¿Todos los días un poco mejor?

(Columna de Alejandro Radonjic)

El frente nominal se empieza a calmar. La economía no crece, aunque estaría cerca de su piso. El crucial 2017 luce, por ahora, mucho mejor.

Atravesando los inicios del famoso segundo semestre, empiezan a cumplirse algunas de las promesas del Gobierno. La más nítida, aunque incipiente, es la reducción en la tasa de inflación, acaso el principal desvelo de Balcarce 50. Fue 4,2% en abril, 3,1% en junio y 2% en julio, según el remozado IPC del Indec, y agosto daría muy bajo.

Sigue siendo, desde ya, una tasa de inflación por demás exótica a nivel mundial, no muy distinta a la que hubo en largos períodos del kirchnerismo y, principalmente, que obliga a millones de familias a hacer contorsiones presupuestarias para llegar dignamente a fin de mes. El desafío, ahora, es ir por más y llevar el ritmo de aumento de precios a niveles, digamos, menores a 1% mensual. Es el debate que viene. Seguimos en un régimen de alta inflación aunque, desde luego, es bienvenido el freno con respecto a los dramáticos registros de 4% o más con que debutaron las Macrinomics y que hicieron que cientos de miles (1,4 millones, según la UCA) se cayeran del sistema.

La desaceleración es la que permite avizorar alguna mejoría en el salario real que le ponga un piso a la caída del consumo privado (que fue, y todavía es, muy pronunciada) y, con él, de la economía en su conjunto.

Pese a ello, el PIB cerrará el año en terreno negativo (cerca de 2% abajo), pero podría empezar a mostrar un sesgo alcista hacia finales de año cuando se espera, además, que la obra pública esté más lanzada y la inyección fiscal a través de la Reparación Histórica empiece a llegar a los jubilados.

En 2017, el agro ayudaría con una gran cosecha, así como la maduración de las inversiones que se fueron realizando (aunque fueron menores a las previstas). El blanqueo, ya iniciado, haría su aporte también. Muy prematuramente aún, el 2017 se avizora como un año sensiblemente mejor al que estamos promediando y más amigable electoralmente para Cambiemos. Según Miguel Bein, la economía podría crecer hasta 5%. Ya no faltan dólares (más bien, todo lo contrario) y la disponibilidad de divisas ya no es un obstáculo para crecer, más allá de los instrumentos (deuda pública, entre otros) utilizados para relajar el estrés del sector externo.

Por supuesto, la mayor calma en el frente nominal es un activo estratégico para los agentes económicos. Tras el tsunami nominal (casi 30% de inflación en un semestre) y pese a que se mantiene el enigma sobre cuánto deberá pagarse por algo que muchos habían olvidado que deben ser pagadas (las tarifas, claro) en un país que está muy lejos de ser invitado a la OPEP, ahora las familias y las empresas empiezan a pisar un terreno más firme y hacer cálculos menos evanescentes. Desde ya, muchos no podrán recuperar lo perdido.

El mundo, sin llegar a configurar un viento de frente violento, ayuda poco y el factor principal es Brasil: hacia allí van casi 20% de nuestras exportaciones (y más de 40% de la industria que exportamos). Nuestro principal socio comercial sigue en recesión aunque algunos aventuran que lo peor habría pasado. Veremos. Por ahora, el impacto sigue siendo muy negativo. Sobre todo en sectores más Brasil-dependientes, como el automotor.

Si bien declinantes, los niveles de apoyo populares se mantienen en niveles respetables, y más si consideramos la intensidad del ajuste en curso y los escasos márgenes de libertad de la política económica fruto, entre otras cosas, por la estrechez fiscal. Consideremos que el PRO (que debuta en el Poder Ejecutivo, y también en La Plata) heredó una economía, cuanto menos, lejos de su punto óptimo y que demanda muchos atributos artesanales en el manejo de su tablero madre. Es un punto a favor, y no es menor. Los que mueven la aguja de la economía (los empresarios locales y extranjeros que hunden capital y amplían la producción) están más cómodos para hacer negocios y hay muchos más canales de diálogo con los policy-makers. Aunque algunos extrañan la pujanza del mercado interno más algunas protecciones comerciales y quieren ver cómo sigue la cuestión política. Todos quieren menos impuestos y “más” tipo de cambio. Todavía estamos lejos de estar presenciando un proceso inversor de envergadura macroeconómica, y eso explica la quietud (más no crisis) en los niveles de empleo privado.

Ahora se viene el mini-Davos (el “Argentina Business and Investement Forum”, en rigor), una oportunidad para atraer inversores al país y potenciar la visión modernizante de un país más abierto a los capitales mundiales. La Inversión Extranjera Directa (IED) ha sido muy renuente a alocarse por estas pampas en los 2000. Y también vuelve el tan odiado FMI a ver los números. En frío, es un regreso bienvenido: por cierto, el país no obtiene ningún rédito por tener una “moción de censura” del organismo ni por prohibir las visitas estipuladas en el artículo IV. ¿Nos quita soberanía?

La política económica, por ahora, está en un no-lugar: con intensidades diferenciales, es criticada tanto por la ortodoxia como por la heterodoxia. Como con Néstor (y muchos más), el que decide las cosas es Mauricio Macri, “nuestro mejor ministro de Economía” (Marcos Peña dixit). Equivocado o no, tiene su libreto y no vaciló, por ejemplo, cuando vetó la denominada “ley antidespidos” por considerarle perjudicial para la generación de empleo. El Presidente es más pragmático de lo que le endilgan desde el PJ y conoce la finitud política de su estruendosa victoria el 22 de noviembre de 2015. Vale recordar su discurso tras la victoria de Horacio Rodríguez Larreta en el álgido balotaje porteño. Si el modelo derramará y dejará satisfecha a las grandes mayorías es un interrogante que no dependerá sólo de la economía. Por ahora, Macri dice que “todos los días vamos a estar un poco mejor”, y quizás tenga razón.

 

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