauricio Macri. El primero, necesitado de fondos para reactivar la obra pública, mantener a los municipios lejos del quebranto y cubrir el déficit crónico de su Caja de Jubilaciones. El segundo, ávido por tejer alianzas con gobernadores peronistas que le aseguren un caudal de manos levantadas en el Congreso. Win-win lineal, sin resignar ni arriesgar demasiado.

Claro que una cosa es la “buena onda” o la mutua conveniencia y otra es pasar a la acción con una hipotética alianza electoral. ¿Cambiemos aliado con el PJ en el segundo distrito electoral del país? Suena a locura, pero fue el propio Rogelio Frigerio, ministro del Interior, el que echó a rodar esa posibilidad a fines de junio. “Hay que ampliar la base de sustentación de Cambiemos”, dijo ante la consulta de la prensa local, no descartando con ello tal alquimia electoral.

La sola especulación de esa posibilidad sembró escozor en las filas del radicalismo local y también en el PRO, cuya estructura en esta provincia es heredera de las figuras de la UceDé, que no tardaron en moverse para intentar acomodar el tablero.

Por eso en julio comenzaron a tensarse las relaciones entre el centenario partido (que gobierna la intendencia de la capital cordobesa) y las principales figuras del peronismo local, siempre disciplinadamente encolumnadas detrás del tándem Schiaretti – De la Sota. Recriminaciones cruzadas, desaires, acusaciones. Si bien nunca pasaron de cierta pirotecnia política, resultaba innegable un endurecimiento de las relaciones.

Así, el variopinto bloque de Cambiemos en la legislatura cordobesa arremetió con acusaciones por negociados de la gestión De la Sota, mientras el club de intendentes radicales apuntó a la reticencia del gobierno cordobés para redistribuir vía coparticipación los fondos extras girados por la Nación a partir de la aplicación del fallo de la Corte que devolvió a las provincias el 15% que le venía reteniendo. “Actúan como actuaban los K”, dispararon.

La respuesta no se hizo esperar: “La preocupación que lleva a Cambiemos y a la UCR a esta sucesión de denuncias falsas, es el pánico que tienen a que el Peronismo de Córdoba pueda ir junto con el presidente Macri el año que viene en las elecciones”. Semejante dardo envenenado fue lanzado por Carlos Gutiérrez, jefe de la bancada oficialista en la Unicameral.

Herido por la chicana, el radicalismo emitió a inicios de agosto un comunicado en el que calificaba de “embusteros” a sus rivales políticos y descartaba la posibilidad de una alianza. “La ciudadanía deberá percibir que una maniobra de tal naturaleza implicaría un cambio de nombre de la coalición política que integra la UCR, que de llamarse ‘Cambiemos’ debería pasar a llamarse ‘Sigamos’, según pretensión delirante de algunos oficialistas que olfatean el final de un ciclo político”, firmaron sus autoridades.

Para que el incremento de las hostilidades no llegara a límites desaconsejables, el que desembarcó en Córdoba para poner orden fue Marcos Peña.

El jefe de Gabinete se instaló en la ciudad mediterránea para reunirse con los intendentes de Cambiemos y brindarles su apoyo en el reclamo frente al gobierno provincial por los fondos coparticipalbes que siguen pisados. Y dejó una definición clara que tranquilizó los ánimos en la fila propia: “En Córdoba, Cambiemos es oposición al PJ”.

Aunque claro, para no herir aquellos lazos del win-win, fue cauto en relación a la figura del gobernador, sobre el cual sostuvo: “Tenemos una excelente relación y gran respeto por su trabajo y trayectoria, y no creemos que necesariamente tenga que haber una confrontación o conflicto por el solo hecho de tener partidos o entidades políticas distintas”. Por las dudas…

El escenario local preanuncia un regreso furioso al bipartidismo en la provincia del cuarteto. En poco menos de un año, quedó subsumida aquella cuña que durante ocho años constituyó la figura de Luis Juez, desafiando la clave binaria que siempre rigió en esta región del país. Y también se redujo a muy poco el armado kirchnerista, que nunca terminó de hacer pie y mucho menos desde que su principal referente, Eduardo Accastello (ex intendente de Villa María y ex candidato a gobernador) quedara seriamente salpicado por sospechas de corrupción (causa CBI y causa Eninder).

Por eso emergen otra vez estos dos polos, en una ecuación que desde hace 17 años viene favoreciendo al PJ local, al cual no le faltará una figura de peso para encabezar la lista de diputados el año próximo. Sí, el incansable José Manuel de la Sota, quien todavía guarda alguna esperanza para el escenario nacional y aspira a intentar edificar sus chances desde una banca protagónica en Diputados.

¿Quién será su rival? Por ahora es una incógnita. La danza de nombres de Cambiemos incluye a Héctor “la Coneja” Baldassi, con buena imagen entre los votantes pero peso político apenas retórico en el armado del PRO y mucho menos en el de Cambiemos. Se sabe que el radicalismo no contempla ni remotamente la posibilidad de ceder la cabeza de lista, aunque no tiene resuelto quien la ocuparía.

Rodrigo de Loredo, yerno del ministro de Comunicación Oscar Aguad y presidente de ARSAT es una de las posibilidades. Su fría relación con Ramón Mestre, intendente capitalino, es uno de sus principales obstáculos. De hecho, el propio Mestre aparece como una de las cartas a jugar, aun cuando le faltarían dos años de gestión frente al municipio local, lo que convertiría a su candidatura en un fiel reflejo de las “testimoniales” tan en boga años atrás.

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